Archivo mensual: junio 2014

Escucho con mis ojos a los muertos

Quevedo

 

 

 

 

 

Qué genuina definición de lectura. Este verso es de Quevedo. El cuarto verso de un soneto célebre cuyo primer cuarteto dice: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos.” Hace poco, en una de mis clases, explicaba a mis alumnos que leer no es sólo descifrar un montón de tinta. No es sólo hacer acopio eficaz de valiosa y útil información. No es, tampoco, una comprensión del texto y el contexto, en engranada coordinación. No es–perdónenme los psicolingüistas–un mero proceso cognitivo que involucra no sé cuántas partes del cerebro. No es muchas cosas. A veces, para llegar a lo que algo es, viene bien ir despejando lo que no es. Lo que no es, huelga decirlo, para mí. Me interesa la noción de Quevedo, porque frente a una hoja de papel nos hallamos en realidad ante un hombre: quien volcó sus entrañas, su alegría, su ambición, sus vivencias. Si no leemos así, con la madura conciencia de que una página no es una superficie opaca, sino la vía que nos une con otros, nos perdemos todo, casi todo. Muertos o vivos, próximos o ajenos, cuando leemos a quienes han puesto el alma en palabras descubrimos que no estamos solos. Sólo hay que escucharlos.

Anuncios

Geometría del compromiso literario

campos de nijar

 

 

 

 

 

Leyendo Campos de Níjar, de Juan Goytisolo (Barcelona, 1931)–emocionante viaje del autor por el desmedrado desierto de Almería en los años cincuenta–me ha dado por pensar que puede resultar fácil comprender el compromiso literario. Al menos en sus términos básicos. Hay escritores que, por medio de su obra, quieren denunciar, protestar, quejarse, influir sobre la realidad, sobre una realidad que no les gusta. Pero si uno trata de ahondar en las claves, en el funcionamiento expresivo del compromiso, la cosa se complica. En la historia de la literatura universal hallamos una oscilación entre la literatura que privilegia la estética y aquella que prefiere lo “serio”: la enseñanza, la doctrina, la lección, la protesta, el compromiso. En el arco de esta oscilación ha habido infinitas posiciones. No obstante, una dicotomía basada en tales extremos se impuso, como una clasificación apócrifa, a los escritores de principios de siglo XX en España, modernistas y noventayochistas: esteticistas aquellos, comprometidos estos, se decía. A mediados de siglo pasó algo parecido, pues estaban los “deshumanizados” (con Juan Benet a la cabeza de la inhumanidad) y los escritores sociales (Rafael Sánchez Ferlosio, por ejemplo). Qué grave simplificación, quizá por no comprender, a fondo, en qué consiste el compromiso literario. Y es que, a fondo, no es fácil. Yo no lo voy a resolver aquí, pero propongo verlo en forma geométrica, espacializarlo. Pongamos que hay un triángulo: un vértice es el autor, otro su obra, y otro la realidad. Esta es la literatura comprometida, porque el autor no pone su obra por delante de la realidad, sino a un lado, y ve las dos a un mismo tiempo. Pongamos ahora que tenemos un segmento, una recta con principio y fin: un extremo es el autor, el extremo opuesto es la realidad y, en un punto intermedio, la obra. Esta es la literatura, aparentemente, no comprometida, porque su obra le impide ver la realidad directamente. La obra–acusan los críticos en este caso–es un obstáculo saturado de estética que bloquea el contacto con lo que verdaderamente importa: la pobreza, la injusticia, etc. Sin embargo, este tipo de obra no es un cristal opaco, sino un medio a través del cual ver la realidad con otros ojos: una refracción que nos la puede enriquecer, exaltar, redimensionar. La literatura más esteticista nos permite un acceso indirecto a la realidad, y tal clase de acceso no es inferior. Así pues, debemos interrogarnos: ¿mirar las cosas cara a cara es más comprometido? ¿Tan sencillo es?


Dolor y literatura

Dolor

 

 

 

 

El dolor abre los ojos. Y todo hombre, tarde o temprano, lo experimenta. No hablo del dolor que devasta, sino del dolor que se alterna con la vida, con una naturalidad que parece olvidársenos. La literatura se ocupa del hombre, y se ocupa de su dolor. Hay, de hecho, géneros propios, como el ‘planto’ (llanto) que pronuncia Pleberio, padre de Melibea, tras el suicidio de esta, en La Celestina (1499). El género más célebre del dolor, claro, es la elegía. Hay muy conmovedoras elegías en la literatura hispánica, pero ahora se me antoja acordarme de aquella en la que Miguel Hernández dice sobre la muerte de su amigo Ramón Sijé: “Tanto dolor se agrupa en mi costado, / que por doler me duele hasta el aliento”. Y me acuerdo por esa sensación tan anatómica del dolor, somatización de la pena en verso. También me acuerdo, cómo no, y esto no es elegía, de Vallejo, mi poeta peruano: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. Este es el primer verso del poema liminar de Los heraldos negros (1918), y de él me llegan hasta el alma no las palabras, sino los puntos suspensivos, pausa reflexiva que nos deja un segundo para lamentar cuán fuertes pueden ser, de veras, los golpes; y, por supuesto, la exclamación de franco estupor–“¡Yo no sé!”–porque el dolor, cuando llega, nos deja atónitos. Quiero terminar esta entrada con Marcel Proust, de quien estuve enfermo muchos años. En un lugar perdido de La fugitiva (1927), habla sobre el dolor. Es un pensamiento distinto de los anteriores, más intelectual, porque las pasiones de Proust estaban muy mediatizadas por la razón. Y es que–dice el narrador tras conocer la muerte de su amada Albertine–‘el dolor nos pone en una nueva relación con las cosas’. Y tanto que sí. Cuando el dolor sobreviene, ya nada se ve igual, nada se ve con los mismos ojos.


La verdad sencilla del relato de viajes

Viajero

 

 

 

 

¿Qué son la Odisea del supuesto Homero, Don Quijote de Cervantes, las aventuras de Maqroll el Gaviero, que nos contaba Mutis, o, por irme a algo más reciente, La velocidad de la luz, de Javier Cercas? Son narraciones de un viaje. Podría decirse que los relatos de viaje revisten de forma artística un mito, el del viaje, que todas las culturas llevan integrado como un arquetipo: quien va y regresa, y completa, así, su periplo. Podría decirse que son formas narrativas que atañen al contenido–así lo señalaba Baquero Goyanes–, pues dan un molde dinámico a una historia que pudo haber transcurrido en un solo lugar. Podría, también, decirse que todo relato de viaje permite una lectura existencial y religiosa, pues nuestra vida aquí es un viaje (desde el siglo XV, Jorge Manrique advierte: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte”). Pero creo que el relato de un viaje es algo más sencillo para un lector hedónico, porque nos deja viajar sin daños, sudores ni miedos. Nos deja viajar resguardados de la dureza de lo real.


Pawel, el hombre de la otra ribera del Vístula

pl_torun_puente_sobre

 

 

 

 

Recién llegado, me hablaron mal de Pawel. Yo había llegado a la ciudad en busca de refugio, huyendo de cosas que había hecho y que ahora quería olvidar. Y nada más llegar, me hablaron de él, pero me hablaron mal. Nada concreto, ningún nombre ni hecho en particular, pero todos lo describían como alguien a quien había que evitar. Al menos el tiempo que fuera necesario, porque tarde o temprano todos acudían a él. Primero hablaban con Piotr, en la orilla norte del río, y él los conducía hasta Pawel, en la parte de la ciudad que había quedado marginada en la orilla sur. A Pawel nunca se llegaba solo. Piotr lo conducía a uno, llegado el momento, bajo el puente de hierro, que retemblaba bajo el paso de coches y autobuses. Piotr caminaba delante, encorvado sobre el vigamen de acero cruzado a cuyo través se veía la corriente mansa y solemne del Vístula, y uno lo seguía, inseguro, pero con la resolución de la fatalidad. Al principio, yo preguntaba: “¿Qué ha hecho Pawel? ¿Por qué habláis tan mal de él y aún así acabáis cruzando el Vístula para verlo?” Después, dejé de preguntar, porque comprendí que a mí me tocaría acudir a él y lo averiguaría por mi cuenta. Ese día llegó. Piotr me recibó en la barcaza que había convertido en vivienda, escuchó, asintió y me convocó a una hora de la noche más cerrada. Llegado el momento, cruzamos, como habían hecho los otros, por los bajos del puente. Llegamos a la otra ribera. Ascendimos por las espesuras putrefactas y húmedas de la orilla y desembocamos en un barrio de casas de madera oscura, que parecía sucia contra el verde intenso de la vegetación. Y, junto a un portal, nos detuvimos. “Aquí es”, me dijo Piotr. Entonces él se fue y yo penetré con las piernas hechas de piedra. Decía que cuando llegué a la ciudad me hablaron mal de Pawel, y yo no conocía el porqué de tanto rechazo. Ahora lo sé. Pawel mandaba matar, y uno lo hacía. Pawel estaba allí, al otro lado del río, y unos y otros cruzábamos para recibir sus encargos. Como los otros, yo obedecí. Regresé a la orilla norte e hice lo que me mandó. Como los otros, acabé hablando mal de él a quienes llegaron después de mí. Con todo, yo había acudido a él. Él sólo nos esperaba en la otra ribera.