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Epopeya catalana

epopeya catalana

Cuando la crisis pase en Cataluña. Cuando la euforia adictiva de la tensión y el enfrentamiento se aplaquen, comenzarán los cuentos. Los relatos, quiero decir. El presente se precipita al pasado incesantemente transformado en relatos. Esto no es nuevo. Muchos lo han estudiado.

Hayden White, por ejemplo, entiende que los textos históricos (fruto del trabajo de la Historiografía) son artefatos literarios. Es decir, que los historiadores adoptan un molde narrativo, una trama concreta, para explicar unos acontecimientos. Así, aparecen héroes, sacrificios, víctimas, misterios, etc. Hay suficientes tramas en la Literatura como para escoger.

España lo hico durante el siglo XIX, como magníficamente ha estudiado José Álvarez Junto en Mater dolorosa. La Guerra contra los franceses se mitificó como Guerra de Independencia. Recaredo, como el adán de la nación católica española. El racionalismo ilustrado de los franceses como el anticristo contra el que España, primero patria (entendida como el conjunto de tradiciones monárquicas y religiosas) y después nación, se erigió en baluarte y pueblo elegido, como sucede con la trama literaria del Antiguo Testamento.

Pues bien, cuando la crisis en Cataluña finalmente cese y se convierta en un relato, estoy seguro de que los independentistas escogerán la epopeya, un molde narrativo cuyo protagonista es todo un pueblo enfrentado a guerras, opresiones, búsqueda de la identidad. Al frente del pueblo, que no puede actuar al unísono, un héroe que encarna las virtudes colectivas. ¿Puigdemont? ¿Mas? ¿El mayor de los Mossos?

No sé quién se arrogará el papel principal, o a quién se lo atribuirán. No sé cuándo ocurrirá ni qué alcance trendrá, pues sospecho que hay poco público discupuesto a aceptarlo (en Europa no se lo tragan), pero no me cabe duda de que sucederá, porque ya hay muchos esbozándolo.

 

 

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El heroísmo de Moisés

muerte-de-moisesMoisés es un héroe. Su relación con Dios es la de un hijo astuto con un padre explosivo e impredecible. El Pentateuco, compuesto por los cinco primeros libros de la Biblia, cuenta la historia del pueblo judío desde la creación del mundo. Termina con el Deuteronomio, el que más me gusta del conjunto por la solemnidad trágica que exhibe su protagonista.

En uno de sus accesos de celo ególatra, el Dios del Deuteronomio condena a Moisés porque éste no le fue ententóreamente fiel en el desierto de Sin:

Por eso no entrarás en la tierra que voy a dar a los israelitas; solamente la verás de lejos. (Deu., 32: 52)

Moisés ha revelado ser un consumado negociador. A largo de los cinco libros ha sabido digerir la cólera de su Dios, sortear sus arrebatos y aplacar las sentencias que dictaba sobre unos y otros. Pero en este momento, ya sea por su abnegación, ya porque vea que la ofensa es irreparable, ya sea porque en efecto está muy viejo, calla y acepta la muerte. El sacrificio por su pueblo me impresiona menos que su hermosa asunción de las veleidades de Yaveh, que no le permite hollar la tierra prometida. Después de pronunciar una bendición sobre su pueblo, hay una escena hermosa:

Moisés subió desde las llanuras de Moab al monte Nebo, a la cima del monte Pisga, frente a Jericó. El señor le permitió contemplar toda la tierra (…)

–  Esta es la tierra que prometí con juramento a Abrahán, Isaac y Jacob diciendo: “Se la daré a tus descendientes”. He querido que la vieras con tus propios ojos, pero tú no entrarás en ella. (Deu 64: 1 y 4).

Cuando leo este pasaje puedo ver a Moisés de pie en la montaña, al borde de su sueño, tras un ímprobo trabajo de liderazgo y sumisión cuyos frutos disfrutarán otros.


Humor en la solemnidad: La Araucana, de Alonso de Ercilla

 

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No todos los clásicos lo son por calidad. Quiero decir, hay clásicos malos, cuya importancia procede de su valor histórico. Por ejemplo, La Araucana, de Alonso de Ercilla, no es, a mi juicio, una gran obra. Es desigual, aburrida con frecuencia, llena de clichés, pero es el poema heroico culto más representativo en nuestra lengua. Y, sobre todo, es importante por lo que Tzvetan Todorov llama el mayor encuentro con el otro en la Historia: la conquista de América.

Fuera de esto, yo siempre leo bajo el adagio de Quevedo de que leer es conversar con los difuntos. Tan importante es para mí esta idea, tanto en ella creo, que Ercilla me ha dado una alegría, me ha contado un chiste.

Un poema heroico es un texto muy solemne. Además de componerse en endecasílabos y organizarse en octavas reales, La Araucana lo protagonizan héroes de una pieza, entregados a emociones sublimes: valor, sacrificio, patriotismo. Entre muertes, victorias, sangre y derrotas, no hay espacio para el humor. Sería una impropiedad, un irrespeto—como dicen mis convecinos dominicanos—al decoro que este tipo de género exige.

Pero llega un punto en que—como Homero—el escritor se cansa. Alonso de Ercilla no es Cervantes, y cuando Cervantes se cansa escribe una obra como el Quijote, una irreverencia carnavalesca (Bajtín) que mata de risa a los libros de caballería. Pero Ercilla no llega a abjurar del tono elevado, no llega a ningún momento a la rebelión. Siempre serio, siempre solemne, sólo se permite algunos episodios amorosos o bucólicos, muy propios de su tiempo, por cuya causa no desmontan nada.

Sin embargo, cerca del final de la obra, en el Canto XXIX de la Parte II, narra Ercilla cómo los araucanos apuestan en el combate entre dos de sus caciques más notables. Es una batalla por vanidad en la que, quienes no tienen ropas, tierras, ganados, granjerías, apuestan esto:

Algunos que ganar no deseaban / las usadas mujeres apostaban.

Humor machista, sí, para 2016, pero humor y al fin y al cabo en 1578, cuando se publicó esta parte (si me lee algún aficionado de lo políticamente correcto, que se cure de espanto leyendo a Quevedo). Me ha simpatizado esta concesión a la broma que Ercilla, harto de tanta solemnidad, ha hecho, no sé si adrede.


Mi paradigma demodé: por la lección magistral

escucha

Cómodo en la excentricidad; así me siento. Hubo un tiempo en que–como a todos–pudo preocuparme disonar de las modas, pero ahora, porque la vida hace su trabajo, ya no es así.

Con todos sus realitivismos, sus desautorizaciones, su ludismo, la posmodernidad parece cosa muy seria comparada con la vanidad de comienzos de este siglo. Salta a la vista en la televisión, los premios literarios, las redes sociales, las reuniones sociales. Pero se desliza subrepticiamente donde no la esperaba: en la vida académica ha permeado bajo paradigmas subvencionados.

Herético aquel que se atreva a defender la clase magistral, aquella en la que un letrado (en sentido literal, aquel que ha adquirido una cultura distinta y admirable), transmite (¡verbo prohibido!) sus conocimientos a un público que le escucha activamente. Cuánto le debo a aquellas clases en las que un buen profesor disertaba pacientemente. Cuánto he aborrecido, hay que recordarlo, aquellas lecciones en las que un mal profesor peroraba interminablemente sin permitir la menor intervención o discrepancia. Porque de eso se trata. No hay intrínsecamente nada malo en la exposición de un sabio. Es el maluso y el abuso lo que pervierte la práctica.

Pero cuando ésta se da bien, cuando se da una comunicación en que el oyente está callado pero no pasivo, se produce un fenómeno análogo a la lectura. Recuerdo de nuevo aquellos versos de Quevedo: “vivo en conversación con los difundos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Porque escuchar una lección magistral–cuando ésta es verdaderamente magistral–es casi lo mismo que leer una obra magistral. No por casualidad se llama ‘lección’.

Flagrante contradicción querer incitar a la lectura cuando se repudia toda forma de escucha a los maestros. Veo en esto un reverbero sin fuerza de las profundas rebeldías de Lyotard y compañía; un sucedáneo de la posmodernidad.

Porque una y otra (leer y escuchar son casi casi la misma cosa) son caras de una misma actitud del sujeto paciente, de quien guarda un silencio insumiso, crítico, rumiante.

 

 


El sonido de mi voz

silencio

Leer requiere de silencio. Pero no fue siempre así. La lectura silenciosa e individual se extendió a finales de la Edad Media, con la invención de la imprenta y la proliferación de los libros que podían adquirir los burgueses. Hasta entonces, un monje leía para los demás, y los juglares cantaban al pueblo las hazañas de los héroes en las plazas.

En la edad tecnológica, en la actualidad, decrecen los lectores porque hay horror al silencio y la soledad. Frente a la omniconexión de los dispositivos móviles y las redes sociales, un largo y solitario retiro de lectura silenciosa parece casi un acto de misantropía. Claro, esto no es así. En la soledad y el silencio el hombre se reencuentra consigo mismo, aclara sus ideas, hace balance de los días y recupera fuerzas para emerger de nuevo a la vorágine social.

En estos días, por circunstancias que no vienen al caso, he permanecido largas horas solo y en silencio, en única comunicación con los difuntos (Víctor Hugo, la Biblia, Calderón). Tanto tiempo pasaba que, cuando alguien me preguntaba y yo respondía, me sorprendía el sonido de mi voz. Tal misma sorpresa experimentaba mi padre cuando recibía mis llamadas, tras jornadas enteras de lectura ininterrumpida.

Son despertares que hacen pensar. Por un lado, la lectura es una actividad esencialmente individual, aunque la Literatura lo sea social. Esta, que no existe sin aquella, es un arte comunicativo, pero se completa mediante la lectura, acto estrictamente solitario: se trata de una comunicación diferida. Por otro lado, despertar de una soledad bullente (el hervor de la mente absorta), es costoso. Se quisiera no salir de un silencio amniótico. Es un engaño peligroso, porque si leer es vivir—así lo creo—más lo es el neto vivir. Sanamente comprendido, debiera ser un bucle, que me refugia de la exterioridad más huera y me expele, después, más lleno, para seguir viviendo sin renunciar, por la Literatura, a nada.

 


La obsolescencia descartada de las ciencias del espíritu

Una diferencia crucial entre las ciencias empíricas (Física, Química, Matemáticas) y las ciencias del espíritu (Historia, Filosofía, Literatura, Sociología) es que los productos de aquellas tienen una obsolescencia veloz y necesaria. Que el modelo newtoniano fuera sustituido por el modelo einsteniano supuso un progreso para la humanidad, que comprende ahora mejor las leyes del universo. Que el origen de la especie humana se vaya reubicando en el tiempo y en el espacio desbarata las versiones anteriores. Que las teorías de Freud sobre el alma hayan sido rechazadas en su gran mayoría—excepto la del inconsciente—por la neurociencia más avanzada comportará beneficios para nuestra salud física y mental.

Pero las ciencias del espíritu son distintas. No hay progreso en ellas porque la noción de progreso no les es aplicable. No experimentan una evolución que entendamos como avance. Las ciencias del espíritu son imperfectibles en sentido estricto: no pueden mejorarse. Sus transformaciones son reactivas, pendulares. Una corriente artística reacciona contra otra; una corriente ideológica cree socavar de una vez y para siempre los fundamentos de otra corriente antagónica. Un sistema de pensamiento desprecia a aquellos filósofos que los precedieron y cuyas ideas juzgan ahora originadas por la ceguera, los prejuicios o un sistema de valores indefendible.

Llamativa disociación ésta, que permite al hombre seguir avanzando en la penetración del universo y, al mismo tiempo, moverse sin fin en un círculo eterno de conocimiento plausible. Las ciencias del espíritu son llamadas humanidades porque su asunto es centralmente el ser humano y, aceptémoslo o no, no hay progreso moral en el hombre. No somos mejores ni peores que nuestros antepasados.


La secta de la Literatura

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La Literatura ha pervivido a pesar de la Filosofía. Platón decretó la expulsión de los poetas de su república en virtud de la doblez de su arte: copiadores de una realidad, ya de por sí, falsa (relejo del mundo ideal al que no tenemos acceso). Los filósofos del logos eran ascetas racionalistas que no admitían las explosiones asimétricas y desaforadas de los artistas.

La literatura ha florecido en los umbrales, entre los locos (o demasiado lúcidos), por los vericuetos que la ortodoxia oficial no vigilaba. En el respeto y la observancia de las normas no ha nacido, casi nunca, ninguna gran obra literaria: Shakespeare, Cervantes, Rabelais eran excéntricos. A impulsos de rebeldía—interrrumpidos por intervalos de obediencia—, el artista ha transformado la Literatura y hecho evolucionar las estéticas. En un magnífico libro, la filósofa española María Zambrano dice esto:

“[l]a poesía ha vivido al margen de la ley [de la ley del logos], ha caminado por estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado, su locura creciente, su maldición” (Filosofía y poesía, 2006, p. 14).

Por eso, uno se plantea siempre: ¿cómo engranamos este malditismo con el formalismo de instituciones tan oficializadas como las universidades? ¿Qué legitimidad tiene la universidad de encauzar en su sistema las obras de arte verbales, cuando estas se originan, precisamente, en la asistematicidad?

La universidad es el reino del logos, de la comprensión geométrica del mundo. La filosofía, madre de todas las ciencias empíricas, fue madrastra de las humanidades, con las que suele emparentársela. La física, las matemáticas, la astronomía eran, en un principio, terrenos de la Filosofía. Los modos prerracionales, intuitivos, irregulares de la creación literaria se desviaban del imperio del pensamiento oficial de la polis.

Es preciso no olvidar esta esencia sectaria de la literatura.


Pensar ‘desde’ la Literatura

 

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    Soy un discrepante. Por grado o por necesidad suelo meterme en controversias. No llego al extremo de Unamuno (”contra todo y contra todos”), pero me he acomodado a vivir en el disenso. Hace poco, en un congreso sobre Estudios Generales, me dijeron: “La literatura es sólo estética”. Yo, claro, discrepé: la literatura es comunicación, expresión, apelación, negocio, estética, claro, y reflexión, entre otras cosas más.

Para esta última función no hay más que leer a Mijail Bajtín, pensador ruso que dedicó su vida al estudio de la Literatura. Quienes pertenezcan a mi gremio no pueden desconocerlo. No lo desconocen. Es inexcusable. Bajtín aportó una serie de conceptos cruciales en la ciencia literaria: dialogismo, polifonía, carnavalización, etc. La vida de Bajtín, pese al prestigio actual, fue tan sombría como la de Kafka o Pessoa. Perseguido, censurado, condenado, se dice que llegó a enterrar parte de sus escritos. Poco tiempo en las universidades, no llegó a doctorarse y tuvo que publicar parte de su obra bajo heterónimos de otros pensadores aceptados.

Lo que más me interesa de Bajtín—amén de su consabida brillantez, originalidad e influencia—es el hecho de que no piensa sólo sobre la Literatura, sino que piensa desde la Literatura. Es decir, que conoce la literatura hasta tal profundidad y extensión que la trasciende y comprende, a partir ella, a través de ella, un espectro mucho más amplio de realidades éticas, comunicativas o culturales.

A Bajtín lo leen estudiosos de la Literatura, filósofos, antropólogos, lingüistas. Y ello es posible no sólo porque su formación fuera vasta y heterogénea (¡autodidacta!), sino también porque supo descubrir en la Literatura lo que ésta tiene de humanidad (de miembro de las Humanidades); el hecho de que la Literatura habla sobre el hombre todo.

El estudio de Dostoyevski y Baudelaire, sobre todo, le sirvieron para reflexionar sobre asuntos que trascendían con mucho a ambos. Para Bajtín, el autor de Crimen y castigo llevó a su consumación la novela polifónica, aquella en la que las voces de personajes, narrador y autor se cruzan en un diálogo irreductible y equitativo: ninguno prevalece sobre otros, ninguno se subordina a otro. La polifonía de Dostoyevsky es una concreción de una concepción más amplia, el dialogismo, que él explica así:

Es que las relaciones dialógicas representan un fenómeno mucho más extenso que las relaciones entre las réplicas de un diálogo estructuralmente expresado, son un fenómeno casi universal que penetra todo el discurso humano y todos los nexos y manifestaciones de la vida humana en general, todo aquello que posee sentido y significado (Problemas de la poética de Dostoyevski, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 67).

En mi simple paráfrasis, que el ser humano vive en un irreductible diálogo con sus otros, y que la vida humana y social se desarrolla según esta dinámica que no es dialéctica, porque una tesis nunca se fundirá con su antítesis (pese a Hegel), sino que ambas convivirán en una tensión feraz. El blanco nunca se perderá en el negro, ni el individuo en la multitud, ni mi discrepancia en el gregarismo.


Obras modernas, rostros antiguos: Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes

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Leer un libro es descubrir que uno es antiguo.

Esta reflexión la ha desatado mi perplejidad ante el desajuste que encuentro entre obras y rostros, entre una novela y la cara de quien la ha escrito, entre un poema y la mirada de quien lo concibió. Pero no es desajuste en realidad: es incomprensión mía.

Me explico.

Ricardo Güiraldes fue un novelista argentino que publicó Don Segundo Sombra en 1926, una magnífica novela que se ha convertido en un clásico indiscutible de las letras latinoamericanas. Cuenta el aprendizaje vital de Fabio, un joven que crece a la sombra de un gaucho experimentado, mítico, Don Segundo. La prosa despide fulgores que desacreditan cualquier juicio desdeñoso: porque esta, y otras hermanas, como Doña Bárbara o La vorágine, se reputaron narraciones antiguas que la ‘nueva novela’ superó a partir de los años cuarenta, entrando definitivamente en la modernidad.

Unos ejemplos de tales destellos:

El amanecer previo a la primera salida, Fabio acude jubiloso al encuentro de los gauchos mayores, pero se los encuentra en silencio, reconcentrados:

Cada cual vivía para sí, y mi alegría de pronto se hizo grave, contenida.

Avanzada ya la primera jornada, Fabio comienza a acusar el fuerte calor de la pampa, pero “camina, camina, camina”,

[s]intiendo en mis espaldas y en mis hombros el apretón del sol como un consejo de preseverancia.

Más experimentado, su alma se adecua a la pampa, sus pensamientos al espacio, y dice:

[v]astas meditaciones nacidas de la pampa

Leo a veces con un lápiz en la mano, y mientras subrayaba estas frases me dio por mirar el retrato que he añadido al comienzo de esta entrada. Y me sorprendí: ¿cómo un hombre de aspecto tan diferente al mío pudo escribir cosas tan afines a mi sensibilidad?

Se me ocurre una explicación con la que quiero trascender la anécdota del rostro.

El progreso externo del hombre, nuestro aspecto, la teconología, las costumbres, la ciencia, la comunicación, no se adecua al progreso interno. La moral, la sensibilidad, el miedo, la esperanza, el esfuerzo, el amor quedan dentro siempre iguales, aunque nos dé por pensar que somos radicalmente distintos de nuestros antepasados, a los que creemos haber superado, dejado ridículamente atrás.

Otra enseñanza de los clásicos.


Soñar con los muertos

hijos de la ira

Soñar con los muertos es como doblar una esquina y toparse con un conocido a quien no se ve hace mucho tiempo.

— ¡Estás igual! ¡No has cambiado nada! —dice uno.

— Tú, en cambio… te veo mayor, más viejo — dicen ellos.

Son muy sinceros. Y tienen razón.

Ya decía Dámaso Alonso en un libro estremecedor de la posguerra, Hijos de la ira, en un poema para mí luminoso, no muy reconocido en el conjunto, pero que me parece de los mejores, “El día de los difuntos”:

¡Oh! ¡No sois profundidad de horror y sueño,

muertos diáfanos, muertos nítidos,

muertos inmortales,

cristalizadas permanencias

de una gloriosa materia diamantina!

¡Oh ideas fidelísimas

a vuestra identidad, vosotros, únicos seres

en quienes cada instante

no es una roja dentellada de tiburón,

un traidor zarpazo de tigre!

 

Tanto nos aventajan los muertos, quiere decir el poeta, porque se han hurtado a la mordida del tiempo (el tiburón, el tigre). Están a salvo. Permanecen “cristalizados” en una dimensión eterna, con el rostro y el cuerpo que a nuestra memoria se le antoje seleccionar para ellos. Nosotros, en cambio, estamos expuestos, sujetos al tránsito.

Pero hay algo en lo que nosotros sí los aventajamos a ellos, y es que no tenemos que verlos morir de nuevo. Ese umbral, afortunadamente, ya lo traspusieron. Es algo que ocurre una sola vez.

Escribo esto, y me acuerdo de Dámaso Alonso, porque esta noche soñé con un familiar que falleció hace casi ocho años:

— Hacía muchísimo tiempo que no te veía.

— No para mí — me dijo ella —; eres tú, que ahora vives lejos.