Archivo mensual: julio 2014

Lo que tú lees, yo lo vivo

mundos posibles

 

 

 

 

 

Hablando de por qué leer o no leer he recordado tamaña sentencia. La escuché hace muchos años de una joven jactanciosa: “Lo que tú lees, yo lo vivo”. Quedé espantado, porque andaba yo por entonces leyendo Crimen y Castigo, y de inmediato la imaginé bajo el hacha de Raskólnikov. Lo que aquella joven me planteaba no es más que un falso dilema: leer o vivir. Falso porque ambas, la literatura y la vida, se interpenetran en numerosas direcciones. A veces, la lectura enriquece la vida cuando ésta es gris, y la vida da sentido a los libros cuando éstos no se bastan. Por otra parte, esa frase, tan aparentemente simple, remite a algo más profundo, que ha concernido a los estudiosos de la literatura desde el mismo Aristóteles. ¿Qué clase de mundo es ese que crea la literatura? No es verdad, pero tampoco mentira, de modo que se trata de una verdad alternativa (o una mentira alternativa), la famosa verdad poética (o quizá una mentira poética). En todo caso se trata de otra realidad que se le agrega a ésta que ya tenemos de balde. Es un plus, un extra, aunque no sea gratis, pues se nos cobra en tiempo. El resultado, no obstante, merece la pena, porque de lo que muchos han vivido yo obtengo una experiencia–vicaria, sí, pero experiencia al fin–a través de sus libros. De modo que no cabe oposición entre leer y vivir, sino una complementariedad interesada, en que ni una ni otra actividad serán menoscabadas. Y es que, en el fondo, se parecen mucho. No lo hice, pero a aquella joven pude haberle replicado: “En tal caso, ya estarías muerta”.

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Insomne

INSOMNIO

 

 

 

 

Una noche de insomnio me lancé a la calle en busca de un remedio. Cualquiera que haya vivido la experiencia sabe que el pánico de haber sido abandonado por el resto de la humanidad dormida se deja tras uno, en la casa, porque apenas se escapa a la madrugada fría un alivio dulce desciende sobre el insomne. No recuerdo bien el día de la semana. Las calles estaban muertas como tras una catástrofe: eran largas, se divisaban sus finales, se las abarcaba enteras. Las plazas acogían mi coche dentro de su gran angular; el asfalto se extendía como la lámina de un lago bajo un cielo nublado, surcado por las marcas viales, restos de tiza de juegos infantiles. Después de violar decenas de semáforos, que jugaban a encender sus luces en la soledad, me detuve en la mitad de una plaza circular. Estuve tentado de apagar el motor, sacar la cabeza por la ventanilla y espiar los suspiros de la ciudad.

Cuando se abrió el semáforo y rodeé el centro suntuoso de la fuente, vi, a la velocidad lenta a la que conducía, sentados en un banco, a una pareja inmóvil. Girados uno hacia el otro, se fundían en un beso artístico, estatuario. Los ojos cerrados, los rostros paralelos, en medio de la noche y del frío, se sostenían el uno al otro por la boca, por donde quién sabe qué clase de infusión mutua los mantenía en aquel estado de inerte apariencia y gozosa impasibilidad. Reduje la marcha lo suficiente para contemplarlos, pero no tanto que pudiera turbar una felicidad irrepetible. En la quietud yerma de la plaza, con el ánimo contraído aún por mi enfebrecida búsqueda del sueño, la imagen de aquella pareja me fascinó.