Archivo mensual: mayo 2015

Escribir a pesar de escribir: el oficio de Luis Landero

Luis Landero

 

 

 

 

 

Hace como una década contacté por teléfono con Luis Landero (Badajoz, 1948). Colaboraba yo con una revista de mi departamento elaborando reseñas y aproveché para pedirle que leyera unos textos míos. Rehusó: “Son los editores quienes deben leer”. Más tarde, en una entrevista en la radio, le escuché decir algo así como: “Estoy saturado de literatura: soy escritor, profesor, mi mujer también es filóloga…” (todas las citas tienen la fidelidad de mi recuerdo, sólo). En un ensayo de 2000, Entre líneas: el cuento o la vida, plantea la disyuntiva del escritor que consume su vida frente a borradores y miles de páginas escritas cuando podía haber invertido su tiempo en experiencias reales. El año pasado, en 2014, en una entrevista que concedió al programa de TVE Página 2, decía que su más reciente obra, El balcón en invierno, se debía a un cierto hastío de la ficción.

Cuando recupero todas estas declaraciones recuerdo a otro escritor a quien dediqué unos años, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). En su obra Bartleby y compañía (2000) hace un repaso de los escritores ágrafos, aquellos que se quedaron con la obra en potencia, siempre pospuesta y nunca realizada. Ahora no recuerdo bien si hace una relación de aquellos que escribieron a pesar de todo, a pesar del mismo oficio de escribir. Porque escribir supone una renuncia. Quien escribe (o lee) invierte un tiempo de silencio y soledad en una labor secreta que, aunque se cuaje en una comunicación posterior (publicación, ferias, entrevistas), quizá no compense del todo aquella renuncia a la vida real.

Estas declaraciones de Luis Landero también me han recordado a Ovidio, cuyo padre no quería que su hijo se dedicara a la poesía, sino a las leyes. Pese a todo, Ovidio declara: “todo lo que escribía me salía verso” (en algún lugar que no recuerdo de mi ejemplar de las Metamorfosis). Quizá para Landero pase algo parecido, no en el sentido de la forma de escribir, sino del hecho mismo de hacerlo. Una suerte de ineluctabilidad del oficio, que le cansa pero no puede dejar. Menos mal para mí, que he disfrutado de Juegos de la edad taría, El guitarrista, Hoy Júpiter, etc.

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La extensión como cualidad narrativa: ‘Malena es un nombre de tango’, de Almudena Grandes

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La narración es un acto aeróbico. Tanto para quien la escribe tanto como para quien la lee, está relacionada con los alientos largos o cortos. Es más, en la narración el ritmo lo es todo. En muchas páginas caben ritmos ágiles (muy propios de la narrativa estadounidense) y ritmos morosos (muy característicos de la novela europea). Almudena Grandes pertenece, me parace, a este segundo grupo. Hay una virtud suya de la que quiero hablar. Per se, la extensión no es una virtud del género novelístico, pero cuando se incardina dentro de una poética que la demanda con naturalidad se convierte en un valor. Página tras página hasta más allá de las setecientas, Malena es un nombre de tango va envolviendo al lector de un modo que un texto breve no podría hacerlo. La novela cautiva por tiempo, por peso, por compañía, por perseverancia. Además de sus evidentes virtudes literarias, Almudena Grandes escribe para sumergir. Crea una especie de asfixia de la que uno quiere zafarse y, al mismo tiempo, en la que se quiere permanecer. No he dicho nada de la historia. Brevemente: Malena, miembro de una familia de antepasados conquistadores, busca su camino bajo la ominosa creencia de saberse marcada por un mal que aqueja a los descarriados de la estirpe. La historia, en sí, no es extraordinaria, y la protagonista me resulta con frecuencia irritante y ajena. Pero esto acaba siendo lo de menos. Almudena Grandes crea un mundo dentro del cual ya sé moverme y al que quiero regresar.


El sosiego de la repetición en ‘Mazurca para dos muertos’, de Camilo José Cela

Mazurca para dos muertos

A Camilo José Cela (1916-2002) le dieron el Premio Nobel de Literatura en 1989. Ahora que estoy leyendo Mazurca para dos muertos (1983) me imagino a los miembros de la Academia Sueca intentando no perderse en el mar de nombres y parentescos de su Galicia mítica y vivida. La novela no es difícil, pero la incoherencia es deliberada y ostensible. No hay hilo argumental sino una sucesión de hechos y personajes que van girando en la vorágine de un tiempo al mismo tiempo circular e inexistente. De cuando en cuando, hechos y personajes reaparecen casi de forma idéntica: la lluvia incesante que cae sobre la tierra y sus muertos y borra la raya del horizonte, la muerte de Lázaro Codesal a manos de un moro traicionero, o Benicia, la mujer que tiene “los pezones como castañas”. Estas repeticiones, en un caudal narrativo en el que hay que zambullirse sin miedo ni remedio de perderse, producen un efecto tranquilizador. La repetición, recurso literario fundamental en la Literatura desde sus orígenes, tiene efectos estéticos y expresivos, pero también, quizá no suficicientemente señalados, efectos pragmáticos. A los niños les gusta que les repitan los cuentos sospecho que porque en un fondo ni siquiera intuido de su prístina conciencia existencial necesitan seguridades, saber que hay cosas que vuelven, reconocen y siempre están ahí. Todo hombre, en general, necesita de hogar no sólo por comodidad, sino porque es el mismo lugar siempre. En la narrativa experimental, que rompe entre otras cosas con una linealidad básica, debe haber un mínimo de anclajes para que la obra no se vuelva del todo inaccesible. Y cuando uno se encuentra de nuevo con la muerte de Lázaro, el orvallo (una lluvia mínima que todo lo empapa) o las generosidades de Benicia, se tranquiliza y desea seguir leyendo a Cela.