Archivo mensual: diciembre 2014

Las novelas que terminan como la vida

Vale

Hay dos novelas–el Quijote de Cervantes y Ulises de James Joyce–cuya palabra final siempre recuerdo. La primera termina con ‘Vale’, y la segunda con ‘Sí’. Como explica Francisco Rico en una nota a pie de página de su edición en Crítica, ‘Vale’ era una ‘Fórmula clásica de despedida’, de modo que cuando Cervantes la escribe se está despidiendo de los lectores, pero también, pues el hidalgo acaba de morir, nos está despidiendo de la vida del caballero, ya cuerdo. Ha terminado la vida nueva del hidalgo que dejó de ser Alonso Quijano y vivió unos meses como don Quijote. En el caso de Joyce, el matrimonio Bloom está acostado en su cama, cada uno con los pies a la altura de la cabeza del otro, y Molly deja oír la corriente de su conciencia en un monólogo de cincuenta páginas que se ha convertido en el paradigma de la experimentación narrativa contemporánea. “Sí quiero. Sí”, termina recordando Molly, las palabras que pronunció para casarse con Leopold, acostado a su lado. Han terminado las veinticuatro horas de la odisea de tres personajes por las calles de Dublín.Una de las características de la novela es su afán por reflejar una vida: la novela como vida entera, la novela entera como vida completa, o, al menos, la novela como un ciclo vital completo. Por eso, cuando se termina de leer una novela así, que tiene este afán de redondez, de compleción, queda un remedo del pasmo en que nos deja la muerte, el fin.

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Kafka y la angustia de lo difuso

Kakka

Hablar de lo kafkiano sin haber leído a Kafka es tan atrevido como hablar de lo dantesco sin haber leído a Dante. Y atrevido no por razón de osadía ignorante–pues ambos términos forman parte del acervo de la coloquialidad–, sino porque lo kafkiano es tan radicalmente irreductible que si no queremos simplificarlo debemos sumergirnos de cabeza en el mundo del escritor y a partir de nuestra propia lectura, interrogarnos. Lo hallamos en toda su obra–mucho en El castillo, menos en América y mucho también en sus cuentos–, pero el compendio de lo kafkiano se halla sin duda en El proceso. Durante años me pregunté por la naturaleza de lo kafkiano, y todo lo que me decían me dejaba insatisfecho, incluso una interpretación a la que me adherí mucho tiempo: la inquietud que nos produce lo absurdo. No obstante, y como muchas de las reflexiones que se me suscitan últimamente, al calor de mis clases me ha surgido otra. He tenido la ocasión de asignar como lectura El proceso a un grupo de abogados que están cursando un Máster, y algunos de ellos tienen como evaluación final reflexionar sobre el sistema judicial que se describe en la obra: arbitrario, inaccesible, elefantiásico, eterno, circunstancial, ininteligible, etc. De estas características, quise que una estudiante reflexionara sobre ‘lo difuso’, y más tarde caí en la cuenta de que, en efecto, la indefinición es una característica de lo kafkiano. Por más que Joseph K se empecina en que le concreten la configuración del sistema que lo acusa sin motivo expreso, no logra más que explicaciones indeterminadas. El sistema judidicial se caracteriza por no llegar a precisarse nunca. Se presenta, es más, como una estructura proteica, caprichosa, incierta, ilimitada, difusa. En definitiva, kafkiana, claro, porque lo kafkiano, radica, entre otras cosas, en lo difuso. Y para el hombre, la falta de límites es angustiosa. La infinitud del universo nos aboca a la angustia cósmica. La falta de un hogar, de unas pardes, nos expone a la intemperie del mundo. Lo kafkiano es angustioso, no cabe duda, pero porque nos expone a la intemperie de lo difuso, y el hombre necesita de límites que lo cobijen y le dejen formarse certezas, aunque sean ilusorias, por las que transitar.