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Las descortesías del masoquismo

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Hubo sádicos antes del Marqués de Sade (1740-1814); hubo masoquistas, claro que sí, antes de Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895), autor de La Venus de las pieles (1870). Ambos–se les reconoce–son los padres culturales del sadismo y el masoquismo, porque los codificaron y les dieron, además, el nombre.

Lo de Sade es, quizás, más original, porque nadie antes se había atrevido a exhibir con tal impudicia la crueldad; con George Bataille coincido en que su obra parece una “apología del crimen”. Lo de Masoch me remonta rápidamente al Amor cortés de la literatura medieval y renacentista:

En las cortes occitanas del Siglo XII nació la temática para toda una corriente de la poesía occidental: damas y caballeros se entretenían en juegos de sumisión y sometimiento. El caballero se declaraba siervo, vasallo, de una mujer encumbrada e inalcanzable de quien sólo recibía desdenes y frialdades. Se establecía una relación lúdica de feudalismo en que la mujer fingía torturar a un hombre que afectaba sufrir de amor. Sobre este tipo de amor escribieron Petrarca, sobre todo, pero también todos nuestros poetas áuricos: Garcilaso, Lope, Fernando de Herrera.

Sin embargo, el masoquismo de Leopold von Sacher-Masoch introduce unas diferencias cruciales. El amor se consuma, vaya que se consuma, mientras que el amor cortés queda como una utopía irrealizable, lejos de lo físico. El masquismo se place en la invectiva, la agresión verbal, mientras que el amor cortés está plagado de fórmulas galantes de desprecio. El masoquismo exhibe sus crueldades: el humillado lo es dentro y fuera de la alcoba; mientras que el amor cortés es secreto, requisito de cualquier infidelidad. Y, en fin, en el amor cortés no llegan a tocarse, mientras que en La Venus de las pieles Wanda ejerce una crueldad física, muy física sobre Gregor:

Se ha acercado a la chimenea, ha tomado el látigo de la repisa y, contemplándome con una sonrisa, lo ha hecho restallar en el aire; luego, se ha subido lentamente las mangas de su chaquetón de pieles.

– ¡Hembra maravillosa!- he exclamado.

– ¡Calla, esclavo! – de repente su mirada se ha vuelto sombría, incluso salvaje, y me ha azotado con el látigo (…)

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