Mi cerebro literario

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La plasticidad del cerebro–descubrimiento tímidamente intuido por Freud y Ramón y Cajal, pero enterrado hasta los años 70 del siglo XX por la ortodoxia científica–no es enteramente positiva. Es verdad que otorga esperanzas de sanación de muchas enfermedades y que aviva el deseo inextinguible de aprender cosas nuevas hasta la muerte. Pero explica también la fijación de los malos hábitos o las adicciones. Es decir, que el cerebro aprende siempre, pero no discrimina lo bueno de lo malo y, lo que es más importante, graba lo uno y lo otro con semejante profundidad.

Así lo explicaba Nicholas Carr en su exitoso libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, para argumentar lo que sucede en nuestro órgano principal tras años y años de hábitos tecnológicos.

Leer sobre esto me ha llevado a pensar en mis pasiones pasajeras y en las que van quedando. Quienes me conocen saben de mis paroxismos diversos: la ornitología, la furiosa ingesta de agua, el cine (de autor), las ventanas de los edificios (mejor anchas que altas), la fotografía, el dibujo, la profundidad en el relieve de los neumáticos (razones de estética y seguridad), la marquetería, las nubes de crecimiento vertical (veo cada vez menos) y otras muchas obsesiones de las que tarde o temprano me libré. Fueron aprendizajes que me costaron energía y pasión y que debieron de labrar un surco en mi aprendizaje neuronal.

He creado neuronas sin cuento y reforzado sinapsis que ahora deben de haberse quedado secas. Excepto en un caso. Excepto con la literatura. Es una pasión que no ha sufrido menoscabo; más aún, que se ha incrementado con los años y las experiencias y los libros y la escritura y la docencia y las bibliotecas y los viajes y las penas y las angustias. No sé la razón de tal persistencia ni me importa mucho. Ya pienso bastante sobre las causas de la vida. Pero tampoco descarto que mi cerebro literario se amustie con los años y algo aún más poderoso lo sustituya. No lo concibo de momento y miedo me da, como miedo sintió mi padre cuando–diagnosticado de diabetes–trataron de amedrentarlo para que no tomara azúcar por el riesgo de quedarse ciego: “Tendré que aprender braille”, me dijo.

 

 

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Modesta distopía

 

Paseante

Quienes habitan cierto tipo de ciudades desconocen que gozan de un pequeño privilegio: pasear por las calles. En general, la literatura está llena de exaltaciones del paseante: románticos por la naturaleza, como Rousseau, Wordsworth, Friedrich, Stifter y Thoreau; la emblemática figura del flâneur (Baudelaire y Benjamin) en la ciudad está en títulos concretos como El peatón de París, de Leon Paul Fargue, Paseos por Berlín, de Franz Hessel, El paseo, de Robert Wasler.

He sido siempre muy andariego y, antes de mudarme a Estados Unidos, recuerdo que mi padre me advirtió: “Si lo haces allí, pueden llegar a arrestarte”. Yo me reí, pero cuando llegué a Phoenix, Arizona, paseando de noche por los límites del campus de la universidad donde estudiaba y trabajaba, un policía me deslumbró con una linterna en la cara y me pidió que me identificara. Había noticias de un violador y hallarme a pie me hizo inmediatamente sospechoso.

Más tarde, en Ica, una ciudad mediana al sur de Lima, en Perú, la que es hoy mi esposa se extrañó de que yo quisiera ir caminando a la Plaza de Armas, que se hallaba a apenas quince minutos de distancia, y me confesó que ella “Nunca lo había hecho”. Más tarde aún, asentado en la capital de la República Dominicana, nos echamos a la calle mi familia y yo por la Avenida 27 de febrero, una de las arterias de la ciudad, en busca de un supermercado. Para empujar el coche de mi hijo pequeño e incluso para un viandante más desembarazado, las aceras estaban llenas de obstáculos, agujeros y desperdicios. Es más, al llegar a un semáforo, unos vendedores callejeros, se quedaron tan alarmados de ver una familia tan fuera de lugar que detuvieron el tráfico para que cruzáramos porque de otra forma–nos explicaron–ningún auto se detendría.

En fin, ya de vuelta en España he retomado mis paseos. Consciente de que tan humilde privilegio sólo se aprecia cuando no se tiene, he topado con un fragmento interesante del comienzo de Farenheit 451, de Ray Bradbury, maravillosa novela que trasciende la ciencia ficción. Montag, el bombero protagonista, empleado en quemar libros y bibliotecas, artículos prohibidos en una sociedad distópica, conoce a una niña muy especial que le cuenta de un tío suyo fuera de la ley:

Mi tío fue arrestado el otro día por pasearse a pie, ¿no se lo dije? Oh, somos muy raros.

No en vano, Bradbury vivía en Los Ángeles, una de las muchas ciudades car friendly–una escala mucho mayor que Phoenix–donde de veras debió de pensar que el futuro se presentaba apocalíptico para los viandantes.


Pensar ‘contra’ los demás

Peterson

Un compañero de la Pontificia Universidad Madre y Maestra–para la que he trabajado los últimos años–me ha dado a conocer a Jordan Peterson, un intelectual y activista político canadiense que se ha distinguido por sus opiniones contra la izquierda posmoderna y el feminismo más recalcitrante de las últimas décadas.

En una entrevista para el diario El mundo, Peterson desmonta brillantemente gran parte de los dogmas del feminismo irredento: los roles de género, las razones de la discriminación salarial, la explicación cultural a todas las diferencias entre los sexos, etc. Se trata de un pensador inteligente y valiente, que no vacila en decir lo que ahora es casi un tabú: que las mujeres y los hombres somos biológicamente diferentes.

Pues bien, harto yo también del feminismo censor, me ha encantado leer a un heterodoxo de lo que hace décadas fue la heterodoxia (magnífica Simone de Beauvoir) y ahora se está convirtiendo en una ortodoxia. La basura dialéctica de lo políticamente correcto está arrinconando la profundidad del pensamiento real. Parece mentira que una industria tan banal y estúpida como Hollywood tenga tanta influencia.

Y, sin embargo, muy no obstante, me ha surgido un escrúpulo de fondo poco después de leer la entrevista. Jordan no se muestra (digo se muestra, seguro que lo es) como un pensador sobre las cosas sino contra los otros. No es este un defecto suyo; lo es también de los políticos o los activistas políticos, que desmedran la búsqueda de la verdad con su dialéctica combativa.

Mi moral me dice que debe argumentarse sobre la verdad, no contra los demás, por más que lo merezcan las feministas y los dogmáticos de la izquierda. Porque cuando los argumentos–escalones del pensamiento–están determinados por la dialéctica pierden objetividad, profundidad y se radicalizan. Y en este momento el intelectual se debilita. Pierde consistencia cuando defender la diferencia biológica de los sexos se hace por joder a los progres y no porque sea (o se crea) verdad.

El verdadero librepensador no es aquel que se atreve a pensar fuera de los cánones socialmente sancionados, sino aquel que no necesita apoyarse contra los cánones para pensar libremente. Porque a veces, y este es el talón de Aquiles de todo contestatario, acaece que, fortuitamente, podemos llegar a estar de acuerdo con los que discrepamos.

 


Abstracción y pedagogía

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Puede que no sea más que una reacción de mi carácter contestatario, pero en mi profesión, la docencia (hasta ahora universitaria), me he complacido en discutir con todos aquellos que han convertido a la abstracción en el epítome de todo lo vitando dentro de la didáctica moderna.

Enseñar a los alumnos algo que no fuera directamente práctico parece una abominación para la pedagogía más cool. El culto a las competencias ha estigmatizado todo lo que tenía un mínimo vuelo teórico, de modo que se ha creado una atmósfera de opinión hostil a la abstracción entre quienes aceptan sin criterio las cosas.

¡Sitúalo! ¡Que sea significativo! ¡Dale un contexto! ¡Posterga la teoría!

He recordado la irritación intelectual que me causaban exhortaciones semejantes al leer unas palabras de Eugenio Coseriu en su magnífico texto “Sistema, norma y habla”. Allí dice:

No estamos de acuerdo con el empleo despectivo que se hace a veces […] de los términos “abstracto” y “abstracción”; empleo que se debe al error semántico de considerar “abstracto” sinónimo de “imaginado”, “arbitrario”, “no demostrado por los hechos, “irreal”, “no verdadero”, “falso”. (Nota al pie de la página 16)

Cuántos denuestos ha recibido la abstracción. Los mismos que la teoría, el silencio, la soledad, la escucha, la mediatez, la espera y tantos otros valores demodé a los que–pasando los años–voy adhiriéndone. Y a veces lo hago con recalcitrancia (soy conscientemente exagerado, por compensación), solo porque me tiene harto tanta banalidad y creo que lo rápido, lo efímero y lo inmediato nos volverá más débiles e idiotas.

Coseriu cree que es más verdadera una frase como “3 más 3 igual a 6” que “3 caballos más 3 caballos igual a 6 caballos”, porque la primera es más general. Aristóteles alienta detrás de esta idea del filólogo rumano y no me siento capaz de afirmar que lo más general sea más verdadero que lo particular.

Lo que sí estoy en condiciones de afirmar es que no se puede enseñar a los alumnos lo concreto sin lo abstracto, y viceversa, porque, aunque no tocamos generalidades, la ciencia (strictu sensu, ‘saber’), es una dinámica de lo concreto a lo abstracto y de este a aquel, en un círculo sin fin. De la novela, a la corriente estética, y vuelta; del cuadro, al concepto de representación, y vuelta; de la piedad filial del confucionismo, al afán por mantener el estatu quo de sumisión al poder, y vuelta. Y etcétera.

 


Dios y su mujer

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Hay un momento en que el monstruo de Frankenstein le pide a su creador algo que éste se niega a conceder: una compañera. Otra criatura de sexo femenino con quien compartir su soledad, pues ha descartado todo contacto con los humanos, que lo repudian y maltratan. Acosado por intensos dilemas, el científico se niega. No quiere dar al mundo otra aberración. Aquello desata la cólera sangrienta del monstruo.

En Paraíso perdido de John Milton, Adán conversa con el Creador y le hace la misma petición. Con enorme astucia dialéctica y humildad, dice:

Que no hay conmigo quien comparta? Solo,

¿Qué ventura tengo, quién disfruta en soledad

O disfrutando todo, qué contento tiene?

El Creador, omnisciente y previsor, no se extraña de su petición, y finalmente le concede a Eva, para desgracia de la humanidad, pero hay algo que me sorprende aún más y es la forma tan sutil como se suscita la idea de una compañera de Dios. Dice Adán:

Tú en tu misterio, aunque estés en soledad,

tienes en ti mismo insuperable compañía

y no buscas otra relación.

Sólo en tan heretodoxa y audaz obra puede leerse de esta forma entre líneas, bajo la capa translúcida del debate sobre la soledad de Dios, ya en sí mismo atrevido. Zeus tenía a Hera, pero al dios judeocristiano dicen bastarle las critaturas bajo su poder.


Epopeya catalana

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Cuando la crisis pase en Cataluña. Cuando la euforia adictiva de la tensión y el enfrentamiento se aplaquen, comenzarán los cuentos. Los relatos, quiero decir. El presente se precipita al pasado incesantemente transformado en relatos. Esto no es nuevo. Muchos lo han estudiado.

Hayden White, por ejemplo, entiende que los textos históricos (fruto del trabajo de la Historiografía) son artefatos literarios. Es decir, que los historiadores adoptan un molde narrativo, una trama concreta, para explicar unos acontecimientos. Así, aparecen héroes, sacrificios, víctimas, misterios, etc. Hay suficientes tramas en la Literatura como para escoger.

España lo hico durante el siglo XIX, como magníficamente ha estudiado José Álvarez Junto en Mater dolorosa. La Guerra contra los franceses se mitificó como Guerra de Independencia. Recaredo, como el adán de la nación católica española. El racionalismo ilustrado de los franceses como el anticristo contra el que España, primero patria (entendida como el conjunto de tradiciones monárquicas y religiosas) y después nación, se erigió en baluarte y pueblo elegido, como sucede con la trama literaria del Antiguo Testamento.

Pues bien, cuando la crisis en Cataluña finalmente cese y se convierta en un relato, estoy seguro de que los independentistas escogerán la epopeya, un molde narrativo cuyo protagonista es todo un pueblo enfrentado a guerras, opresiones, búsqueda de la identidad. Al frente del pueblo, que no puede actuar al unísono, un héroe que encarna las virtudes colectivas. ¿Puigdemont? ¿Mas? ¿El mayor de los Mossos?

No sé quién se arrogará el papel principal, o a quién se lo atribuirán. No sé cuándo ocurrirá ni qué alcance trendrá, pues sospecho que hay poco público discupuesto a aceptarlo (en Europa no se lo tragan), pero no me cabe duda de que sucederá, porque ya hay muchos esbozándolo.

 

 


El heroísmo de Moisés

muerte-de-moisesMoisés es un héroe. Su relación con Dios es la de un hijo astuto con un padre explosivo e impredecible. El Pentateuco, compuesto por los cinco primeros libros de la Biblia, cuenta la historia del pueblo judío desde la creación del mundo. Termina con el Deuteronomio, el que más me gusta del conjunto por la solemnidad trágica que exhibe su protagonista.

En uno de sus accesos de celo ególatra, el Dios del Deuteronomio condena a Moisés porque éste no le fue ententóreamente fiel en el desierto de Sin:

Por eso no entrarás en la tierra que voy a dar a los israelitas; solamente la verás de lejos. (Deu., 32: 52)

Moisés ha revelado ser un consumado negociador. A largo de los cinco libros ha sabido digerir la cólera de su Dios, sortear sus arrebatos y aplacar las sentencias que dictaba sobre unos y otros. Pero en este momento, ya sea por su abnegación, ya porque vea que la ofensa es irreparable, ya sea porque en efecto está muy viejo, calla y acepta la muerte. El sacrificio por su pueblo me impresiona menos que su hermosa asunción de las veleidades de Yaveh, que no le permite hollar la tierra prometida. Después de pronunciar una bendición sobre su pueblo, hay una escena hermosa:

Moisés subió desde las llanuras de Moab al monte Nebo, a la cima del monte Pisga, frente a Jericó. El señor le permitió contemplar toda la tierra (…)

–  Esta es la tierra que prometí con juramento a Abrahán, Isaac y Jacob diciendo: “Se la daré a tus descendientes”. He querido que la vieras con tus propios ojos, pero tú no entrarás en ella. (Deu 64: 1 y 4).

Cuando leo este pasaje puedo ver a Moisés de pie en la montaña, al borde de su sueño, tras un ímprobo trabajo de liderazgo y sumisión cuyos frutos disfrutarán otros.


Humor en la solemnidad: La Araucana, de Alonso de Ercilla

 

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No todos los clásicos lo son por calidad. Quiero decir, hay clásicos malos, cuya importancia procede de su valor histórico. Por ejemplo, La Araucana, de Alonso de Ercilla, no es, a mi juicio, una gran obra. Es desigual, aburrida con frecuencia, llena de clichés, pero es el poema heroico culto más representativo en nuestra lengua. Y, sobre todo, es importante por lo que Tzvetan Todorov llama el mayor encuentro con el otro en la Historia: la conquista de América.

Fuera de esto, yo siempre leo bajo el adagio de Quevedo de que leer es conversar con los difuntos. Tan importante es para mí esta idea, tanto en ella creo, que Ercilla me ha dado una alegría, me ha contado un chiste.

Un poema heroico es un texto muy solemne. Además de componerse en endecasílabos y organizarse en octavas reales, La Araucana lo protagonizan héroes de una pieza, entregados a emociones sublimes: valor, sacrificio, patriotismo. Entre muertes, victorias, sangre y derrotas, no hay espacio para el humor. Sería una impropiedad, un irrespeto—como dicen mis convecinos dominicanos—al decoro que este tipo de género exige.

Pero llega un punto en que—como Homero—el escritor se cansa. Alonso de Ercilla no es Cervantes, y cuando Cervantes se cansa escribe una obra como el Quijote, una irreverencia carnavalesca (Bajtín) que mata de risa a los libros de caballería. Pero Ercilla no llega a abjurar del tono elevado, no llega a ningún momento a la rebelión. Siempre serio, siempre solemne, sólo se permite algunos episodios amorosos o bucólicos, muy propios de su tiempo, por cuya causa no desmontan nada.

Sin embargo, cerca del final de la obra, en el Canto XXIX de la Parte II, narra Ercilla cómo los araucanos apuestan en el combate entre dos de sus caciques más notables. Es una batalla por vanidad en la que, quienes no tienen ropas, tierras, ganados, granjerías, apuestan esto:

Algunos que ganar no deseaban / las usadas mujeres apostaban.

Humor machista, sí, para 2016, pero humor y al fin y al cabo en 1578, cuando se publicó esta parte (si me lee algún aficionado de lo políticamente correcto, que se cure de espanto leyendo a Quevedo). Me ha simpatizado esta concesión a la broma que Ercilla, harto de tanta solemnidad, ha hecho, no sé si adrede.


Mi paradigma demodé: por la lección magistral

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Cómodo en la excentricidad; así me siento. Hubo un tiempo en que–como a todos–pudo preocuparme disonar de las modas, pero ahora, porque la vida hace su trabajo, ya no es así.

Con todos sus realitivismos, sus desautorizaciones, su ludismo, la posmodernidad parece cosa muy seria comparada con la vanidad de comienzos de este siglo. Salta a la vista en la televisión, los premios literarios, las redes sociales, las reuniones sociales. Pero se desliza subrepticiamente donde no la esperaba: en la vida académica ha permeado bajo paradigmas subvencionados.

Herético aquel que se atreva a defender la clase magistral, aquella en la que un letrado (en sentido literal, aquel que ha adquirido una cultura distinta y admirable), transmite (¡verbo prohibido!) sus conocimientos a un público que le escucha activamente. Cuánto le debo a aquellas clases en las que un buen profesor disertaba pacientemente. Cuánto he aborrecido, hay que recordarlo, aquellas lecciones en las que un mal profesor peroraba interminablemente sin permitir la menor intervención o discrepancia. Porque de eso se trata. No hay intrínsecamente nada malo en la exposición de un sabio. Es el maluso y el abuso lo que pervierte la práctica.

Pero cuando ésta se da bien, cuando se da una comunicación en que el oyente está callado pero no pasivo, se produce un fenómeno análogo a la lectura. Recuerdo de nuevo aquellos versos de Quevedo: “vivo en conversación con los difundos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Porque escuchar una lección magistral–cuando ésta es verdaderamente magistral–es casi lo mismo que leer una obra magistral. No por casualidad se llama ‘lección’.

Flagrante contradicción querer incitar a la lectura cuando se repudia toda forma de escucha a los maestros. Veo en esto un reverbero sin fuerza de las profundas rebeldías de Lyotard y compañía; un sucedáneo de la posmodernidad.

Porque una y otra (leer y escuchar son casi casi la misma cosa) son caras de una misma actitud del sujeto paciente, de quien guarda un silencio insumiso, crítico, rumiante.

 

 


El sonido de mi voz

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Leer requiere de silencio. Pero no fue siempre así. La lectura silenciosa e individual se extendió a finales de la Edad Media, con la invención de la imprenta y la proliferación de los libros que podían adquirir los burgueses. Hasta entonces, un monje leía para los demás, y los juglares cantaban al pueblo las hazañas de los héroes en las plazas.

En la edad tecnológica, en la actualidad, decrecen los lectores porque hay horror al silencio y la soledad. Frente a la omniconexión de los dispositivos móviles y las redes sociales, un largo y solitario retiro de lectura silenciosa parece casi un acto de misantropía. Claro, esto no es así. En la soledad y el silencio el hombre se reencuentra consigo mismo, aclara sus ideas, hace balance de los días y recupera fuerzas para emerger de nuevo a la vorágine social.

En estos días, por circunstancias que no vienen al caso, he permanecido largas horas solo y en silencio, en única comunicación con los difuntos (Víctor Hugo, la Biblia, Calderón). Tanto tiempo pasaba que, cuando alguien me preguntaba y yo respondía, me sorprendía el sonido de mi voz. Tal misma sorpresa experimentaba mi padre cuando recibía mis llamadas, tras jornadas enteras de lectura ininterrumpida.

Son despertares que hacen pensar. Por un lado, la lectura es una actividad esencialmente individual, aunque la Literatura lo sea social. Esta, que no existe sin aquella, es un arte comunicativo, pero se completa mediante la lectura, acto estrictamente solitario: se trata de una comunicación diferida. Por otro lado, despertar de una soledad bullente (el hervor de la mente absorta), es costoso. Se quisiera no salir de un silencio amniótico. Es un engaño peligroso, porque si leer es vivir—así lo creo—más lo es el neto vivir. Sanamente comprendido, debiera ser un bucle, que me refugia de la exterioridad más huera y me expele, después, más lleno, para seguir viviendo sin renunciar, por la Literatura, a nada.