Mi paradigma demodé: por la lección magistral

escucha

Cómodo en la excentricidad; así me siento. Hubo un tiempo en que–como a todos–pudo preocuparme disonar de las modas, pero ahora, porque la vida hace su trabajo, ya no es así.

Con todos sus realitivismos, sus desautorizaciones, su ludismo, la posmodernidad parece cosa muy seria comparada con la vanidad de comienzos de este siglo. Salta a la vista en la televisión, los premios literarios, las redes sociales, las reuniones sociales. Pero se desliza subrepticiamente donde no la esperaba: en la vida académica ha permeado bajo paradigmas subvencionados.

Herético aquel que se atreva a defender la clase magistral, aquella en la que un letrado (en sentido literal, aquel que ha adquirido una cultura distinta y admirable), transmite (¡verbo prohibido!) sus conocimientos a un público que le escucha activamente. Cuánto le debo a aquellas clases en las que un buen profesor disertaba pacientemente. Cuánto he aborrecido, hay que recordarlo, aquellas lecciones en las que un mal profesor peroraba interminablemente sin permitir la menor intervención o discrepancia. Porque de eso se trata. No hay intrínsecamente nada malo en la exposición de un sabio. Es el maluso y el abuso lo que pervierte la práctica.

Pero cuando ésta se da bien, cuando se da una comunicación en que el oyente está callado pero no pasivo, se produce un fenómeno análogo a la lectura. Recuerdo de nuevo aquellos versos de Quevedo: “vivo en conversación con los difundos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Porque escuchar una lección magistral–cuando ésta es verdaderamente magistral–es casi lo mismo que leer una obra magistral. No por casualidad se llama ‘lección’.

Flagrante contradicción querer incitar a la lectura cuando se repudia toda forma de escucha a los maestros. Veo en esto un reverbero sin fuerza de las profundas rebeldías de Lyotard y compañía; un sucedáneo de la posmodernidad.

Porque una y otra (leer y escuchar son casi casi la misma cosa) son caras de una misma actitud del sujeto paciente, de quien guarda un silencio insumiso, crítico, rumiante.

 

 

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El sonido de mi voz

silencio

Leer requiere de silencio. Pero no fue siempre así. La lectura silenciosa e individual se extendió a finales de la Edad Media, con la invención de la imprenta y la proliferación de los libros que podían adquirir los burgueses. Hasta entonces, un monje leía para los demás, y los juglares cantaban al pueblo las hazañas de los héroes en las plazas.

En la edad tecnológica, en la actualidad, decrecen los lectores porque hay horror al silencio y la soledad. Frente a la omniconexión de los dispositivos móviles y las redes sociales, un largo y solitario retiro de lectura silenciosa parece casi un acto de misantropía. Claro, esto no es así. En la soledad y el silencio el hombre se reencuentra consigo mismo, aclara sus ideas, hace balance de los días y recupera fuerzas para emerger de nuevo a la vorágine social.

En estos días, por circunstancias que no vienen al caso, he permanecido largas horas solo y en silencio, en única comunicación con los difuntos (Víctor Hugo, la Biblia, Calderón). Tanto tiempo pasaba que, cuando alguien me preguntaba y yo respondía, me sorprendía el sonido de mi voz. Tal misma sorpresa experimentaba mi padre cuando recibía mis llamadas, tras jornadas enteras de lectura ininterrumpida.

Son despertares que hacen pensar. Por un lado, la lectura es una actividad esencialmente individual, aunque la Literatura lo sea social. Esta, que no existe sin aquella, es un arte comunicativo, pero se completa mediante la lectura, acto estrictamente solitario: se trata de una comunicación diferida. Por otro lado, despertar de una soledad bullente (el hervor de la mente absorta), es costoso. Se quisiera no salir de un silencio amniótico. Es un engaño peligroso, porque si leer es vivir—así lo creo—más lo es el neto vivir. Sanamente comprendido, debiera ser un bucle, que me refugia de la exterioridad más huera y me expele, después, más lleno, para seguir viviendo sin renunciar, por la Literatura, a nada.

 


La obsolescencia descartada de las ciencias del espíritu

Una diferencia crucial entre las ciencias empíricas (Física, Química, Matemáticas) y las ciencias del espíritu (Historia, Filosofía, Literatura, Sociología) es que los productos de aquellas tienen una obsolescencia veloz y necesaria. Que el modelo newtoniano fuera sustituido por el modelo einsteniano supuso un progreso para la humanidad, que comprende ahora mejor las leyes del universo. Que el origen de la especie humana se vaya reubicando en el tiempo y en el espacio desbarata las versiones anteriores. Que las teorías de Freud sobre el alma hayan sido rechazadas en su gran mayoría—excepto la del inconsciente—por la neurociencia más avanzada comportará beneficios para nuestra salud física y mental.

Pero las ciencias del espíritu son distintas. No hay progreso en ellas porque la noción de progreso no les es aplicable. No experimentan una evolución que entendamos como avance. Las ciencias del espíritu son imperfectibles en sentido estricto: no pueden mejorarse. Sus transformaciones son reactivas, pendulares. Una corriente artística reacciona contra otra; una corriente ideológica cree socavar de una vez y para siempre los fundamentos de otra corriente antagónica. Un sistema de pensamiento desprecia a aquellos filósofos que los precedieron y cuyas ideas juzgan ahora originadas por la ceguera, los prejuicios o un sistema de valores indefendible.

Llamativa disociación ésta, que permite al hombre seguir avanzando en la penetración del universo y, al mismo tiempo, moverse sin fin en un círculo eterno de conocimiento plausible. Las ciencias del espíritu son llamadas humanidades porque su asunto es centralmente el ser humano y, aceptémoslo o no, no hay progreso moral en el hombre. No somos mejores ni peores que nuestros antepasados.


La secta de la Literatura

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La Literatura ha pervivido a pesar de la Filosofía. Platón decretó la expulsión de los poetas de su república en virtud de la doblez de su arte: copiadores de una realidad, ya de por sí, falsa (relejo del mundo ideal al que no tenemos acceso). Los filósofos del logos eran ascetas racionalistas que no admitían las explosiones asimétricas y desaforadas de los artistas.

La literatura ha florecido en los umbrales, entre los locos (o demasiado lúcidos), por los vericuetos que la ortodoxia oficial no vigilaba. En el respeto y la observancia de las normas no ha nacido, casi nunca, ninguna gran obra literaria: Shakespeare, Cervantes, Rabelais eran excéntricos. A impulsos de rebeldía—interrrumpidos por intervalos de obediencia—, el artista ha transformado la Literatura y hecho evolucionar las estéticas. En un magnífico libro, la filósofa española María Zambrano dice esto:

“[l]a poesía ha vivido al margen de la ley [de la ley del logos], ha caminado por estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado, su locura creciente, su maldición” (Filosofía y poesía, 2006, p. 14).

Por eso, uno se plantea siempre: ¿cómo engranamos este malditismo con el formalismo de instituciones tan oficializadas como las universidades? ¿Qué legitimidad tiene la universidad de encauzar en su sistema las obras de arte verbales, cuando estas se originan, precisamente, en la asistematicidad?

La universidad es el reino del logos, de la comprensión geométrica del mundo. La filosofía, madre de todas las ciencias empíricas, fue madrastra de las humanidades, con las que suele emparentársela. La física, las matemáticas, la astronomía eran, en un principio, terrenos de la Filosofía. Los modos prerracionales, intuitivos, irregulares de la creación literaria se desviaban del imperio del pensamiento oficial de la polis.

Es preciso no olvidar esta esencia sectaria de la literatura.


Pensar ‘desde’ la Literatura

 

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    Soy un discrepante. Por grado o por necesidad suelo meterme en controversias. No llego al extremo de Unamuno (”contra todo y contra todos”), pero me he acomodado a vivir en el disenso. Hace poco, en un congreso sobre Estudios Generales, me dijeron: “La literatura es sólo estética”. Yo, claro, discrepé: la literatura es comunicación, expresión, apelación, negocio, estética, claro, y reflexión, entre otras cosas más.

Para esta última función no hay más que leer a Mijail Bajtín, pensador ruso que dedicó su vida al estudio de la Literatura. Quienes pertenezcan a mi gremio no pueden desconocerlo. No lo desconocen. Es inexcusable. Bajtín aportó una serie de conceptos cruciales en la ciencia literaria: dialogismo, polifonía, carnavalización, etc. La vida de Bajtín, pese al prestigio actual, fue tan sombría como la de Kafka o Pessoa. Perseguido, censurado, condenado, se dice que llegó a enterrar parte de sus escritos. Poco tiempo en las universidades, no llegó a doctorarse y tuvo que publicar parte de su obra bajo heterónimos de otros pensadores aceptados.

Lo que más me interesa de Bajtín—amén de su consabida brillantez, originalidad e influencia—es el hecho de que no piensa sólo sobre la Literatura, sino que piensa desde la Literatura. Es decir, que conoce la literatura hasta tal profundidad y extensión que la trasciende y comprende, a partir ella, a través de ella, un espectro mucho más amplio de realidades éticas, comunicativas o culturales.

A Bajtín lo leen estudiosos de la Literatura, filósofos, antropólogos, lingüistas. Y ello es posible no sólo porque su formación fuera vasta y heterogénea (¡autodidacta!), sino también porque supo descubrir en la Literatura lo que ésta tiene de humanidad (de miembro de las Humanidades); el hecho de que la Literatura habla sobre el hombre todo.

El estudio de Dostoyevski y Baudelaire, sobre todo, le sirvieron para reflexionar sobre asuntos que trascendían con mucho a ambos. Para Bajtín, el autor de Crimen y castigo llevó a su consumación la novela polifónica, aquella en la que las voces de personajes, narrador y autor se cruzan en un diálogo irreductible y equitativo: ninguno prevalece sobre otros, ninguno se subordina a otro. La polifonía de Dostoyevsky es una concreción de una concepción más amplia, el dialogismo, que él explica así:

Es que las relaciones dialógicas representan un fenómeno mucho más extenso que las relaciones entre las réplicas de un diálogo estructuralmente expresado, son un fenómeno casi universal que penetra todo el discurso humano y todos los nexos y manifestaciones de la vida humana en general, todo aquello que posee sentido y significado (Problemas de la poética de Dostoyevski, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 67).

En mi simple paráfrasis, que el ser humano vive en un irreductible diálogo con sus otros, y que la vida humana y social se desarrolla según esta dinámica que no es dialéctica, porque una tesis nunca se fundirá con su antítesis (pese a Hegel), sino que ambas convivirán en una tensión feraz. El blanco nunca se perderá en el negro, ni el individuo en la multitud, ni mi discrepancia en el gregarismo.


Obras modernas, rostros antiguos: Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes

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Leer un libro es descubrir que uno es antiguo.

Esta reflexión la ha desatado mi perplejidad ante el desajuste que encuentro entre obras y rostros, entre una novela y la cara de quien la ha escrito, entre un poema y la mirada de quien lo concibió. Pero no es desajuste en realidad: es incomprensión mía.

Me explico.

Ricardo Güiraldes fue un novelista argentino que publicó Don Segundo Sombra en 1926, una magnífica novela que se ha convertido en un clásico indiscutible de las letras latinoamericanas. Cuenta el aprendizaje vital de Fabio, un joven que crece a la sombra de un gaucho experimentado, mítico, Don Segundo. La prosa despide fulgores que desacreditan cualquier juicio desdeñoso: porque esta, y otras hermanas, como Doña Bárbara o La vorágine, se reputaron narraciones antiguas que la ‘nueva novela’ superó a partir de los años cuarenta, entrando definitivamente en la modernidad.

Unos ejemplos de tales destellos:

El amanecer previo a la primera salida, Fabio acude jubiloso al encuentro de los gauchos mayores, pero se los encuentra en silencio, reconcentrados:

Cada cual vivía para sí, y mi alegría de pronto se hizo grave, contenida.

Avanzada ya la primera jornada, Fabio comienza a acusar el fuerte calor de la pampa, pero “camina, camina, camina”,

[s]intiendo en mis espaldas y en mis hombros el apretón del sol como un consejo de preseverancia.

Más experimentado, su alma se adecua a la pampa, sus pensamientos al espacio, y dice:

[v]astas meditaciones nacidas de la pampa

Leo a veces con un lápiz en la mano, y mientras subrayaba estas frases me dio por mirar el retrato que he añadido al comienzo de esta entrada. Y me sorprendí: ¿cómo un hombre de aspecto tan diferente al mío pudo escribir cosas tan afines a mi sensibilidad?

Se me ocurre una explicación con la que quiero trascender la anécdota del rostro.

El progreso externo del hombre, nuestro aspecto, la teconología, las costumbres, la ciencia, la comunicación, no se adecua al progreso interno. La moral, la sensibilidad, el miedo, la esperanza, el esfuerzo, el amor quedan dentro siempre iguales, aunque nos dé por pensar que somos radicalmente distintos de nuestros antepasados, a los que creemos haber superado, dejado ridículamente atrás.

Otra enseñanza de los clásicos.


Soñar con los muertos

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Soñar con los muertos es como doblar una esquina y toparse con un conocido a quien no se ve hace mucho tiempo.

— ¡Estás igual! ¡No has cambiado nada! —dice uno.

— Tú, en cambio… te veo mayor, más viejo — dicen ellos.

Son muy sinceros. Y tienen razón.

Ya decía Dámaso Alonso en un libro estremecedor de la posguerra, Hijos de la ira, en un poema para mí luminoso, no muy reconocido en el conjunto, pero que me parece de los mejores, “El día de los difuntos”:

¡Oh! ¡No sois profundidad de horror y sueño,

muertos diáfanos, muertos nítidos,

muertos inmortales,

cristalizadas permanencias

de una gloriosa materia diamantina!

¡Oh ideas fidelísimas

a vuestra identidad, vosotros, únicos seres

en quienes cada instante

no es una roja dentellada de tiburón,

un traidor zarpazo de tigre!

 

Tanto nos aventajan los muertos, quiere decir el poeta, porque se han hurtado a la mordida del tiempo (el tiburón, el tigre). Están a salvo. Permanecen “cristalizados” en una dimensión eterna, con el rostro y el cuerpo que a nuestra memoria se le antoje seleccionar para ellos. Nosotros, en cambio, estamos expuestos, sujetos al tránsito.

Pero hay algo en lo que nosotros sí los aventajamos a ellos, y es que no tenemos que verlos morir de nuevo. Ese umbral, afortunadamente, ya lo traspusieron. Es algo que ocurre una sola vez.

Escribo esto, y me acuerdo de Dámaso Alonso, porque esta noche soñé con un familiar que falleció hace casi ocho años:

— Hacía muchísimo tiempo que no te veía.

— No para mí — me dijo ella —; eres tú, que ahora vives lejos.


El panteísmo de Raj Manjul, poeta nepalí

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Con motivo del terrible terremoto que destruyó mucho de Nepal y gran parte de su capital, Katmandú, salió publicado Estampas desde una aldea Nepalí, de Raj Sharma Majul (CELYA, 2015)

Manjul es creador y académico de la Universidad de Katmandú, y la versión poética de este libro es obra del poeta zamorano Jesús Losada, gracias a cuyas palabras he conocido el universo lírico de Manjul.

Se trata, para empezar, de una poesía sencilla, que no simple, accesible, que no vulgar. Predominan los temas de la naturaleza, el pueblo y la creación poética y, como una visión amalgamente de estos, el panteísmo.

El panteísmo, doctrina según la cual Dios (Theos) está en todo (Pan), me fascina por lo que tiene de libertad, por el amor que le profeso a la naturaleza y porque el espiritualismo nace de lo visible, de las montañas y los bosques que se huellan y se huelen.

Pues bien, aunque no haga mención explícita de la divinidad, salta la vista la fusión mística del poeta con la olímpica naturaleza del Nepal.

Valgan estos versos:

Yo estoy en la espuma de cada remolino de las aguas (13)

Yo soy el riachuelo del pueblo (16)

La tarde a veces descansa sobre mis hombros

y a veces el amanecer,

la luz de la luna descansa sobre mis hombros

y a veces el sol,

a veces la niebla, el rocío las estrellas descansan sobre mis hombros. (20)

Y mi favorito, dentro de una reflexión sobre el ser humano que le inspiran las sombras y las luces de las inmensas quebradas de la cordillera:

Cuando veo las cumbres de esas montañas

me quedo horrorizado de mí mismo. (33)

 


La estructura no basta: “Sorry”, de Zoran Drvenkar

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Escribir una novela es, en pocas palabras, elaborar una materia. Darle forma a un contenido. Estructurar la historia de unos personajes en un tiempo y un espacio. Esta labor, con ser crucial y difícil, no lo es todo. No justifica por sí sola la calidad de un libro.

Sorry recibió el Premio Friedrich Glauser 2010 a la mejor novela negra de Alemania, Suiza y Austria. La obra cuenta la historia de un grupo de amigos extraviados que deciden fundar una empresa insólita, “Sorry”, que se encarga de intermediar en el perdón. Es decir, que se disculpa por otros. Empresarios, clientes, hombres corrientes, la contratan para pedir perdón. Los contratos se suceden lucrativamente hasta que reciben el encargo de un asesino de disculparse con su víctima y, de paso, de deshacerse del cadáver.

En la solapa de la contraportada de la edición de Seix Barral que yo tengo (2011), recogieron una decena de elogiosísimas críticas que alaban la construcción, la trama, las múltiples perspectivas y el efecto cautivador que todo ello tiene sobre el lector.

Pues bien, seducido por tales palabras lo compré y lo leí rápidamente. Y encontré que, en efecto, el autor crea una arquitectura narrativa compleja, sorprendente, engañosa a tramos. Original, lo reconozco, en algunos aspectos. Además, la riqueza de perspectivas y la implicitud de las voces abocan a un final sorprendente

Sin embargo, una buena construcción no basta. Los personajes carecen, para mí, de interés. La pandilla de jóvenes desorientados sobre quienes se abate un horror inesperado me resultan, con frecuencia, planos, desdibujados. Las escenas están llenas de clichés cinematográficos, lo cual no me irritaría tanto de no ser porque cubren carencias creativas. La crueldad explícita no se justifica en el rencor ni en la venganza. No hay reflexión de calado ni consistencia significativa. La pretendida meditación sobre la culpa y el perdón se queda en un adorno banal, muy superficialmente tratado.

En fin, que una construcción, por más enredada que sea, no basta, y tanto crítico debiera saberlo. Y si lo sabe, no debería ocultarlo con fines mercantiles. El arte es insobornable, no porque no lo merezca sino porque es imposible ocultar la vaciedad.

Sorry es un edificio vacío.


Argumentando el imperio incaico: la prosa de Garcilaso de la Vega, el ‘Inca’

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La consabida objetividad de la historiografía hace tiempo que fue desmentida. Hayden White argumentó que cualquier texto histórico es en realidad un artefacto literario, que escoge para la transmisión de unos hechos una trama narrativa: la tragedia, la farsa, la épica. Por otra parte, los estudios de argumentación ven en los textos de Historia una forma más de texto argumentativo, que pretende hacer aceptar la visión de los acontecimientos del autor.

Garcilaso de la Vega, el ‘Inca’ (Cuzco, 1539-Córdoba, 1616) –sobrino nieto del poeta castellano– fue un mestizo peruano, hijo de una princesa inca y de un conquistador español. Para mí, tiene la mejor prosa del siglo de Oro. Su obra más importante, los Comentarios reales (1609), es una narración histórica del Imperio incaico, desde que este pueblo comenzó a imponerse a los indígenas preincaicos hasta que él mismo fue sojuzgado por los españoles. Es libro extenso, fascinante en muchos aspectos e, insisto, escrito en un estilo elegante, llano, ágil y de un castellanismo ejemplar.

Garcilaso hace malabarismos argumentales para conciliar su fidelidad al imperio español y encumbrar, al mismo tiempo, el imperio incaico, en cuyo seno vivió hasta los veinte años y al que profesa una incontenible admiración. En particular, me ha sorprendido su justificación del porqué los incas lograron imponerse a los indígenas anteriores. Según el autor, éstos fueron reducidos por obra de la bondad de la vida que les proporcionaban aquellos. Es decir, que aceptaron pacíficamente (salvo excepciones muy bárbaras) el yugo de los incas porque advirtieron que era mejor. Así de fácil. Por ejemplo, mejor adorar al sol que al resquicio de una roca, o a una lagartija.

Los mismos indios nuevamente así reducidos, viéndose ya otras y reconciendo los beneficios que habían recibido, con gran contento y regocijo entraban por las sierras, montes y breñales a buscar los indios y les daban nuevas de aquellos hijos del Sol y les decían que para bien de todos ellos se habían aparecido en la tierra y les contaban los muchos beneficios que les habían hecho. Y para ser creídos les mostraban los nuevos vestidos y las nuevas comidas que comían y vestían, y que vivían en casas y pueblos. Las cuales cosas oídas por los hombres silvestres acudían en gran número a ver las maravillas (…) Y habiéndose certificado de ellas por vista de ojos, se quedaban a los servir y obedecer. (Comentarios reales, Porrúa, 40)