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El gallo del presente

Dice Fernando Savater, a quien leo siempre y admiro a veces, que el pensamiento oriental no es filosofía. Se lo oí en una entrevista. Debe de tener muy buenos argumentos que se me escapan, pero me pareció su tono un tanto despectivo. El caso es que en los últimos años, acuciado por hallarme nel mezzo del cammino della mia vita (me toca ya releer a Dante, cuando lo hice quedaba poco camino a mis espaldas), me he interesado por la religión: he leído la Biblia y otros textos religiosos del Taoísmo, Budismo, Hinduismo… No quiero ahora contar cómo progresó mi interés. Solo rescatar una enseñanza clave en el pensamiento oriental: lo único que vale es el presente.

Acabo de releer (releer repara muchos juicios apresurados) un librito muy pequeño de H. D. Thoureau: Pasear. Thoureau, el de la foto (cómo resplandecen sus ojos azules, por cierto, a pesar del blanco y negro), amaba la naturaleza sobre todas las cosas. Pero la amaba de forma trascendente: es decir, veía en ella algo más que ella. Un ejemplo son estas líneas sobre el gallo y su canto vitalista de cada amanecer:

Por encima de todo, no podemos darnos el lujo de no vivir el presente (…) [El canto del gallo] es una expresión de la salud y sensatez de la Naturaleza, una bravuconada para el mundo entero, saludable como el manantial que brota, como la nueva fuente de las musas, para celebrar ese supremo instante del tiempo.

Ocurre que yo, neófito dubitativo en una comunidad budista, no acabo de estar de acuerdo con la superioridad del presente en la que creen Thoureau y los filósofos (pensadores, perdón) orientales. Es más, en ocasiones he llegado a pensar que lo único que existe es el pasado, depósito sin fondo para el caudal del tiempo. Lo que sí creo, como Thoureau, es que tal pensamiento es la simiente de la melancolía y que si prestar atención constante y consciente a un suceso diario tan gratuito (tendría que buscar otro, vivo en una zona residencial de una urbe mediana) me va a alejar de ella, borro de un plumazo mis elucubraciones metafísicas.


Un académico en la corte del rey Arturo (I)

De la totalidad de mi carrera laboral, que coincide exactamente con la totalidad de mi carrera docente (pues no me he dedicado a otra cosa sino a dar clase), los últimos cuatro años he trabajado en la secundaria y el bachillerato, mientras que el resto, casi trece años, en la universidad.

De las razones por las que decidí resolutiva y voluntariamente pasarme a dar clase a los adolescentes hablaré en otro lugar, y de las reacciones de perplejidad que suscitó mi extravagancia también.

De momento, quiero hablar de otra cosa. Tras cuatro países y sendas instituciones superiores, me consideraba un hombre impávido y arrojado ante lo nuevo. Como emigrante afortunado (siempre me ha precedido un contrato), me hice diestro en el cambio, flexible como una bailarina sin coyunturas y no me fue mal de universidad en universidad. Ahora bien, las universidades en el mundo conforman una red armada por rankings internacionales, revistas, congresos, intereses que permite recorrerlas por encima de las fronteras sin mucho trastorno. Es decir, el mérito es solo mío en una parte, si descuento los choques culturales.

Ocurre que al convertirme en funcionario de carrera de un instituto de secundaria en mi propio país tuve que hacer un esfuerzo notablemente mayor que al pasar de una universidad polaca próxima al Báltico gris a otra universidad desde cuyo último piso se veía el Caribe azul, en las Antillas mayores.

¿Por qué? ¿Por qué los sistemas de enseñanza y la vida general de las universidades se parecen tanto entre sí en culturas casi opuestas y el trabajo de un profesor en la educación superior y el de un instituto difieren como la metafísica de la albañilería? No tengo la respuesta, aun no. Tampoco creo que tenga tiempo para averiguarla, pero sí mantengo una certeza. La interconexión supranacional de las universidades es un valor deficiente en el nivel anterior. Acaso no debería haber tales distancias en los modos de enseñanza, porque no hay una gran diferencia entre un alumno de bachillerato y un alumno de los primeros años de la universidad, porque tampoco la filosofía, la biología o la literatura se transforman cualitativamente en grados drásticos cuando los chicos emergen de la secundaria, porque muchos de los profesores de secundaria tienen una formación equivalente a sus colegas universitarios y porque esta falla es absurda y traumática para docentes y discentes.


Las casas de mis sueños

No creo en la interpretación de los sueños tal como la formuló Freud y se ha popularizado después. No es científico, según me han explicado, y por mi experiencia una mala cena, un día intenso, demasiadas mantas, son causas suficientemente banales para explicarlos.

Pongamos que he tenido 15700 sueños en mi vida. Desde los cuatro años. Es una cifra muy aproximada porque hay noches que no recuerdo lo que sueño y otras que sueño numerosas historias, encadenadas, imbricadas, alternas. En una gran parte de estos sueños aparecen casas. Será que salgo poco a la calle, o que reservo la intensidad de mi vida para los interiores.

Las casas no siempre son mías. Muchas veces son las casas de mis muertos: mi madre, mi padre, María del Mar, Ricardo, mis abuelos… A veces me obligan a abandonarlas, como en «Casa tomada», de Cortázar, o intento rescatar los bienes preciados (libros, cuadros) antes de que un nuevo dueño tome posesión. Otras, las encuentro pálidas, demacradas o decrépitas, ruinosas, o simplemente cambiadas: el suelo se hunde o se inclina peligrosamente (como en la cocina de mi abuela), han tapiado una buhardilla escondida donde custodiábamos tesoros. Muchas veces me cuelo (a riesgo de mi integridad, trepando por las fachadas), me sorprenden en allanamiento de morada y debo excusarme, alegar que no creía que la compra-venta se hubiera consumado ya.

Si yo hiciera caso a Freud u otro menos conocido como Gilbert Durand, tendría que pensar en símbolos. Me es más fácil, porque sucede así en la vigilia y de esta me fío un pelín más, entenderlas como significantes de quienes las habitaron y me han dejado huecos en el alma.


Corrigiendo el rumbo

Cuenta el tamaño del cerebro para ser más inteligente? | BAE Negocios

Durante más de dos décadas he sido muy intelectual. No un intelectual, porque no soy conocido ni influyente, pero al menos un profesional del trabajo mental.

Toda persona actúa. Somos conducta, diría un psicoterapeuta. Pues bien, durante el tiempo al que me refiero mis acciones han sido más cerebrales que físicas. Y si no ha sido así (porque los días son largos y hay que ir de compras, orinar, llamar por teléfono, pulsar un interruptor, acariciar a quien deseas), he concedido a mi vida mental una importancia que no le daba a mi vida física.

¿Por qué? No lo sé muy bien. La influencia de mi padre, el ambiente de una carrera de humanidades, los estudios posgraduados y mis propias propensiones a la introversión. Las circunstancias de mi vida y una predisposición de carácter, podríamos resumir.

El caso es que hace unos años experimenté una revelación. Me disculpo por palabra tan altisonante. Quiero decir que me percaté de que me había perdido muchas cosas. Salir a deshora, hacer más enemigos, embarcarme en proyectos disparatados, amar sin medida o desperdiciar las mañanas.

Luis Landero, Caballero Bonald y Borges (habrá muchísimos más, ahora estos me vienen a la cabeza) han lamentado en algún momento las innumerables horas empleadas en leer y, sobre todo, escribir.

No quiero cometer el sacrificio de mi viva sensitiva al logro insípido de una admirable cabeza.


¿Ubi sunt mis padres?

Libros: Los Modlin

Lo más impactante de la muerte de mis padres fue su desaparición. En un momento estaban y, al poco, ya no. En el caso de mi padre, fue muy rápido. Cosa de veinte minutos, porque se atragantó y ahogó. Mi madre se puso muy enferma y durante mes y medio estuvo en el borde varias veces, hasta que, finalmente, murió.

Puede parecer una obviedad, pero la desaparición es la esencia traumática de la muerte. Al menos para mí, que no tengo fe en el más allá, a donde se habrán trasladado, o en la reencarnación, por cuya dinámica deben de estar ahora en otro cuerpo, olvidados de que soy su hijo.

Los poetas cortesanos medievales, que actualmente estoy explicando a mis alumnos, llamaban a esto (por herencia de los clásicos) ubi sunt?, una pregunta retórica para aludir al hecho de que aquellos que fueron grandes en vida, respetables y poderosos, ya no son nada. Los poetas medievales sí creían en el más allá, de modo que más que interrogarse por dónde están, se plantean que ya no son lo que eran. Que todo lo admirable de su existencia terrena se esfumó: una lección de humildad para quienes los sobrevivieron.

La ausencia de mis padres me sobrecoge a veces con una fuerza que me deja trémulo y desorientado. En tales momentos su ausencia es casi una presencia al revés, como la marca que deja un cuadro cuando lo descolgamos de la pared tras mucho tiempo.


Políticos, periodistas y publicantes

garrotazos

Duelo a garrotazos, Goya

Los políticos a los que me refiero son aquellos que anteponen la ideología a la realidad que tienen el deber de gestionar. Y si no la anteponen, parten de su ideología, que precede a todo. Normalmente, ya sean gobernantes o parlamentarios, no saben de sanidad, sino de ideología sanitaria; no saben de educación, sino de ideología educativa, y así se sigue las lista.

Los periodistas a los que me refiero son los mejor pagados de sus emisoras o los más aguerridos en la defensa de la línea editorial de sus periódicos. Viven con los primeros una vida simbiótica, porque aquellos acuden a estos para difundan sus ideas y las hagan resonar, las multipliquen como un repetidor. Y estos están pendientes de aquellos porque alimentan el ardor de sus palabras durante las horas de radio que ocupan y a lo largo de los renglones que escriben.

Los publicantes a los que me refiero usan Whatsapp, Facebook o Twitter. Tienen muy claro cuál es el partido correcto, decente y cuál el malo, el incompetente, el perverso y copado por sinvergüenzas. Te reenvían, copian o retuitean mensajes que dicen «las cosas claras», que ponen a los otros «en su sitio», que dicen «la verdad que nadie sabía». Son los más lamentables porque los políticos y los periodistas viven de sus ideas, ganan dinero para comer comprar casas o contratar estancias vacacionales, pero estos últimos lo hacen por gusto, por pasión, por furor.

Los políticos, periodistas y publicantes a los que me refiero tienen un pensamiento dicotómico: ellos y  nosotros, lo bueno y lo malo, decentes e indecentes, comunistas y fachas, dueños de la verdad y recalcitrantes en el engaño… Es decir, que no tienen pensamiento. Pueden tener ideas, pero no es lo mismo, porque el pensamiento son las ideas en movimiento, entrechocándose.


Misántropo lo será tu…

 

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De tanto leer, se me mezclan las cosas con los libros, las personas con los personajes, las semejanzas verosímiles con las metáforas. Por eso, cuando un compañero de trabajo me han preguntado qué estaba leyendo, me ha quedado la sospecha de que se ha sentido aludido, personalmente concernido, incluso dolido.

Estoy leyendo La caída, de Camús, una novelita que puede adscribirse a un subgénero de la literatura universal reciente (¿250 años?) que se me antoja llamar «fábulas morales de misántropos». De las muchas que debe de haber, he leído un puñado. Ahora me acuerdo, en primer lugar, de los Apuntes del subsuelo de Dostoyevsky, el mundo novelesco de Kafka, entero, El túnel de Ernesto Sábato, Un mundo exasperado de José Ángel González Sainz y otras muchas.

Suelen ser narraciones cortas en las que un individuo monologa contra el mundo, que le parece estúpido, degradado, miserable, despreciable. Es un solitario con rasgos de sociopatía que se deleita en provocar, destruir, levantar los cimientos morales del mundo contemporáneo. Estas obras reflejan crisis morales muy nietzscheanas que pretenden subvertir el orden y desembocar en nadas muy peligrosas. Se hunden en ese pantano que prefiere pensar sobre vivir a vivir sin pensar, el existencialismo.

En fin, que estos individuos son personajes, pero como se me ha secado ya el cerebro veo misántropos así por doquier, en la realidad. Más o menos, así ha sido la conversación con mi compañero:

ÉL (amistoso, mañaniego): ¿Qué lees? ¡Ah!, La caída, de Camús.

YO (seco, altanero): ¿Lo has leído?

ÉL (sincero, modesto): No, ese no.

YO (con hastío petulante y un ápice de desprecio): Es una fábula más de misántropo. He leído ya muchas de éstas y me tienen harto.

ÉL (desorientado, huidizo): ¡Ah, una fábula de misántropo!

¿No lo veis claro? El misántropo era yo.


Mi hijo cree en Dios

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Sí, mi hijo cree en Dios, pero yo no.

Esto de la fe (por simplificar lo llamo así) es una cuestión muy generacional.

Mi padre era un ateo recalcitrante. Padeció a un padre autoritario, oficial del ejército de Franco. Dice Raymond Carr que la Iglesia era una de las familias del franquismo. Sospecho que mi padre proyectaba en la Iglesia la rebeldía que sentía contra su familia y contra Franco. Es un entramado de asociaciones que explica, en parte, su descreimiento.

Mi caso es distinto. Mi madre apostató y mi padre trató de inculcarme su anticlericalismo; mi madre era artista bohemia (al principio, bohemia al principio) y mi padre intelectual. Juntos reforzaron su militancia contra la dictadura y contra la religión. Con todo, no soy recalcitrante, ni siquiera ateo, sino que cultivo un  agnosticismo muy previsor, porque nunca se sabe, y porque me cautiva el irracionalismo acientífico. Además, siento mucho respeto por la espiritualidad de los demás.

Mi hijo se ha criado en la República Dominicana. Allá aprendió a hablar de «papá Dios», sin que yo jamás osara corregirlo. Cuando me preguntaba por Él, le decía sin medias tintas que yo no creía, pero mucha gente sí. Callaba, tranquilo, y se reafirmaba: «yo sí». En las últimas semanas, con la llegada de la Navidad, mi hijo ha postulado su primera cosmogonía: primero fue Dios, que no tuvo padres; de él nacieron, primero, los Reyes Magos, y después Papá Noel, y, finalmente, la princesa Rapunzel, de cuyo origen no puedo acordarme.

Yo no he sufrido traumas familiares ni me ha oprimido dictadura alguna, de modo que no tengo resentimientos ni fobias. Por eso no quiero entrometerme en el sentimiento de trascendencia de hijo (que yo también tengo, cada vez más vivo), pero debería hablar con él para deshacerle este confuso panteón de deidades, personajes de Disney y criaturas de leyenda.

 

 


20 años ha

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Un poco más, un poco menos, se me están cumpliendo veinte años de muchas cosas: mi dedicación «reglada» a la literatura, el ascenso a las montañas, el amor y sus an(s)exos, la ciudad donde habito. Lo que puede ser un descubrimiento para mí, ya lo sabrán otros, porque habrán vivido ya sus paquetes de veinte años, o porque saben que hay otros ciclos de veinticinco o treinta, acaso. Que la vida se repite, quiero decir, no lo había experimentado yo tan claramente hasta ahora.

La vuelta de las cosas tiene un trasfondo antropológico que explica de maravilla el rumano Mircea Eliade en El mito del eterno retorno. Parece ser que nuestra concepción del tiempo, lineal, de atrás hacia delante, desde el pasado hacia el futuro, es cultural, propia de Europa y su racionalismo. Otras culturas no europeas, más apegadas a la tierra, el amanecer y el atardecer, las estaciones, ven el tiempo de manera circular. Eso dice Eliade. También hay un trasfondo literario: se ve en los escritores García Márquez y Juan Benet, por mencionar un novelista popular y otro impopular, y se ve en Mazurca para dos muertos, por mencionar una novela obsesiva con este asunto. Sobre ello he escrito con palabras académicas cuando trabajaba en la universidad.

Ahora lo vivo. Y qué gran consuelo regresar a muchas cosas que yo creía que habían quedado atrás, pero que resulta ¡que estaban girando! Y no solo es haber regresado (o que las cosas me hayan retornado, depende de cómo lo mire), sino que yo mismo he vuelto a ser en muchas cosas el que era. Estoy inmadurando, desformalizándome, recuperando la rebeldía provocadora de cuando me creía único y tenía inquietudes espirituales que aplastó el carácter metódico y pragmático que adopté para sobrevivir.

Con todo, nunca se vuelve igual, porque no puedo (no quiero) abolir lo vivido y porque tampoco queda nadie de los de antes y los que hay…


Mis ciclotimias

Ciclotimia

Sucede a veces que me canso de los demás. No de todos. Mi familia y buenos amigos están a cobijo de estos vaivenes. Me ha ocurrido siempre, desde niño. La diferencia, ahora, es que he aprendido a manejarlo y a ocultarlo, porque no es justo ni grato tratar con alguien que un día se te abre con el don de gentes de un relaciones públicas y otro día se cierra como un misántropo. No es justo para los demás ni sano para mí. Me desconcierta convertirme en dos personas, una muda y cabizbaja, y otra que la recubre, efusiva y habladora.

Ha sido un descubrimiento reciente. Antes de ser docente, estaba inerme. Tenía explosiones de sociabilidad y, de pronto, cedía a las ganas de recluirme y callarme. Estas ganas me siguen acuciando sin saber muy bien por qué. Sin embargo, el hábito de hablar en público, preguntar a los demás por su vida, sus esperanzas y sus cuitas, las muchas veces que he cambiado de país, cultura y trabajo, todo ello me funciona como una inercia mecánica que impide que los demás lo adviertan.

Hasta este escrito, supongo.