La princesa no está triste

Cisne.jpg

Rubén Darío y el Modernismo literario pueden evocar lo superficial. Es un cliché que los noventayochistas impulsaron y que Enrique González Marínez remató con su famoso soneto “Tuércele el cuello al cisne”. Para este poeta mexicano, el cisne, emblema de la corriente que quería superar, “no siente el alma de las cosas”.

Hay un poema celebérrimo de Darío que condensa gran parte de la simbología modernista, la “Sonatina”. Sus dos primeros versos dicen:

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa.

Junto a la princesa hay caballeros, dueñas, bufones, halcones, pavos reales y, por supuesto, cisnes. Se dice–incluido el mismo poeta nicaragüense–que estos ambientes medievales idealizados eran formas de evadirse de un tiempo vulgar y pacato. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, imperaba el materialismo de la burguesía y proliferaban multitud de inventos que despojaban a la vida de romanticismo: luz eléctrica, teléfono, avión, automóvil, cine, etc.

Sin embargo, quiero subrayar que no es lo mismo ser superficial que esconderse bajo la superficie. En el poema entero, la “Sonatina”, la princesa no habla. Sólo el poeta aventura hipótesis para explicar su melancolía: “¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda?”. Y, casi al final, un hada madrina le dice casi lo mismo: el beso de un príncipe la consolará. E insisto: la princesa no habla. No ha dicho nada.

En un mundo arcaizante, aristocrático y hedonista, óptimo refugio de la gris sociedad que repudiaba Darío, la princesa no debería estar triste. Y es que, en verdad, no está triste, está hastiada. No está ni siquiera aburrida, aunque parezca una niña pija cansada de lujos. Tiene algo distinto. La aqueja el famoso spleen de la sociedad moderna. Un tedio sin causa concreta que se enraíza en la angustia existencial. Todo muy profundo e inasible, el desasosiego. Todo muy lejos de la superficialidad que se les atribuía a los modernistas.

 

Anuncios

Vaticinadores

 

raspu

Mi vida ha cambiado mucho en el último año. Nuevo país, nuevo trabajo, nueva vida. Cambiar acarrea riesgos e incertidumbres.

Los primeros hay que afrontarlos con valentía, si deseas algo con fervor. Las segundas son inevitables; a veces se sortean y a veces se asumen como parte del aprendizaje de lo nuevo. Para resolver las incertidumbres uno tiende a preguntar a los demás, a quienes ya llevan la vida en la que se ingresa. Aquellos que ya tienen experiencia y pueden aconsejarte porque ya han recorrido el camino.

Pero estas personas, que se dignificarían como consejeros, caen en la tentación de convertirse en vaticinadores. Vaticinar’ no se reduce a pronosticar acontecimientos negativos, pero me ha dado por llamar así a todos aquellos que se complacen en desengañarte, desilusionarte, alarmarte. Son los que esbozan una sonrisa de condescendiente escepticismo cuando uno dice: “¡Estoy ilusionado, me irá bien!” Porque ya han estado allí, ya han experimentado tu ingenua ilusión y les causas una tierna conmiseración. “Sí, sí, eso pensaba yo al principio, pero verás…” O: “Eso es porque estás empezando, ya cambiará cuando lleves más tiempo”.

Existe una morbosa inclinación a desengañar al otro. Pareciera que anticipar el mal lo inviste a uno de autoridad y prestigio. Lo funesto es más atractivo que lo venturoso. Y ya sea porque realmente lo creen, ya porque gozan con ver la expresión congelada de uno, las ilusiones enfriadas, me cabrean.

Hace tiempo publiqué aquí una entrada sobre la impertinencia de los consejos. Quiero reafirmarme ahora, porque creo que las experiencias individuales son intransferibles. En circunstancias idénticas, a mí puede irme mejor que a ti, y a la inversa. Quienes vaticinan sistemáticamente acontecimientos aciagos también yerran. No hay nada racional creer que a los nuevos les irá mal porque a uno le fue mal. Es más bien una perversión en la que yo mismo espero no incurrir cuando, pasados los años, alguien que acabe de llegar a la vida que estoy comenzando, me pregunte: “¿Y qué tal? ¿Cómo se vive con esto?”


Dejarse vivir

Caminante

Mi hijo tiene curiosidades existenciales muy hondas que él formula con sencillez: “¿Para qué han puesto a las personas?”. Entiéndase, para un adulto: ¿cuál es la finalidad de la vida? Lo ignoro, como la mayoría de personas, pero debo darle una respuesta, aunque sea esta misma: “No lo sé, hijo”; u otras que he aprendido: para ser felices (hedonista), para crecer y reproducirnos (biológica), para progresar y mejorar la vida de la humanidad (positivista), etc. Ninguna me satisface ni debiera satisfacerlo a él, porque eso que Cesare Pavese llamaba el oficio de vivir es un absoluto misterio para las únicas criaturas sobre la tierra que tienen conciencia de ello. Y no es malo convivir con el misterio. Hace poco, Jesús Losada, un amigo poeta, me envió un texto hermoso, inspirado en sus estudios sobre el poeta portugués Al Berto:

La felicidad es una llanura a la que sólo puede acceder lo vulgar, lo controlado, lo supino y lo ordenado.

Hay personas que anhelan esa felicidad, pero otras buscan el extremo excesivo de la altura del vértigo y del abismo.

La finalidad de la vida por la que me preguntaba mi hijo y este modus vivendi que rechaza el aura mediocritas del poeta zamorano son casi lo mismo, pues el destino que decidamos determinará el camino.

Hay en la actualidad una fiebre de la que yo me contagié hace tiempo. Por ella he logrado muchas cosas, casi todas profesionales, de las que otorgan prestigio. Y por ella he pagado un precio, alto en ocasiones, emocional y físico. Me ha traído, también, beneficios más importantes que puestos y timbres académicos: conocer países, enfrentarme a lo diverso, acrecer mi tolerancia y mi curiosidad por los demás No sé cuál sea el balance y seguro muchos han de hacer diariamente sus propios cálculos, pero el caso es que me he dejado llevar por los dictados pragmáticos que la sociedad pronuncia: realízate, aporta, progresa.

Lo que yo desearía–si pudiera desprenderme de las voces de la sociedad–es dejarme vivir. Es, por un lado, un permiso que cada uno se concede para ser impuntual, disperso, desordenado, hedonista, informal, espontáneo. Y es también, por otro lado, algo que me gusta más: tomarse la vida como una corriente por la que dejarse arrastrar, que a veces es vértigo y abismo, como decía Losada, y a veces es llana contemplación, aburrido vacío en el que quiero sentirme a gusto. En este caso, no existe una finalidad para la vida, puesto que ya esta misma frase implica que la vida es un instrumento mediante el que conseguir algo ajeno a ella.

No me veo capaz de hacerlo ahora, ni creo que mi hijo esté preparado aún para entenderlo, pero trataré de explicárselo cuando llegue el momento, si aún sigo pensando lo mismo.

*El dibujo pertenece al Blog Cosas sueltas, del diseñador gráfico argentino Lepka N.A., que recomiendo encarecidamente.

 


Presunción de sinceridad

2.Michel.De_.Montaigne-1

Michel de Montaigne creó un género en 1580: el ensayo. De hecho, acuñó para él el término por el que lo conocemos: su obra se tituló Essais. Desde entonces, se ha convertido en el género de pensamiento no sistemático (el tratado, en filosofía, es ordenado y sistemático) más cultivado. Hay ensayos de todos los temas y de varias extensiones, aunque tienen características constantes. Una de ellas, la que más me ha costado explicar siempre a mis alumnos, es aquella según la cual al autor se le supone un buen talante, entendido como sinceridad y excelencia. Es decir, que cree realmente lo que dice y que lo expresa lo mejor que puede. Al no haber forma de comprobarlo, el lector debe presumir que el autor está diciendo la verdad de la mejor forma que sabe. 

Esto no ocurre con la narrativa, la lírica o el teatro, categorías en las cuales el lector suscribe el famoso pacto de la ficción. “No es verdad, ni mentira, es ficción: tú, escritor y yo, lector, estamos de acuerdo”. Pues bien, se me ha ocurrido pensar que la presunción de talante, que con tanta facilidad asumimos en el ensayo, no es fácilmente extrapolable a la vida social. Quiero decir que no le atribuimos a la compañía telefónica de la competencia que nos llama al móvil un ánimo de sinceridad, aunque sí de excelencia. Tampoco a quien nos felicita por un éxito personal, pues nos da por sospechar que lo hace con la boca pequeña y que en realidad nos envidia. Tampoco a la persona a quien le pedimos ayuda y nos la promete con efusiones desmedidas, pues esto ya es un indicio de que no piensa cumplirla.

Pero estas suspicacias se aprenden con el tiempo. Yo, al menos, he tardado en adquirirlas y aun conservo un primer e inexplicable impulso para la presunción de bondad. Asumo, de forma natural, que lo que me dicen los demás es verdad; que lo que hacen los demás lo hacen lo mejor que pueden para mi beneficio. Inexplicable impulso, decía, porque yo mismo soy mendaz como todos y no tengo por qué hacer las cosas lo mejor que puedo. Es un infantilismo quijotesco que procede acaso de leer la vida como un libro, cuando los libros no sustituyen a la experiencia física y en la vida no podría creerse lo que dice Montaigne al comienzo de sus Essais: “He aquí un libro de buena fe, lector”.

 

 


El imperio de los niños

NIÑO EMPERADOR

Cada uno tiene de su infancia dos versiones. Lo que recordamos nosotros y lo que nos recuerdan los demás–padres, tíos, amigos–de cómo éramos. Ambas son probablemente falsas, pero más valen estos testimonios que nada. Pues bien, yo no recuerdo ni me recuerdan con el poder de los niños de hoy en día. Supongo que a nadie de mi generación ni a las anteriores, por supuesto.

No hablo específicamente del niño tirano a cuyos gustos se someten sus padres, y que la psicología tiene perfectamente estudiado. Hablo más bien de una hegemonía inintencionada que los niños adquieren en la vida de sus padres. No es que manden ni se impongan ni se resistan a unos padres débiles. Todo esto lo hay, lo sé, pero no lo tengo cerca, ni lo veo, ni es mi caso. Es una suerte de protagonismo excesivo que ostentan los hijos para los padres. Se trata de un giro copernicano según el cual los padres pasan a rotar continuamente en torno al hijo y que se revela en la vida social de las familias.

El amor que inspira un hijo tiene una dimensión incomparable, que deja chicos todos los demás afectos. A mí me ocurre y al resto de padres normales también. Nunca hemos querido tanto ni de forma semejante. Pero ocurre que muchos de mis colegas de paternidad han abdicado de su individualidad. Me irritan secretamente los padres que no hablan más que de sus hijos. Me aburre. Me cansa. Acabo alejándome. Ya no existe para ellos la cultura, el chisme, lo prohibido, el cine, las reformas, las expectativas, la naturaleza, dónde viven los más feos, dónde los más guapos, ¿somos racistas?, ¿bajo qué condiciones matarías a alguien? No importa cuán variados e interesantes puedan ser los temas a nuestra disposición; no vuelve a hablarse de cosa distinta a los niños.

Además del hecho en sí me intriga la causa, para la cual solo tengo hipótesis. 1) los padres poseen una nueva moral supercomprometida con la infancia que otorga al niño todos los privilegios, incluido el de ser tema de todas las conversaciones; 2) los padres se han vuelto obsesivos y no pueden retirar su atención de los hijos un momento; 3) los padres no tienen de qué hablar, simplemente eso, porque no ven cine o no leen o no se enfrentan a dilemas o se han reducido a una vida vacía.

Puede ser alguna de estas razones o ninguna, o una combinación de ellas.

En mi caso, amo a mi hijo más que nada en el mundo, pero soy feliz con la paradoja de que no es el centro de mi mundo. Si sólo hablara de mi hijo me convertiría en un padre emocional e intelectualmente desmedrado, lo cual no querría ni mi propio hijo.


El otro, otra vez

crowd-693396_960_720

Para los ensimismados como yo, el otro es una sorpresa. Hablo de aquella persona que no somos nosotros: un amigo con que el quedamos, un extraño que nos llama la atención por la calle, la pareja. No es algo nuevo: la filosofía ha pensado sobre ello desde el siglo XVIII (Hegel, Simone de Beauvoir, Levinas). Mi relación con el otro es compleja. Unas veces lo busco y otras lo rehúyo. En todo caso, nunca dejo de pensar en él, aunque él no lo sepa.

Este sábado estuve en el mar Cantábrico. Me metí al agua, crucé la zona de rompientes, más allá de la cual no había nadie, y comencé a nadar paralelo a la orilla. Cuando regresé a la playa experimenté la sorpresa de la que hablaba. Será porque he vivido un tiempo de encierro obligado. Será porque en los últimos años me he bañado en playas casi vacías. El caso es que me vi rodeado de toda clase de otros: cabezas calvas, vientres planos, fragmentos de conversaciones, niños más y menos bajos, perfiles antipáticos, seres hermosos, pieles tersas y otras atezadas, requemadas.

Fui una una lección de medio segundo. A nadie le importaba yo ni tenía interés en conocerme. Les era invisible o uno más, lo cual es lo mismo. Me quedé–debo admitirlo–míninamente afligido, como si me hubieran pinchado a traición con una aguja muy fina.

Al fin y al cabo eso es lo normal, ¿verdad? Somos demasiados en todas partes como para no serles indiferentes a la mayoría de los otros.  Es necesario y además es la condición para que quedemos con amigos en un parque, nos acerquemos a hablar con un extraño o busquemos pareja.

Y es que ¡en la multitud no hay otros! Hay que encontrarse con ellos en la intimidad.

 

 


Los afectos, en abscisas y ordenadas

 

Resultado de imagen para ejes de abscisas y ordenadas

Ya no me siento joven. Tampoco me siento mayor. Hay días que me cuesta ubicarme. Entonces recurro al exterior: a las cosas y a las personas.

Hay cosas que ya no me dan felicidad o placer. Por ejemplo, los perros dejaron de gustarme. Tuve uno desde mi adolescencia que vivió quince años y lo quise mucho, pero después me han resultado indiferentes. He llegado a preguntarme cómo un hombre puede amar así a un animal. La política se parece a mi amor por el perro: una afición que, a mi edad, ya no puedo tomarme en serio. Los libros sí, eso sí, permanecen todavía más adentro, se me han hundido en el alma. La lectura y la escritura no constituyen solo una pasión, sino una manera de vivir y pensar y sentir. Hay otras cosas que han aparecido en mi vida por las que antes no me interesaba, abjuraba o temía en secreto. Me refiero a lo prohibido, a lo nefando, a lo vicioso. Me gusta y a veces me adentro en ello.

Luego están las personas. Tenía padres, pero fallecieron súbita y contemporáneamente hace cuatro años. Tengo una esposa a la que amo y con la que tengo una relación cuya historia me permite avizorar otra década, al menos, juntos. Tengo un hijo, que ha despertado en mí un amor y abnegación de los que no creía ser capaz, dada mi egolatría y afición a la soledad. No tengo hermanos, pero tengo un puñado de buenos amigos cuya afecto por mí se ha consolidado sin vuelta atrás, parece.

Pues bien, esta mañana he pensado que para ubicarme, cuando no me siento ni joven ni viejo, puedo colocar a las personas en los ejes de abscisas y ordenadas. El primero representa los afectos de sangre; y, el segundo, los que la vida hace surgir por el milagro del contacto con los que al principio son extraños. En el eje horizontal (x, abscisas) debo colocar a mis amigos y a todos mis primos. Estos segundos, cuando son primos hermanos, suben un poco hacia arriba, ganan altura en el de ordenadas. En el eje vertical (y) están mis tíos, que son los que más padres parecen, cuando estos desaparecen. Mi hijo se halla también en el de ordenadas, pero en la parte baja, porque tiene cinco años, llegué antes que él y lo cuido desde arriba, lo amparo y protejo, lo cubro. Mi mujer se halla exactamente en la intersección entre los dos ejes. Es la única persona que vino de fuera y se integró en mi sangre. Yo, por cierto, también me hallo ahí, compartiendo con ella el centro de nuestro universo.

Lo malo es que mis padres ya no están y ellos ocupaban una inconmovible ubicación en el eje vertical, por encima de mí, porque el eje de ordenadas es como el tronco de la vida de todos. Cuando me doy cuenta de que esa posición está vacía me siento desamparado y triste.

Es normal. Tarde o temprano todos quedamos desarbolados.


El estigma del diletante

Septem-artes-liberales_Herrad-von-Landsberg_Hortus-deliciarum_1180

El austriaco Christian Felber (economista, bailarín, escritor, divulgador científico) cuenta que acabó titulándose de economía porque ninguna carrera cubría sus expectativas de universalidad. El recientemente fallecido Jorge Wagensberg, doctor en física y director del museo Cosmo Caixa, declara:

Durante una época tuve mala conciencia por picotear aquí y allá en busca de la promesa de felicidad más creíble e inmediata. Cuando jugaba al ajedrez lamentaba descuidar el atletismo (…), si asistía a clases de violín sentía que era a costa de una clase de inglés, y viceversa (…), cuando me atrapaba el texto de un ensayo sentía que les hacía un feo a los poetas (El pensador intruso, 11)

Tras un tiempo breve dirigiendo el departamento de Estudios Generales de la PUCMM en Santo Domingo, he cobrado una pasión nueva por la interdisciplinariedad. La excesiva especialización de la educación superior, que insta a alumnos y profesores a saber mucho sobre cada vez menos, contradice la misma noción de universidad.  En los últimos dos siglos se ha emprendido una carrera contraria a la matriz diversa e integral que originó las primeras universidades medievales, los studia generalia, compuestos por áreas del conocimiento de las ciencias y las letras, sin separaciones ni jerarquías: trivium y quadrivium. El crecimiento progresivo de los Estudios Generales contemporáneos (desde comienzos del siglo XX en la Costa Este de EEUU, y extendiéndose hasta hoy por Latinoamérica) es un indicio del retorno a los orígenes, al menos en ciertas fases de la formación. Un ejemplo muy interesante es el objetivo de la educación finlandesa de suprimir, a partir de los 16 años, las asignaturas en la educación secundaria, para sustituirlas por temas afrontados desde las matemáticas, la literatura, la teconología, etc.

Pues bien, durante años he oído tachar de diletante a quien no quería restringir a una disciplina su voracidad intelectual y cultural. Un diletante es, en efecto, alguien que surfea sobre los saberes sin penetrar realmente en ninguno. Esto es cierto. Pero la connotación negativa que naturalmente lleva el término se ha agudizado por la tendencia universitaria antes mencionada. Así, la ‘maldad’ del diletante no debería estribar en sus diversos intereses, sino en la superficialidad fragmentaria y veleidosa de quien no quiere ahondar sino brincar. No obstante, dado el inabarcable caudal del conocimiento humano, ¿dónde debe frenarse el intelectual para no convertirse en un aficionado hedonista? ¿Tres disciplinas máximo? ¿Dos humanidades y la Física? ¿La Filosofía y dos ciencias? Quizá no sea una cuestión de cantidad, sino de actitud; una natural curiosidad del pensador intruso, como decía Wagensberg.

 


Mi cerebro literario

1157de033180215

 

La plasticidad del cerebro–descubrimiento tímidamente intuido por Freud y Ramón y Cajal, pero enterrado hasta los años 70 del siglo XX por la ortodoxia científica–no es enteramente positiva. Es verdad que otorga esperanzas de sanación de muchas enfermedades y que aviva el deseo inextinguible de aprender cosas nuevas hasta la muerte. Pero explica también la fijación de los malos hábitos o las adicciones. Es decir, que el cerebro aprende siempre, pero no discrimina lo bueno de lo malo y, lo que es más importante, graba lo uno y lo otro con semejante profundidad.

Así lo explicaba Nicholas Carr en su exitoso libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, para argumentar lo que sucede en nuestro órgano principal tras años y años de hábitos tecnológicos.

Leer sobre esto me ha llevado a pensar en mis pasiones pasajeras y en las que van quedando. Quienes me conocen saben de mis paroxismos diversos: la ornitología, la furiosa ingesta de agua, el cine (de autor), las ventanas de los edificios (mejor anchas que altas), la fotografía, el dibujo, la profundidad en el relieve de los neumáticos (razones de estética y seguridad), la marquetería, las nubes de crecimiento vertical (veo cada vez menos) y otras muchas obsesiones de las que tarde o temprano me libré. Fueron aprendizajes que me costaron energía y pasión y que debieron de labrar un surco en mi aprendizaje neuronal.

He creado neuronas sin cuento y reforzado sinapsis que ahora deben de haberse quedado secas. Excepto en un caso. Excepto con la literatura. Es una pasión que no ha sufrido menoscabo; más aún, que se ha incrementado con los años y las experiencias y los libros y la escritura y la docencia y las bibliotecas y los viajes y las penas y las angustias. No sé la razón de tal persistencia ni me importa mucho. Ya pienso bastante sobre las causas de la vida. Pero tampoco descarto que mi cerebro literario se amustie con los años y algo aún más poderoso lo sustituya. No lo concibo de momento y miedo me da, como miedo sintió mi padre cuando–diagnosticado de diabetes–trataron de amedrentarlo para que no tomara azúcar por el riesgo de quedarse ciego: “Tendré que aprender braille”, me dijo.

 

 


Modesta distopía

 

Paseante

Quienes habitan cierto tipo de ciudades desconocen que gozan de un pequeño privilegio: pasear por las calles. En general, la literatura está llena de exaltaciones del paseante: románticos por la naturaleza, como Rousseau, Wordsworth, Friedrich, Stifter y Thoreau; la emblemática figura del flâneur (Baudelaire y Benjamin) en la ciudad está en títulos concretos como El peatón de París, de Leon Paul Fargue, Paseos por Berlín, de Franz Hessel, El paseo, de Robert Wasler.

He sido siempre muy andariego y, antes de mudarme a Estados Unidos, recuerdo que mi padre me advirtió: “Si lo haces allí, pueden llegar a arrestarte”. Yo me reí, pero cuando llegué a Phoenix, Arizona, paseando de noche por los límites del campus de la universidad donde estudiaba y trabajaba, un policía me deslumbró con una linterna en la cara y me pidió que me identificara. Había noticias de un violador y hallarme a pie me hizo inmediatamente sospechoso.

Más tarde, en Ica, una ciudad mediana al sur de Lima, en Perú, la que es hoy mi esposa se extrañó de que yo quisiera ir caminando a la Plaza de Armas, que se hallaba a apenas quince minutos de distancia, y me confesó que ella “Nunca lo había hecho”. Más tarde aún, asentado en la capital de la República Dominicana, nos echamos a la calle mi familia y yo por la Avenida 27 de febrero, una de las arterias de la ciudad, en busca de un supermercado. Para empujar el coche de mi hijo pequeño e incluso para un viandante más desembarazado, las aceras estaban llenas de obstáculos, agujeros y desperdicios. Es más, al llegar a un semáforo, unos vendedores callejeros, se quedaron tan alarmados de ver una familia tan fuera de lugar que detuvieron el tráfico para que cruzáramos porque de otra forma–nos explicaron–ningún auto se detendría.

En fin, ya de vuelta en España he retomado mis paseos. Consciente de que tan humilde privilegio sólo se aprecia cuando no se tiene, he topado con un fragmento interesante del comienzo de Farenheit 451, de Ray Bradbury, maravillosa novela que trasciende la ciencia ficción. Montag, el bombero protagonista, empleado en quemar libros y bibliotecas, artículos prohibidos en una sociedad distópica, conoce a una niña muy especial que le cuenta de un tío suyo fuera de la ley:

Mi tío fue arrestado el otro día por pasearse a pie, ¿no se lo dije? Oh, somos muy raros.

No en vano, Bradbury vivía en Los Ángeles, una de las muchas ciudades car friendly–una escala mucho mayor que Phoenix–donde de veras debió de pensar que el futuro se presentaba apocalíptico para los viandantes.