Archivo mensual: marzo 2018

El estigma del diletante

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El austriaco Christian Felber (economista, bailarín, escritor, divulgador científico) cuenta que acabó titulándose de economía porque ninguna carrera cubría sus expectativas de universalidad. El recientemente fallecido Jorge Wagensberg, doctor en física y director del museo Cosmo Caixa, declara:

Durante una época tuve mala conciencia por picotear aquí y allá en busca de la promesa de felicidad más creíble e inmediata. Cuando jugaba al ajedrez lamentaba descuidar el atletismo (…), si asistía a clases de violín sentía que era a costa de una clase de inglés, y viceversa (…), cuando me atrapaba el texto de un ensayo sentía que les hacía un feo a los poetas (El pensador intruso, 11)

Tras un tiempo breve dirigiendo el departamento de Estudios Generales de la PUCMM en Santo Domingo, he cobrado una pasión nueva por la interdisciplinariedad. La excesiva especialización de la educación superior, que insta a alumnos y profesores a saber mucho sobre cada vez menos, contradice la misma noción de universidad.  En los últimos dos siglos se ha emprendido una carrera contraria a la matriz diversa e integral que originó las primeras universidades medievales, los studia generalia, compuestos por áreas del conocimiento de las ciencias y las letras, sin separaciones ni jerarquías: trivium y quadrivium. El crecimiento progresivo de los Estudios Generales contemporáneos (desde comienzos del siglo XX en la Costa Este de EEUU, y extendiéndose hasta hoy por Latinoamérica) es un indicio del retorno a los orígenes, al menos en ciertas fases de la formación. Un ejemplo muy interesante es el objetivo de la educación finlandesa de suprimir, a partir de los 16 años, las asignaturas en la educación secundaria, para sustituirlas por temas afrontados desde las matemáticas, la literatura, la teconología, etc.

Pues bien, durante años he oído tachar de diletante a quien no quería restringir a una disciplina su voracidad intelectual y cultural. Un diletante es, en efecto, alguien que surfea sobre los saberes sin penetrar realmente en ninguno. Esto es cierto. Pero la connotación negativa que naturalmente lleva el término se ha agudizado por la tendencia universitaria antes mencionada. Así, la ‘maldad’ del diletante no debería estribar en sus diversos intereses, sino en la superficialidad fragmentaria y veleidosa de quien no quiere ahondar sino brincar. No obstante, dado el inabarcable caudal del conocimiento humano, ¿dónde debe frenarse el intelectual para no convertirse en un aficionado hedonista? ¿Tres disciplinas máximo? ¿Dos humanidades y la Física? ¿La Filosofía y dos ciencias? Quizá no sea una cuestión de cantidad, sino de actitud; una natural curiosidad del pensador intruso, como decía Wagensberg.

 

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Mi cerebro literario

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La plasticidad del cerebro–descubrimiento tímidamente intuido por Freud y Ramón y Cajal, pero enterrado hasta los años 70 del siglo XX por la ortodoxia científica–no es enteramente positiva. Es verdad que otorga esperanzas de sanación de muchas enfermedades y que aviva el deseo inextinguible de aprender cosas nuevas hasta la muerte. Pero explica también la fijación de los malos hábitos o las adicciones. Es decir, que el cerebro aprende siempre, pero no discrimina lo bueno de lo malo y, lo que es más importante, graba lo uno y lo otro con semejante profundidad.

Así lo explicaba Nicholas Carr en su exitoso libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, para argumentar lo que sucede en nuestro órgano principal tras años y años de hábitos tecnológicos.

Leer sobre esto me ha llevado a pensar en mis pasiones pasajeras y en las que van quedando. Quienes me conocen saben de mis paroxismos diversos: la ornitología, la furiosa ingesta de agua, el cine (de autor), las ventanas de los edificios (mejor anchas que altas), la fotografía, el dibujo, la profundidad en el relieve de los neumáticos (razones de estética y seguridad), la marquetería, las nubes de crecimiento vertical (veo cada vez menos) y otras muchas obsesiones de las que tarde o temprano me libré. Fueron aprendizajes que me costaron energía y pasión y que debieron de labrar un surco en mi aprendizaje neuronal.

He creado neuronas sin cuento y reforzado sinapsis que ahora deben de haberse quedado secas. Excepto en un caso. Excepto con la literatura. Es una pasión que no ha sufrido menoscabo; más aún, que se ha incrementado con los años y las experiencias y los libros y la escritura y la docencia y las bibliotecas y los viajes y las penas y las angustias. No sé la razón de tal persistencia ni me importa mucho. Ya pienso bastante sobre las causas de la vida. Pero tampoco descarto que mi cerebro literario se amustie con los años y algo aún más poderoso lo sustituya. No lo concibo de momento y miedo me da, como miedo sintió mi padre cuando–diagnosticado de diabetes–trataron de amedrentarlo para que no tomara azúcar por el riesgo de quedarse ciego: “Tendré que aprender braille”, me dijo.