Misántropo lo será tu…

 

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De tanto leer, se me mezclan las cosas con los libros, las personas con los personajes, las semejanzas verosímiles con las metáforas. Por eso, cuando un compañero de trabajo me han preguntado qué estaba leyendo, me ha quedado la sospecha de que se ha sentido aludido, personalmente concernido, incluso dolido.

Estoy leyendo La caída, de Camús, una novelita que puede adscribirse a un subgénero de la literatura universal reciente (¿250 años?) que se me antoja llamar “fábulas morales de misántropos”. De las muchas que debe de haber, he leído un puñado. Ahora me acuerdo, en primer lugar, de los Apuntes del subsuelo de Dostoyevsky, el mundo novelesco de Kafka, entero, El túnel de Ernesto Sábato, Un mundo exasperado de José Ángel González Sainz y otras muchas.

Suelen ser narraciones cortas en las que un individuo monologa contra el mundo, que le parece estúpido, degradado, miserable, despreciable. Es un solitario con rasgos de sociopatía que se deleita en provocar, destruir, levantar los cimientos morales del mundo contemporáneo. Estas obras reflejan crisis morales muy nietzscheanas que pretenden subvertir el orden y desembocar en nadas muy peligrosas. Se hunden en ese pantano que prefiere pensar sobre vivir a vivir sin pensar, el existencialismo.

En fin, que estos individuos son personajes, pero como se me ha secado ya el cerebro veo misántropos así por doquier, en la realidad. Más o menos, así ha sido la conversación con mi compañero:

ÉL (amistoso, mañaniego): ¿Qué lees? ¡Ah!, La caída, de Camús.

YO (seco, altanero): ¿Lo has leído?

ÉL (sincero, modesto): No, ese no.

YO (con hastío petulante y un ápice de desprecio): Es una fábula más de misántropo. He leído ya muchas de éstas y me tienen harto.

ÉL (desorientado, huidizo): ¡Ah, una fábula de misántropo!

¿No lo veis claro? El misántropo era yo.


Mi hijo cree en Dios

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Sí, mi hijo cree en Dios, pero yo no.

Esto de la fe (por simplificar lo llamo así) es una cuestión muy generacional.

Mi padre era un ateo recalcitrante. Padeció a un padre autoritario, oficial del ejército de Franco. Dice Raymond Carr que la Iglesia era una de las familias del franquismo. Sospecho que mi padre proyectaba en la Iglesia la rebeldía que sentía contra su familia y contra Franco. Es un entramado de asociaciones que explica, en parte, su descreimiento.

Mi caso es distinto. Mi madre apostató y mi padre trató de inculcarme su anticlericalismo; mi madre era artista bohemia (al principio, bohemia al principio) y mi padre intelectual. Juntos reforzaron su militancia contra la dictadura y contra la religión. Con todo, no soy recalcitrante, ni siquiera ateo, sino que cultivo un  agnosticismo muy previsor, porque nunca se sabe, y porque me cautiva el irracionalismo acientífico. Además, siento mucho respeto por la espiritualidad de los demás.

Mi hijo se ha criado en la República Dominicana. Allá aprendió a hablar de “papá Dios”, sin que yo jamás osara corregirlo. Cuando me preguntaba por Él, le decía sin medias tintas que yo no creía, pero mucha gente sí. Callaba, tranquilo, y se reafirmaba: “yo sí”. En las últimas semanas, con la llegada de la Navidad, mi hijo ha postulado su primera cosmogonía: primero fue Dios, que no tuvo padres; de él nacieron, primero, los Reyes Magos, y después Papá Noel, y, finalmente, la princesa Rapunzel, de cuyo origen no puedo acordarme.

Yo no he sufrido traumas familiares ni me ha oprimido dictadura alguna, de modo que no tengo resentimientos ni fobias. Por eso no quiero entrometerme en el sentimiento de trascendencia de hijo (que yo también tengo, cada vez más vivo), pero debería hablar con él para deshacerle este confuso panteón de deidades, personajes de Disney y criaturas de leyenda.

 

 


20 años ha

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Un poco más, un poco menos, se me están cumpliendo veinte años de muchas cosas: mi dedicación “reglada” a la literatura, el ascenso a las montañas, el amor y sus an(s)exos, la ciudad donde habito. Lo que puede ser un descubrimiento para mí, ya lo sabrán otros, porque habrán vivido ya sus paquetes de veinte años, o porque saben que hay otros ciclos de veinticinco o treinta, acaso. Que la vida se repite, quiero decir, no lo había experimentado yo tan claramente hasta ahora.

La vuelta de las cosas tiene un trasfondo antropológico que explica de maravilla el rumano Mircea Eliade en El mito del eterno retorno. Parece ser que nuestra concepción del tiempo, lineal, de atrás hacia delante, desde el pasado hacia el futuro, es cultural, propia de Europa y su racionalismo. Otras culturas no europeas, más apegadas a la tierra, el amanecer y el atardecer, las estaciones, ven el tiempo de manera circular. Eso dice Eliade. También hay un trasfondo literario: se ve en los escritores García Márquez y Juan Benet, por mencionar un novelista popular y otro impopular, y se ve en Mazurca para dos muertos, por mencionar una novela obsesiva con este asunto. Sobre ello he escrito con palabras académicas cuando trabajaba en la universidad.

Ahora lo vivo. Y qué gran consuelo regresar a muchas cosas que yo creía que habían quedado atrás, pero que resulta ¡que estaban girando! Y no solo es haber regresado (o que las cosas me hayan retornado, depende de cómo lo mire), sino que yo mismo he vuelto a ser en muchas cosas el que era. Estoy inmadurando, desformalizándome, recuperando la rebeldía provocadora de cuando me creía único y tenía inquietudes espirituales que aplastó el carácter metódico y pragmático que adopté para sobrevivir.

Con todo, nunca se vuelve igual, porque no puedo (no quiero) abolir lo vivido y porque tampoco queda nadie de los de antes y los que hay…


Mis ciclotimias

Ciclotimia

Sucede a veces que me canso de los demás. No de todos. Mi familia y buenos amigos están a cobijo de estos vaivenes. Me ha ocurrido siempre, desde niño. La diferencia, ahora, es que he aprendido a manejarlo y a ocultarlo, porque no es justo ni grato tratar con alguien que un día se te abre con el don de gentes de un relaciones públicas y otro día se cierra como un misántropo. No es justo para los demás ni sano para mí. Me desconcierta convertirme en dos personas, una muda y cabizbaja, y otra que la recubre, efusiva y habladora.

Ha sido un descubrimiento reciente. Antes de ser docente, estaba inerme. Tenía explosiones de sociabilidad y, de pronto, cedía a las ganas de recluirme y callarme. Estas ganas me siguen acuciando sin saber muy bien por qué. Sin embargo, el hábito de hablar en público, preguntar a los demás por su vida, sus esperanzas y sus cuitas, las muchas veces que he cambiado de país, cultura y trabajo, todo ello me funciona como una inercia mecánica que impide que los demás lo adviertan.

Hasta este escrito, supongo.

 

 

 


Hartísimo de las series

adicto a las series

Me siento solo. No es muy grave porque tengo familia y un puñado de amigos y me relaciono bien con mis compañeros de trabajo. Pero hay una parcela importante de mi vida sobre la que no puedo comunicarme: libros.

Ayer una editora decía en la radio que ya nadie habla sobre el libro que está leyendo sino sobre la serie que está viendo. Esto ocurre, en general, porque la hegemonía audiovisual, que antes era amenazante para la lectura, es ahora apabullante a causa de que puedes ver cualquier cosa en cualquier dispositivo, a cualquier hora, por no mucho dinero.

La consecuencia es que son muy pocas las personas con las que puedo hablar de libros. De mejor a peor, se me ocurre una sencilla tipología. Los que sí leen pero prefieren hablar de series, no sé por qué. Los que leen poco, cuando no funciona la plataforma a la que están suscritos, y muy ocasionalmente me cuentan lo que les ha gustado, porque saben qué me apasiona y a qué me dedico. Los que no leían antes y ahora ya ni se lo plantean, aguardando impacientemente las nuevas temporadas.

No sé cómo funciona la cabeza de estas personas exactamente. No deseo juzgar porque cada uno que haga lo que quiera. Sí tengo claro, en cambio, lo que pasa por la mía. Por una parte, las series y la televisión en general son para mí un entretenimiento puro que necesito: consume mi tiempo, me relaja, me distrae, aunque sin aportarme, por lo general, nada. Por otra parte, los libros en general (los de ciencia, historia, antropología y, más que otros, literatura) dan sentido a mi vida, la llenan, me llenan, me ahondan, me afilan, me reforman.

Lo que ocurre es que esta relación entre el entretenimiento puro y el placer de los libros se me está envenenando porque me cabrea no hallar con quien hablar de libros. Me irrita que se tome la cultura popular y audiovisual como si valiera lo mismo que las Bellas Artes: pintura, música (otro tema), arquitectura, danza, etc. Y entro en combustión, en fin, con un asunto conexo: la invasión de contenidos audiovisuales de Estados Unidos, a cuya difusión y dignificación contribuyen muchos medios de comunicación. Se habla entonces de programas y películas de allá como si marcaran nuestra vida, esculpieran generaciones de españoles y conformaran nuestra identidad. 

La aculturación es un proceso muy viejo e inevitable, pero en este aspecto concreto me aísla y a veces incluso entristece. No por eso dejaré de ver la tele ni de encandilarme brevemente con el glamour de los actores de Hollywood, pero mientras me voy irritando cada vez más.

lector solitario


Ida lo sabía

 

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Mi vida conserva ahora un delicado equilibrio en la mediocridad. ¡Sensu estrictu es lo que quería, no puedo quejarme! Las mudanzas que me sobrevienen son leves empeoramientos. Me parece que en el mundo ocurre algo semejante: si no se mantiene pendiente de un hilo, se precipita en guerras, desastres o procesos deshumanizadores. Cambios, además, bruscos, sorprendentes, repentinos.

Las mejoras, si las hay, suceden gradualmente y nos pasan inadvertidas. Nunca recibimos anuncios de este tipo: “Acabamos de descubrir que tiene usted una salud de hierro”. “Por una maravillosa casualidad ha venido un viento cargado de humedad y nutrientes que dará una cosecha histórica”. “El dictador, esta mañana, se ha levantado con unas ganas irrefrenables de condonar todas las penas”. No. Si algo bueno sucede necesita de tiempo, esfuerzo y mucha discreción y deja un regusto de insatisfacción.

Cuando pienso algo así–que mientras escribo ya me está pareciendo una banalidad–,  tengo la frágil impresión de haber alumbrado una idea original. Entonces leo y leo y acabo escuchando la voz que lo pensó y lo dijo mucho mejor y antes. Leed este poema de Ida Vitale, fantástica poeta uruguaya que ha recibido el último premio Cervantes:

El azar, ese dios extraviado

que libra su batalla, fuego a fuego,

no está solo escondido en la catástrofe;

a veces un gorjeo lo delata

y sobornado, entonces

admite durar un poco la alegría.


Consejos para leer poesía II: los disfraces

Lorca

La poesía se expresa enmascarada, lo cual es una paradoja, porque ‘expresar’ significa manifestar o aclarar. Dicho de otra forma, la poesía trata de hacerse entender mediante la confusión y oculta lo que quiere exhibir. En esta paradoja radica su interés y, claro, su dificultad.

Por eso, saber leer no basta. Al menos en el sentido restringido de descodificar nuestro sistema lingüístico para desempaquetar el mensaje (entendido aquí y ahora como la simple yuxtaposición de la información). Hemos de interpretar: atribuirle un significado a ese mensaje.. Porque el mensaje no corresponde directamente, casi nunca, con el significado que quiso darle el poeta (si éste nos interesa, o creemos en él), ni con un significado trascendente, más allá de lo tangible, que tenga valor para nosotros: valor humano, social, estético, etc.

Pongo un ejemplo extraído de Bodas de sangre, de Lorca, que hace poco estuve explicando a mis alumnos. En diálogo apasionado, plagado de impulsos eróticos y presagios de muerte, el novio, Leonardo, exclama:

¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!

Si descodificáramos lingüísticamente esta imagen nos hallaríamos ante el acontecimiento irrelevante de unos cristales que hieren la carne tierna y sensible de la lengua.

La interpretación debe hacernos saltar más allá de esta apariencia. Cumplido el requisito básico de saber qué significan ‘vidrios’, ‘clavan’ y ‘lengua’, se nos exige un extra (el extra de la literatura) de advertir que no hay cristales ni hay lengua que los sufra. Que esta imagen surrealista es un disfraz (una apariencia, un símbolo) para la muerte y el dolor y el desgarro y la sangre y la injerencia de la muerte (el vidrio) en el amor (¿la lengua?).

 


El votante también se equivoca

claves-proceso-electoral-Emilio-Naranjo

El triunfo de Vox en Andalucía (es un triunfo, aunque haya otras fuerzas políticas por delante) me tiene preocupado. Todas las opiniones atribuyen la culpa a los otros partidos políticos y a los problemas que éstos no quieren atender. Ni el PSOE ni el PP, ni tampoco Podemos, que parece haber tocado su techo, han sabido resolver–se dice–el paro o los conflictos que causa la inmigración descontrolada, entre otros. He leído análisis de sociología estadística que tratan de dibujar el perfil de este nuevo votante que–se dice–, no es de ultraderecha, porque antes votó al PP, al PSOE o incluso a Izquierda Unida.

En general, todas las opiniones eximen al votante de VOX de responsabilidad. Los partidos no lo critican porque, al fin y al cabo, pueden recibir su apoyo más adelante y no quieren ganarse su rencor. Los medios de comunicación tampoco, complacientes hasta la grima.

Dice Aristóteles que hay sistemas perversos y sistemas puros de gobierno: la tiranía es  un sistema perverso, cuyo correlato puro es la monarquía; a la oligarquía, perverso, se le opone la aristrocracia, puro; y a la demagogia, que halaga los instintos mediante discursos falaces (argumentativamente erróneos e inmorales), la democracia, que se fundamenta sobre la argumentación formalmente recta y moralmente respetable.

Pues bien, en esta sociedad sensiblera y aquejada de hipocondría moral, eximir de responsabilidad al votante es, a mi juicio, un indicio de demagogia. Es incluso, un síntoma de una relación clientelar entre los políticos y los electores: “el votante (el cliente) siempre tiene razón”.

Yo no estoy de acuerdo. Creo que la responsabilidad (no culpa) de que VOX haya tenido 12 escaños es de sus votantes. Parece de perogrullo, pero ellos lo han votado. Admito que muchos de ellos (o muchísimos) pueden no compartir de la ideología fascistoide de sus dirigentes, pero cuando los eligieron dieron su apoyo al paquete completo. Si no lo sabían, pecan de ignorancia; si lo sabían, no hay mucho misterio. Ojo, esto que digo de VOX es aplicable a cualquier partido, según la opinión de cada uno, cuando nos parezcan equiparables organizaciones poco centradas como Podemos o Bildu o la CUP.

Quiero decir que en una democracia todos somos adultos y cargamos con las consecuencias de nuestras decisiones. Solo a los niños, a veces, se les descarga de culpa porque no saben lo que hacen… Hacerlo en una sociedad es incurrir en un paternalismo poco respetuoso con el juicio de cada ciudadano.


Consejos simples para lectores reacios a la poesía (I)

Poesía difícil

Amigos y alumnos me han dicho que no leen poesía porque les resulta lejana, inaccesible, poco natural. Aquí va una primera tanda de consejos para acercarse a la poesía.

1. No intentes entenderlo todo

Los poemas son, en general, más densos que la prosa. En una primera lectura puedes entender una parte. Puedes leerlo dos veces, o leerlo un año más tarde. ¡O ni siquiera volver! No hay prisa con la poesía.

2. Busca referentes

Los referentes son aquellas cosas de nuestra realidad a las que alude el poema. Puede ser un paisaje, una emoción, una persona. Si hallas este elemento, tendrás un ‘anclaje concreto’ con el que relacionar otros elementos más abstractos.

3. No radicalices tu razón

Mucha poesía no tiene sentido, no tiene lógica. Sentido y lógica son nociones racionales y la poesía, frecuentemente, crea a partir de lo irracional, lo instintivo, lo sensitivo, lo simbólico.

Veamos un ejemplo

                           digamos que ganaste la carrera

                           y que el premio

                           era otra carrera

                           que no bebiste el vino de la victoria

                           sino tu propia sal

                           que jamás escuchaste vítores

                           sino ladridos de perros

                           y que tu sombra

                           tu propia sombra

                           fue tu única y

desleal compañera

Blanca Varela (1926-2009), poeta peruana.

1. Léelo una, dos veces. Con lo que has entendido, quédate, no te desesperes. Pero lee despacio. Recuerda: no puede haber prisa con la poesía.

2. ¿Qué referentes hay?

Lo más evidente: el poema habla a un “tú”: ganaste, bebiste, escuchaste.

Hay un “carrera” (de la clase que sea, de momento), de modo que parece haber un “premio”, “vítores, una “victoria”.

Pero también hay “perros” y una “sombra”.

3. No es lógico…

Un acérrimo racionalista diría: ¿No estaba hablando de una carrera? ¿Por qué salta a la sombra? ¿Qué narices hace aquí una compañera? ¿Es una compañera del equipo deportivo? ¿La ha traicionado? ¿Le echaron sal por la cabeza? ¿Cómo puede ser el premio de una carrera otra carrera?

Un lector de poesía debería pensar: ¿Y si la carrera no es tal carrera? ¿Y si la carrera habla de otra cosa que no es una carrera (símbolo)? Sintamos: hay cosas hipotéticamente buenas (es un supuesto, la poeta dice “digamos”), y muchas cosas que resultaron malas: “no bebiste”, “sal”, “jamás”, “ladridos” (a nadie le ladran, si triunfa), “desleal”.

Una primera interpretación:

Alguien habla a otra persona (¿y si es la misma?) de una carrera que nunca terminó, porque nos dieron otra (ninguna de las dos fueron carreras reales), y además no nos dieron un premio, sino sal, perros ladrando y una sombra, que además no es buena compañía.

Conclusión: ¿DESENGAÑO? ¿SOLEDAD?

Es suficiente: si queremos entender más, podemos leerlo más veces, u otro año, o nunca más.


La princesa no está triste

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Rubén Darío y el Modernismo literario pueden evocar lo superficial. Es un cliché que los noventayochistas impulsaron y que Enrique González Marínez remató con su famoso soneto “Tuércele el cuello al cisne”. Para este poeta mexicano, el cisne, emblema de la corriente que quería superar, “no siente el alma de las cosas”.

Hay un poema celebérrimo de Darío que condensa gran parte de la simbología modernista, la “Sonatina”. Sus dos primeros versos dicen:

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa.

Junto a la princesa hay caballeros, dueñas, bufones, halcones, pavos reales y, por supuesto, cisnes. Se dice–incluido el mismo poeta nicaragüense–que estos ambientes medievales idealizados eran formas de evadirse de un tiempo vulgar y pacato. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, imperaba el materialismo de la burguesía y proliferaban multitud de inventos que despojaban a la vida de romanticismo: luz eléctrica, teléfono, avión, automóvil, cine, etc.

Sin embargo, quiero subrayar que no es lo mismo ser superficial que esconderse bajo la superficie. En el poema entero, la “Sonatina”, la princesa no habla. Sólo el poeta aventura hipótesis para explicar su melancolía: “¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda?”. Y, casi al final, un hada madrina le dice casi lo mismo: el beso de un príncipe la consolará. E insisto: la princesa no habla. No ha dicho nada.

En un mundo arcaizante, aristocrático y hedonista, óptimo refugio de la gris sociedad que repudiaba Darío, la princesa no debería estar triste. Y es que, en verdad, no está triste, está hastiada. No está ni siquiera aburrida, aunque parezca una niña pija cansada de lujos. Tiene algo distinto. La aqueja el famoso spleen de la sociedad moderna. Un tedio sin causa concreta que se enraíza en la angustia existencial. Todo muy profundo e inasible, el desasosiego. Todo muy lejos de la superficialidad que se les atribuía a los modernistas.