Las novelas que terminan como la vida

Vale

Hay dos novelas–el Quijote de Cervantes y Ulises de James Joyce–cuya palabra final siempre recuerdo. La primera termina con ‘Vale’, y la segunda con ‘Sí’. Como explica Francisco Rico en una nota a pie de página de su edición en Crítica, ‘Vale’ era una ‘Fórmula clásica de despedida’, de modo que cuando Cervantes la escribe se está despidiendo de los lectores, pero también, pues el hidalgo acaba de morir, nos está despidiendo de la vida del caballero, ya cuerdo. Ha terminado la vida nueva del hidalgo que dejó de ser Alonso Quijano y vivió unos meses como don Quijote. En el caso de Joyce, el matrimonio Bloom está acostado en su cama, cada uno con los pies a la altura de la cabeza del otro, y Molly deja oír la corriente de su conciencia en un monólogo de cincuenta páginas que se ha convertido en el paradigma de la experimentación narrativa contemporánea. “Sí quiero. Sí”, termina recordando Molly, las palabras que pronunció para casarse con Leopold, acostado a su lado. Han terminado las veinticuatro horas de la odisea de tres personajes por las calles de Dublín.Una de las características de la novela es su afán por reflejar una vida: la novela como vida entera, la novela entera como vida completa, o, al menos, la novela como un ciclo vital completo. Por eso, cuando se termina de leer una novela así, que tiene este afán de redondez, de compleción, queda un remedo del pasmo en que nos deja la muerte, el fin.

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