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Abstracción y pedagogía

abstracto

Puede que no sea más que una reacción de mi carácter contestatario, pero en mi profesión, la docencia (hasta ahora universitaria), me he complacido en discutir con todos aquellos que han convertido a la abstracción en el epítome de todo lo vitando dentro de la didáctica moderna.

Enseñar a los alumnos algo que no fuera directamente práctico parece una abominación para la pedagogía más cool. El culto a las competencias ha estigmatizado todo lo que tenía un mínimo vuelo teórico, de modo que se ha creado una atmósfera de opinión hostil a la abstracción entre quienes aceptan sin criterio las cosas.

¡Sitúalo! ¡Que sea significativo! ¡Dale un contexto! ¡Posterga la teoría!

He recordado la irritación intelectual que me causaban exhortaciones semejantes al leer unas palabras de Eugenio Coseriu en su magnífico texto “Sistema, norma y habla”. Allí dice:

No estamos de acuerdo con el empleo despectivo que se hace a veces […] de los términos “abstracto” y “abstracción”; empleo que se debe al error semántico de considerar “abstracto” sinónimo de “imaginado”, “arbitrario”, “no demostrado por los hechos, “irreal”, “no verdadero”, “falso”. (Nota al pie de la página 16)

Cuántos denuestos ha recibido la abstracción. Los mismos que la teoría, el silencio, la soledad, la escucha, la mediatez, la espera y tantos otros valores demodé a los que–pasando los años–voy adhiriéndone. Y a veces lo hago con recalcitrancia (soy conscientemente exagerado, por compensación), solo porque me tiene harto tanta banalidad y creo que lo rápido, lo efímero y lo inmediato nos volverá más débiles e idiotas.

Coseriu cree que es más verdadera una frase como “3 más 3 igual a 6” que “3 caballos más 3 caballos igual a 6 caballos”, porque la primera es más general. Aristóteles alienta detrás de esta idea del filólogo rumano y no me siento capaz de afirmar que lo más general sea más verdadero que lo particular.

Lo que sí estoy en condiciones de afirmar es que no se puede enseñar a los alumnos lo concreto sin lo abstracto, y viceversa, porque, aunque no tocamos generalidades, la ciencia (strictu sensu, ‘saber’), es una dinámica de lo concreto a lo abstracto y de este a aquel, en un círculo sin fin. De la novela, a la corriente estética, y vuelta; del cuadro, al concepto de representación, y vuelta; de la piedad filial del confucionismo, al afán por mantener el estatu quo de sumisión al poder, y vuelta. Y etcétera.

 

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