
A diferencia de San Juan de la Cruz, en mi soledad deseada no hay Dios, ni dios, aunque en los últimos tiempos barrunto un no sé qué que quedan balbuciendo los árboles, las montañas, el viento y las nubes que corren.
Para los agnósticos que acariciamos con ilusión la idea de que los ateos se hayan equivocado, la espiritualidad trabaja por hallar lo común en lo diverso, lo perenne en la mudanza o lo absoluto en lo relativo. Y es siempre un esfuerzo en marcha, nunca logrado.
En cualquier caso, los atisbos me sobrevienen siempre en la soledad de la naturaleza, cuando la mente se apacigua y el alma, sobrecogida en su pequeñez, va y viene de dentro afuera, desde mi pequeño mundo al mayestático paisaje de las cumbres, que me ofrecen, no solo lo que ellas tienen, sino lo que yo ignoraba que tenía dentro.
