Archivo mensual: diciembre 2018

Consejos para leer poesía II: los disfraces

Lorca

La poesía se expresa enmascarada, lo cual es una paradoja, porque ‘expresar’ significa manifestar o aclarar. Dicho de otra forma, la poesía trata de hacerse entender mediante la confusión y oculta lo que quiere exhibir. En esta paradoja radica su interés y, claro, su dificultad.

Por eso, saber leer no basta. Al menos en el sentido restringido de descodificar nuestro sistema lingüístico para desempaquetar el mensaje (entendido aquí y ahora como la simple yuxtaposición de la información). Hemos de interpretar: atribuirle un significado a ese mensaje.. Porque el mensaje no corresponde directamente, casi nunca, con el significado que quiso darle el poeta (si éste nos interesa, o creemos en él), ni con un significado trascendente, más allá de lo tangible, que tenga valor para nosotros: valor humano, social, estético, etc.

Pongo un ejemplo extraído de Bodas de sangre, de Lorca, que hace poco estuve explicando a mis alumnos. En diálogo apasionado, plagado de impulsos eróticos y presagios de muerte, el novio, Leonardo, exclama:

¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!

Si descodificáramos lingüísticamente esta imagen nos hallaríamos ante el acontecimiento irrelevante de unos cristales que hieren la carne tierna y sensible de la lengua.

La interpretación debe hacernos saltar más allá de esta apariencia. Cumplido el requisito básico de saber qué significan ‘vidrios’, ‘clavan’ y ‘lengua’, se nos exige un extra (el extra de la literatura) de advertir que no hay cristales ni hay lengua que los sufra. Que esta imagen surrealista es un disfraz (una apariencia, un símbolo) para la muerte y el dolor y el desgarro y la sangre y la injerencia de la muerte (el vidrio) en el amor (¿la lengua?).

 

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El votante también se equivoca

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El triunfo de Vox en Andalucía (es un triunfo, aunque haya otras fuerzas políticas por delante) me tiene preocupado. Todas las opiniones atribuyen la culpa a los otros partidos políticos y a los problemas que éstos no quieren atender. Ni el PSOE ni el PP, ni tampoco Podemos, que parece haber tocado su techo, han sabido resolver–se dice–el paro o los conflictos que causa la inmigración descontrolada, entre otros. He leído análisis de sociología estadística que tratan de dibujar el perfil de este nuevo votante que–se dice–, no es de ultraderecha, porque antes votó al PP, al PSOE o incluso a Izquierda Unida.

En general, todas las opiniones eximen al votante de VOX de responsabilidad. Los partidos no lo critican porque, al fin y al cabo, pueden recibir su apoyo más adelante y no quieren ganarse su rencor. Los medios de comunicación tampoco, complacientes hasta la grima.

Dice Aristóteles que hay sistemas perversos y sistemas puros de gobierno: la tiranía es  un sistema perverso, cuyo correlato puro es la monarquía; a la oligarquía, perverso, se le opone la aristrocracia, puro; y a la demagogia, que halaga los instintos mediante discursos falaces (argumentativamente erróneos e inmorales), la democracia, que se fundamenta sobre la argumentación formalmente recta y moralmente respetable.

Pues bien, en esta sociedad sensiblera y aquejada de hipocondría moral, eximir de responsabilidad al votante es, a mi juicio, un indicio de demagogia. Es incluso, un síntoma de una relación clientelar entre los políticos y los electores: “el votante (el cliente) siempre tiene razón”.

Yo no estoy de acuerdo. Creo que la responsabilidad (no culpa) de que VOX haya tenido 12 escaños es de sus votantes. Parece de perogrullo, pero ellos lo han votado. Admito que muchos de ellos (o muchísimos) pueden no compartir de la ideología fascistoide de sus dirigentes, pero cuando los eligieron dieron su apoyo al paquete completo. Si no lo sabían, pecan de ignorancia; si lo sabían, no hay mucho misterio. Ojo, esto que digo de VOX es aplicable a cualquier partido, según la opinión de cada uno, cuando nos parezcan equiparables organizaciones poco centradas como Podemos o Bildu o la CUP.

Quiero decir que en una democracia todos somos adultos y cargamos con las consecuencias de nuestras decisiones. Solo a los niños, a veces, se les descarga de culpa porque no saben lo que hacen… Hacerlo en una sociedad es incurrir en un paternalismo poco respetuoso con el juicio de cada ciudadano.