Archivo mensual: agosto 2018

Dejarse vivir

Caminante

Mi hijo tiene curiosidades existenciales muy hondas que él formula con sencillez: “¿Para qué han puesto a las personas?”. Entiéndase, para un adulto: ¿cuál es la finalidad de la vida? Lo ignoro, como la mayoría de personas, pero debo darle una respuesta, aunque sea esta misma: “No lo sé, hijo”; u otras que he aprendido: para ser felices (hedonista), para crecer y reproducirnos (biológica), para progresar y mejorar la vida de la humanidad (positivista), etc. Ninguna me satisface ni debiera satisfacerlo a él, porque eso que Cesare Pavese llamaba el oficio de vivir es un absoluto misterio para las únicas criaturas sobre la tierra que tienen conciencia de ello. Y no es malo convivir con el misterio. Hace poco, Jesús Losada, un amigo poeta, me envió un texto hermoso, inspirado en sus estudios sobre el poeta portugués Al Berto:

La felicidad es una llanura a la que sólo puede acceder lo vulgar, lo controlado, lo supino y lo ordenado.

Hay personas que anhelan esa felicidad, pero otras buscan el extremo excesivo de la altura del vértigo y del abismo.

La finalidad de la vida por la que me preguntaba mi hijo y este modus vivendi que rechaza el aura mediocritas del poeta zamorano son casi lo mismo, pues el destino que decidamos determinará el camino.

Hay en la actualidad una fiebre de la que yo me contagié hace tiempo. Por ella he logrado muchas cosas, casi todas profesionales, de las que otorgan prestigio. Y por ella he pagado un precio, alto en ocasiones, emocional y físico. Me ha traído, también, beneficios más importantes que puestos y timbres académicos: conocer países, enfrentarme a lo diverso, acrecer mi tolerancia y mi curiosidad por los demás No sé cuál sea el balance y seguro muchos han de hacer diariamente sus propios cálculos, pero el caso es que me he dejado llevar por los dictados pragmáticos que la sociedad pronuncia: realízate, aporta, progresa.

Lo que yo desearía–si pudiera desprenderme de las voces de la sociedad–es dejarme vivir. Es, por un lado, un permiso que cada uno se concede para ser impuntual, disperso, desordenado, hedonista, informal, espontáneo. Y es también, por otro lado, algo que me gusta más: tomarse la vida como una corriente por la que dejarse arrastrar, que a veces es vértigo y abismo, como decía Losada, y a veces es llana contemplación, aburrido vacío en el que quiero sentirme a gusto. En este caso, no existe una finalidad para la vida, puesto que ya esta misma frase implica que la vida es un instrumento mediante el que conseguir algo ajeno a ella.

No me veo capaz de hacerlo ahora, ni creo que mi hijo esté preparado aún para entenderlo, pero trataré de explicárselo cuando llegue el momento, si aún sigo pensando lo mismo.

*El dibujo pertenece al Blog Cosas sueltas, del diseñador gráfico argentino Lepka N.A., que recomiendo encarecidamente.

 

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Presunción de sinceridad

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Michel de Montaigne creó un género en 1580: el ensayo. De hecho, acuñó para él el término por el que lo conocemos: su obra se tituló Essais. Desde entonces, se ha convertido en el género de pensamiento no sistemático (el tratado, en filosofía, es ordenado y sistemático) más cultivado. Hay ensayos de todos los temas y de varias extensiones, aunque tienen características constantes. Una de ellas, la que más me ha costado explicar siempre a mis alumnos, es aquella según la cual al autor se le supone un buen talante, entendido como sinceridad y excelencia. Es decir, que cree realmente lo que dice y que lo expresa lo mejor que puede. Al no haber forma de comprobarlo, el lector debe presumir que el autor está diciendo la verdad de la mejor forma que sabe. 

Esto no ocurre con la narrativa, la lírica o el teatro, categorías en las cuales el lector suscribe el famoso pacto de la ficción. “No es verdad, ni mentira, es ficción: tú, escritor y yo, lector, estamos de acuerdo”. Pues bien, se me ha ocurrido pensar que la presunción de talante, que con tanta facilidad asumimos en el ensayo, no es fácilmente extrapolable a la vida social. Quiero decir que no le atribuimos a la compañía telefónica de la competencia que nos llama al móvil un ánimo de sinceridad, aunque sí de excelencia. Tampoco a quien nos felicita por un éxito personal, pues nos da por sospechar que lo hace con la boca pequeña y que en realidad nos envidia. Tampoco a la persona a quien le pedimos ayuda y nos la promete con efusiones desmedidas, pues esto ya es un indicio de que no piensa cumplirla.

Pero estas suspicacias se aprenden con el tiempo. Yo, al menos, he tardado en adquirirlas y aun conservo un primer e inexplicable impulso para la presunción de bondad. Asumo, de forma natural, que lo que me dicen los demás es verdad; que lo que hacen los demás lo hacen lo mejor que pueden para mi beneficio. Inexplicable impulso, decía, porque yo mismo soy mendaz como todos y no tengo por qué hacer las cosas lo mejor que puedo. Es un infantilismo quijotesco que procede acaso de leer la vida como un libro, cuando los libros no sustituyen a la experiencia física y en la vida no podría creerse lo que dice Montaigne al comienzo de sus Essais: “He aquí un libro de buena fe, lector”.

 

 


El imperio de los niños

NIÑO EMPERADOR

Cada uno tiene de su infancia dos versiones. Lo que recordamos nosotros y lo que nos recuerdan los demás–padres, tíos, amigos–de cómo éramos. Ambas son probablemente falsas, pero más valen estos testimonios que nada. Pues bien, yo no recuerdo ni me recuerdan con el poder de los niños de hoy en día. Supongo que a nadie de mi generación ni a las anteriores, por supuesto.

No hablo específicamente del niño tirano a cuyos gustos se someten sus padres, y que la psicología tiene perfectamente estudiado. Hablo más bien de una hegemonía inintencionada que los niños adquieren en la vida de sus padres. No es que manden ni se impongan ni se resistan a unos padres débiles. Todo esto lo hay, lo sé, pero no lo tengo cerca, ni lo veo, ni es mi caso. Es una suerte de protagonismo excesivo que ostentan los hijos para los padres. Se trata de un giro copernicano según el cual los padres pasan a rotar continuamente en torno al hijo y que se revela en la vida social de las familias.

El amor que inspira un hijo tiene una dimensión incomparable, que deja chicos todos los demás afectos. A mí me ocurre y al resto de padres normales también. Nunca hemos querido tanto ni de forma semejante. Pero ocurre que muchos de mis colegas de paternidad han abdicado de su individualidad. Me irritan secretamente los padres que no hablan más que de sus hijos. Me aburre. Me cansa. Acabo alejándome. Ya no existe para ellos la cultura, el chisme, lo prohibido, el cine, las reformas, las expectativas, la naturaleza, dónde viven los más feos, dónde los más guapos, ¿somos racistas?, ¿bajo qué condiciones matarías a alguien? No importa cuán variados e interesantes puedan ser los temas a nuestra disposición; no vuelve a hablarse de cosa distinta a los niños.

Además del hecho en sí me intriga la causa, para la cual solo tengo hipótesis. 1) los padres poseen una nueva moral supercomprometida con la infancia que otorga al niño todos los privilegios, incluido el de ser tema de todas las conversaciones; 2) los padres se han vuelto obsesivos y no pueden retirar su atención de los hijos un momento; 3) los padres no tienen de qué hablar, simplemente eso, porque no ven cine o no leen o no se enfrentan a dilemas o se han reducido a una vida vacía.

Puede ser alguna de estas razones o ninguna, o una combinación de ellas.

En mi caso, amo a mi hijo más que nada en el mundo, pero soy feliz con la paradoja de que no es el centro de mi mundo. Si sólo hablara de mi hijo me convertiría en un padre emocional e intelectualmente desmedrado, lo cual no querría ni mi propio hijo.


El otro, otra vez

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Para los ensimismados como yo, el otro es una sorpresa. Hablo de aquella persona que no somos nosotros: un amigo con que el quedamos, un extraño que nos llama la atención por la calle, la pareja. No es algo nuevo: la filosofía ha pensado sobre ello desde el siglo XVIII (Hegel, Simone de Beauvoir, Levinas). Mi relación con el otro es compleja. Unas veces lo busco y otras lo rehúyo. En todo caso, nunca dejo de pensar en él, aunque él no lo sepa.

Este sábado estuve en el mar Cantábrico. Me metí al agua, crucé la zona de rompientes, más allá de la cual no había nadie, y comencé a nadar paralelo a la orilla. Cuando regresé a la playa experimenté la sorpresa de la que hablaba. Será porque he vivido un tiempo de encierro obligado. Será porque en los últimos años me he bañado en playas casi vacías. El caso es que me vi rodeado de toda clase de otros: cabezas calvas, vientres planos, fragmentos de conversaciones, niños más y menos bajos, perfiles antipáticos, seres hermosos, pieles tersas y otras atezadas, requemadas.

Fui una una lección de medio segundo. A nadie le importaba yo ni tenía interés en conocerme. Les era invisible o uno más, lo cual es lo mismo. Me quedé–debo admitirlo–míninamente afligido, como si me hubieran pinchado a traición con una aguja muy fina.

Al fin y al cabo eso es lo normal, ¿verdad? Somos demasiados en todas partes como para no serles indiferentes a la mayoría de los otros.  Es necesario y además es la condición para que quedemos con amigos en un parque, nos acerquemos a hablar con un extraño o busquemos pareja.

Y es que ¡en la multitud no hay otros! Hay que encontrarse con ellos en la intimidad.