Mis clases, entre la tradición y el deseo

¿Qué clases querría yo impartir? Ante todo, muchos libros y lecturas. Mis alumnos y yo enzarzados en un diálogo creativo sobre poesía, vidas fascinantes, novelas de esas que lo dejan a uno en conmoción, acontecimientos históricos notables o fuerzas de la física que no soy capaz de comprender. ¡La gravedad es un efecto de la curvatura del espacio!

¿Qué clases les doy? Un currículo muy pensado por pedagogos a quienes les atribuyo buena fe, condicionado por la plúmbea tradición española, que consiste en sintaxis, mucha sintaxis. Porque si no les doy más sintaxis de la que su ebullición neuronal puede asimilar sucederá que pasan al curso siguiente y otro profesor se escandalice: ¡Acaso no sabes reconocer una pasiva refleja!

Recién aterrizado en España tenía muy vivo el fuego de mi deseo, pero la lucha cansa, y la soledad y los conflictos me frenaron el impulso.

¿Qué puedo hacer? Empezaré, otra vez, por algo sencillo:

un poema cada clase.

Un solo poema que flote como un perfume los cuarenta y cinco minutos siguientes.