Archivo mensual: septiembre 2016

La obsolescencia descartada de las ciencias del espíritu

Una diferencia crucial entre las ciencias empíricas (Física, Química, Matemáticas) y las ciencias del espíritu (Historia, Filosofía, Literatura, Sociología) es que los productos de aquellas tienen una obsolescencia veloz y necesaria. Que el modelo newtoniano fuera sustituido por el modelo einsteniano supuso un progreso para la humanidad, que comprende ahora mejor las leyes del universo. Que el origen de la especie humana se vaya reubicando en el tiempo y en el espacio desbarata las versiones anteriores. Que las teorías de Freud sobre el alma hayan sido rechazadas en su gran mayoría—excepto la del inconsciente—por la neurociencia más avanzada comportará beneficios para nuestra salud física y mental.

Pero las ciencias del espíritu son distintas. No hay progreso en ellas porque la noción de progreso no les es aplicable. No experimentan una evolución que entendamos como avance. Las ciencias del espíritu son imperfectibles en sentido estricto: no pueden mejorarse. Sus transformaciones son reactivas, pendulares. Una corriente artística reacciona contra otra; una corriente ideológica cree socavar de una vez y para siempre los fundamentos de otra corriente antagónica. Un sistema de pensamiento desprecia a aquellos filósofos que los precedieron y cuyas ideas juzgan ahora originadas por la ceguera, los prejuicios o un sistema de valores indefendible.

Llamativa disociación ésta, que permite al hombre seguir avanzando en la penetración del universo y, al mismo tiempo, moverse sin fin en un círculo eterno de conocimiento plausible. Las ciencias del espíritu son llamadas humanidades porque su asunto es centralmente el ser humano y, aceptémoslo o no, no hay progreso moral en el hombre. No somos mejores ni peores que nuestros antepasados.

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La secta de la Literatura

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La Literatura ha pervivido a pesar de la Filosofía. Platón decretó la expulsión de los poetas de su república en virtud de la doblez de su arte: copiadores de una realidad, ya de por sí, falsa (relejo del mundo ideal al que no tenemos acceso). Los filósofos del logos eran ascetas racionalistas que no admitían las explosiones asimétricas y desaforadas de los artistas.

La literatura ha florecido en los umbrales, entre los locos (o demasiado lúcidos), por los vericuetos que la ortodoxia oficial no vigilaba. En el respeto y la observancia de las normas no ha nacido, casi nunca, ninguna gran obra literaria: Shakespeare, Cervantes, Rabelais eran excéntricos. A impulsos de rebeldía—interrrumpidos por intervalos de obediencia—, el artista ha transformado la Literatura y hecho evolucionar las estéticas. En un magnífico libro, la filósofa española María Zambrano dice esto:

“[l]a poesía ha vivido al margen de la ley [de la ley del logos], ha caminado por estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado, su locura creciente, su maldición” (Filosofía y poesía, 2006, p. 14).

Por eso, uno se plantea siempre: ¿cómo engranamos este malditismo con el formalismo de instituciones tan oficializadas como las universidades? ¿Qué legitimidad tiene la universidad de encauzar en su sistema las obras de arte verbales, cuando estas se originan, precisamente, en la asistematicidad?

La universidad es el reino del logos, de la comprensión geométrica del mundo. La filosofía, madre de todas las ciencias empíricas, fue madrastra de las humanidades, con las que suele emparentársela. La física, las matemáticas, la astronomía eran, en un principio, terrenos de la Filosofía. Los modos prerracionales, intuitivos, irregulares de la creación literaria se desviaban del imperio del pensamiento oficial de la polis.

Es preciso no olvidar esta esencia sectaria de la literatura.


Pensar ‘desde’ la Literatura

 

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    Soy un discrepante. Por grado o por necesidad suelo meterme en controversias. No llego al extremo de Unamuno (”contra todo y contra todos”), pero me he acomodado a vivir en el disenso. Hace poco, en un congreso sobre Estudios Generales, me dijeron: “La literatura es sólo estética”. Yo, claro, discrepé: la literatura es comunicación, expresión, apelación, negocio, estética, claro, y reflexión, entre otras cosas más.

Para esta última función no hay más que leer a Mijail Bajtín, pensador ruso que dedicó su vida al estudio de la Literatura. Quienes pertenezcan a mi gremio no pueden desconocerlo. No lo desconocen. Es inexcusable. Bajtín aportó una serie de conceptos cruciales en la ciencia literaria: dialogismo, polifonía, carnavalización, etc. La vida de Bajtín, pese al prestigio actual, fue tan sombría como la de Kafka o Pessoa. Perseguido, censurado, condenado, se dice que llegó a enterrar parte de sus escritos. Poco tiempo en las universidades, no llegó a doctorarse y tuvo que publicar parte de su obra bajo heterónimos de otros pensadores aceptados.

Lo que más me interesa de Bajtín—amén de su consabida brillantez, originalidad e influencia—es el hecho de que no piensa sólo sobre la Literatura, sino que piensa desde la Literatura. Es decir, que conoce la literatura hasta tal profundidad y extensión que la trasciende y comprende, a partir ella, a través de ella, un espectro mucho más amplio de realidades éticas, comunicativas o culturales.

A Bajtín lo leen estudiosos de la Literatura, filósofos, antropólogos, lingüistas. Y ello es posible no sólo porque su formación fuera vasta y heterogénea (¡autodidacta!), sino también porque supo descubrir en la Literatura lo que ésta tiene de humanidad (de miembro de las Humanidades); el hecho de que la Literatura habla sobre el hombre todo.

El estudio de Dostoyevski y Baudelaire, sobre todo, le sirvieron para reflexionar sobre asuntos que trascendían con mucho a ambos. Para Bajtín, el autor de Crimen y castigo llevó a su consumación la novela polifónica, aquella en la que las voces de personajes, narrador y autor se cruzan en un diálogo irreductible y equitativo: ninguno prevalece sobre otros, ninguno se subordina a otro. La polifonía de Dostoyevsky es una concreción de una concepción más amplia, el dialogismo, que él explica así:

Es que las relaciones dialógicas representan un fenómeno mucho más extenso que las relaciones entre las réplicas de un diálogo estructuralmente expresado, son un fenómeno casi universal que penetra todo el discurso humano y todos los nexos y manifestaciones de la vida humana en general, todo aquello que posee sentido y significado (Problemas de la poética de Dostoyevski, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 67).

En mi simple paráfrasis, que el ser humano vive en un irreductible diálogo con sus otros, y que la vida humana y social se desarrolla según esta dinámica que no es dialéctica, porque una tesis nunca se fundirá con su antítesis (pese a Hegel), sino que ambas convivirán en una tensión feraz. El blanco nunca se perderá en el negro, ni el individuo en la multitud, ni mi discrepancia en el gregarismo.