Un caníbal muerto de risa

Caníbal

Los hombres estaban preocupados. Antes de la caída del sol, el brujo había convocado un consejo alrededor del fuego. Pengue escuchó las oraciones con devoción. Una amenaza real se cernía sobre la aldea. Tras el brujo hablaron los hombres, por turno de edad. El más joven dijo: “Mi mujer llegó riendo del bosque; ni si quiera podía sostener la leña entre sus brazos. Murió ayer.”; otro dijo: “La mía comenzó a reír hace dos noches, justo tras el estallido de la tormenta. Ya no conoce a nadie”. Y así hasta que llegaron al anciano, cuyo testimonio sobrecogió a todos: “Mi mujer estalló en carcajadas cuando su vientre recibió mi descarga. Murió en ese instante”. El brujo volvió a levantarse y dirigió unas invocaciones al espíritu del árbol de tres dedos y a las fuerzas del lago. Nadie tenía nada que añadir. Los hombres se dispersaron y las brasas quedaron relumbrando en la oscuridad. Pengue se encaminó a su choza, temeroso como los demás, pero aún tranquilo porque Mausá no se había infectado. Mientras caminaba, las carcajadas se difundían por el poblado como aves ominosas. Ya próximo a su casa, se detuvo un momento para contemplar la silueta del árbol sagrado. “Ampáranos en este trance, Bóome”, le imploró. Y descorrió la cortina de entrada. Mausá estaba de espaldas, acuclillada, atizando el fuego. A su lado se alineaban dos brazos humanos tronchados a la altura del hombro. “¿Estás bien, mujer?“, le preguntó. Y ella se volvió, con una sonrisa incipiente en el rostro: “Sí, mi hombre”.

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