Archivo mensual: octubre 2014

Vida interior y literatura

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Resulta difícil, para quien no la tiene, comprender de qué hablo cuando hablo de vida interior. Quedan normalmente con una expresión vacía que delata tanto su incomprensión como la falta de aquello sobre lo que les pregunto. El hombre, hasta el cortísimo límite en que yo lo entiendo, no es nada sin la posesión de un mundo apenas visible para los demás. Sólo cuando nos manifestamos se abre una grieta en la superficie que exhibe de nosotros sólo una identidad muy aparente, movediza y acomodaticia, y entonces se atisba algo, o nada. Uno no nace con vida interior. Hay que fraguarla. Hay un primer y sencillo paso para ello: el silencio; hay un segundo y más difícil paso: mirar hacia adentro. Podemos ver algo, o nada. Es entonces cuando hay que actuar y comenzar a llenarnos de vidas, experiencias, dilemas, historias, aventuras, esperanzas, muertes, amigos remotos y pretéritos. Es decir, de todo lo que nos da la Literatura. Todo un caudal que va decantándose en nuestro interior y conformando una parte de nosotros tan vasta y honda como queramos. Pero no se trata de una simple ingestión, sino de–discúlpeseme la analogía–una digestión que nos permita asimilar y hacer que formen parte de nosotros, para siempre, la amistad de don Quijote y Sancho, la sorpresa de Vallejo cuando descubrió a su padre de perfil, la desesperación de la deseheredada de Galdós, la soledad de los personajes de Murakami, la inquietante incomprensión de los mundos de Kafka, el horror al que se enfrenta de continuo Charlie Parker, el hijo de John Connolly… Es entonces cuando podemos empezar a paliar nuestra soledad esencial, y no de modo artificioso y frágil, como nos incitan a hacer las nuevas tecnologías y los epilépticos medios de comunicación, sino con fundamentos más o menos permanentes. No es éste el único beneficio de la vida interior. También nos vuelve más invulnerables ante los embates del exterior, ante las decepciones y arideces cotidianas. Por supuesto, no es un imperativo moral, ni de ninguna otra clase, hacerse una vida interior, pero ayuda, vaya que si ayuda, y la literatura es un camino idóneo.

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Qué bueno el mal cine (después de leer)

FIN

 

 

 

Mi pasión cinéfila se agotó un día. Enrique Vila-Matas, a quien estudié durante años, tiene un libro titulado Nunca voy al cine. Entonces me pareció una boutade, pero ahora la comparto. No sé cómo ocurrió ni por qué, pues yo había seguido con fervor actores, directores y corrientes durante años, y esta pasión había convivido con mi vida literaria o mi literatura vivida. El caso es que, hoy por hoy, no me interesa el cine. Sin ambages ni ínfulas puristas puedo afirmar que el cine no me colma. Es más, me deja un regusto de insatisfacción, hecho que, francamente, no me preocupa. Ello no quiere decir que lo considere un arte menor, ni mucho menos. Es una cuestión muy personal que no se aplica (y no quiero que suene a provocación) ¡al mal cine! Hablo de ese cine sin pretensiones, que sólo aspira a disipar un tiempo muerto. Cómo disfruto del mal cine, y no como cine, sino como fuente de relax, desconexión y vaciamiento. Porque a mí–insisto en que se trata de una muy personal observación–la literatura me basta, me colma, me safistace, y mi necesidad de imágenes la cubro con la realidad o el mal cine. De nuevo, no quiero provocar, pero lo que no me da el buen cine, porque no puede dármelo, me lo da el malo: un caudal de imágenes que me levanta a la superficie trivial de mi ser donde consigo descansar. Y lo que no me da el buen cine, porque ya no lo quiero de él, me lo da la literatura: hondura, introspección, reflexión, catársis, entendimiento, remembranzas, epifanías, compañía, experiencia vicaria. Mi padre, de quien heredé el fervor por la lectura, decía que rodeado de libros no se necesita nada más. Yo no creo que tanto (a él le gustaba el buen cine), pero una pared cubierta por miles de ejemplares sí logra revestir el entorno de una promesa de plenitud.