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Corrigiendo el rumbo

Cuenta el tamaño del cerebro para ser más inteligente? | BAE Negocios

Durante más de dos décadas he sido muy intelectual. No un intelectual, porque no soy conocido ni influyente, pero al menos un profesional del trabajo mental.

Toda persona actúa. Somos conducta, diría un psicoterapeuta. Pues bien, durante el tiempo al que me refiero mis acciones han sido más cerebrales que físicas. Y si no ha sido así (porque los días son largos y hay que ir de compras, orinar, llamar por teléfono, pulsar un interruptor, acariciar a quien deseas), he concedido a mi vida mental una importancia que no le daba a mi vida física.

¿Por qué? No lo sé muy bien. La influencia de mi padre, el ambiente de una carrera de humanidades, los estudios posgraduados y mis propias propensiones a la introversión. Las circunstancias de mi vida y una predisposición de carácter, podríamos resumir.

El caso es que hace unos años experimenté una revelación. Me disculpo por palabra tan altisonante. Quiero decir que me percaté de que me había perdido muchas cosas. Salir a deshora, hacer más enemigos, embarcarme en proyectos disparatados, amar sin medida o desperdiciar las mañanas.

Luis Landero, Caballero Bonald y Borges (habrá muchísimos más, ahora estos me vienen a la cabeza) han lamentado en algún momento las innumerables horas empleadas en leer y, sobre todo, escribir.

No quiero cometer el sacrificio de mi viva sensitiva al logro insípido de una admirable cabeza.


¿Ubi sunt mis padres?

Libros: Los Modlin

Lo más impactante de la muerte de mis padres fue su desaparición. En un momento estaban y, al poco, ya no. En el caso de mi padre, fue muy rápido. Cosa de veinte minutos, porque se atragantó y ahogó. Mi madre se puso muy enferma y durante mes y medio estuvo en el borde varias veces, hasta que, finalmente, murió.

Puede parecer una obviedad, pero la desaparición es la esencia traumática de la muerte. Al menos para mí, que no tengo fe en el más allá, a donde se habrán trasladado, o en la reencarnación, por cuya dinámica deben de estar ahora en otro cuerpo, olvidados de que soy su hijo.

Los poetas cortesanos medievales, que actualmente estoy explicando a mis alumnos, llamaban a esto (por herencia de los clásicos) ubi sunt?, una pregunta retórica para aludir al hecho de que aquellos que fueron grandes en vida, respetables y poderosos, ya no son nada. Los poetas medievales sí creían en el más allá, de modo que más que interrogarse por dónde están, se plantean que ya no son lo que eran. Que todo lo admirable de su existencia terrena se esfumó: una lección de humildad para quienes los sobrevivieron.

La ausencia de mis padres me sobrecoge a veces con una fuerza que me deja trémulo y desorientado. En tales momentos su ausencia es casi una presencia al revés, como la marca que deja un cuadro cuando lo descolgamos de la pared tras mucho tiempo.


Políticos, periodistas y publicantes

garrotazos

Duelo a garrotazos, Goya

Los políticos a los que me refiero son aquellos que anteponen la ideología a la realidad que tienen el deber de gestionar. Y si no la anteponen, parten de su ideología, que precede a todo. Normalmente, ya sean gobernantes o parlamentarios, no saben de sanidad, sino de ideología sanitaria; no saben de educación, sino de ideología educativa, y así se sigue las lista.

Los periodistas a los que me refiero son los mejor pagados de sus emisoras o los más aguerridos en la defensa de la línea editorial de sus periódicos. Viven con los primeros una vida simbiótica, porque aquellos acuden a estos para difundan sus ideas y las hagan resonar, las multipliquen como un repetidor. Y estos están pendientes de aquellos porque alimentan el ardor de sus palabras durante las horas de radio que ocupan y a lo largo de los renglones que escriben.

Los publicantes a los que me refiero usan Whatsapp, Facebook o Twitter. Tienen muy claro cuál es el partido correcto, decente y cuál el malo, el incompetente, el perverso y copado por sinvergüenzas. Te reenvían, copian o retuitean mensajes que dicen “las cosas claras”, que ponen a los otros “en su sitio”, que dicen “la verdad que nadie sabía”. Son los más lamentables porque los políticos y los periodistas viven de sus ideas, ganan dinero para comer comprar casas o contratar estancias vacacionales, pero estos últimos lo hacen por gusto, por pasión, por furor.

Los políticos, periodistas y publicantes a los que me refiero tienen un pensamiento dicotómico: ellos y  nosotros, lo bueno y lo malo, decentes e indecentes, comunistas y fachas, dueños de la verdad y recalcitrantes en el engaño… Es decir, que no tienen pensamiento. Pueden tener ideas, pero no es lo mismo, porque el pensamiento son las ideas en movimiento, entrechocándose.


Misántropo lo será tu…

 

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De tanto leer, se me mezclan las cosas con los libros, las personas con los personajes, las semejanzas verosímiles con las metáforas. Por eso, cuando un compañero de trabajo me han preguntado qué estaba leyendo, me ha quedado la sospecha de que se ha sentido aludido, personalmente concernido, incluso dolido.

Estoy leyendo La caída, de Camús, una novelita que puede adscribirse a un subgénero de la literatura universal reciente (¿250 años?) que se me antoja llamar “fábulas morales de misántropos”. De las muchas que debe de haber, he leído un puñado. Ahora me acuerdo, en primer lugar, de los Apuntes del subsuelo de Dostoyevsky, el mundo novelesco de Kafka, entero, El túnel de Ernesto Sábato, Un mundo exasperado de José Ángel González Sainz y otras muchas.

Suelen ser narraciones cortas en las que un individuo monologa contra el mundo, que le parece estúpido, degradado, miserable, despreciable. Es un solitario con rasgos de sociopatía que se deleita en provocar, destruir, levantar los cimientos morales del mundo contemporáneo. Estas obras reflejan crisis morales muy nietzscheanas que pretenden subvertir el orden y desembocar en nadas muy peligrosas. Se hunden en ese pantano que prefiere pensar sobre vivir a vivir sin pensar, el existencialismo.

En fin, que estos individuos son personajes, pero como se me ha secado ya el cerebro veo misántropos así por doquier, en la realidad. Más o menos, así ha sido la conversación con mi compañero:

ÉL (amistoso, mañaniego): ¿Qué lees? ¡Ah!, La caída, de Camús.

YO (seco, altanero): ¿Lo has leído?

ÉL (sincero, modesto): No, ese no.

YO (con hastío petulante y un ápice de desprecio): Es una fábula más de misántropo. He leído ya muchas de éstas y me tienen harto.

ÉL (desorientado, huidizo): ¡Ah, una fábula de misántropo!

¿No lo veis claro? El misántropo era yo.


Mi hijo cree en Dios

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Sí, mi hijo cree en Dios, pero yo no.

Esto de la fe (por simplificar lo llamo así) es una cuestión muy generacional.

Mi padre era un ateo recalcitrante. Padeció a un padre autoritario, oficial del ejército de Franco. Dice Raymond Carr que la Iglesia era una de las familias del franquismo. Sospecho que mi padre proyectaba en la Iglesia la rebeldía que sentía contra su familia y contra Franco. Es un entramado de asociaciones que explica, en parte, su descreimiento.

Mi caso es distinto. Mi madre apostató y mi padre trató de inculcarme su anticlericalismo; mi madre era artista bohemia (al principio, bohemia al principio) y mi padre intelectual. Juntos reforzaron su militancia contra la dictadura y contra la religión. Con todo, no soy recalcitrante, ni siquiera ateo, sino que cultivo un  agnosticismo muy previsor, porque nunca se sabe, y porque me cautiva el irracionalismo acientífico. Además, siento mucho respeto por la espiritualidad de los demás.

Mi hijo se ha criado en la República Dominicana. Allá aprendió a hablar de “papá Dios”, sin que yo jamás osara corregirlo. Cuando me preguntaba por Él, le decía sin medias tintas que yo no creía, pero mucha gente sí. Callaba, tranquilo, y se reafirmaba: “yo sí”. En las últimas semanas, con la llegada de la Navidad, mi hijo ha postulado su primera cosmogonía: primero fue Dios, que no tuvo padres; de él nacieron, primero, los Reyes Magos, y después Papá Noel, y, finalmente, la princesa Rapunzel, de cuyo origen no puedo acordarme.

Yo no he sufrido traumas familiares ni me ha oprimido dictadura alguna, de modo que no tengo resentimientos ni fobias. Por eso no quiero entrometerme en el sentimiento de trascendencia de hijo (que yo también tengo, cada vez más vivo), pero debería hablar con él para deshacerle este confuso panteón de deidades, personajes de Disney y criaturas de leyenda.

 

 


20 años ha

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Un poco más, un poco menos, se me están cumpliendo veinte años de muchas cosas: mi dedicación “reglada” a la literatura, el ascenso a las montañas, el amor y sus an(s)exos, la ciudad donde habito. Lo que puede ser un descubrimiento para mí, ya lo sabrán otros, porque habrán vivido ya sus paquetes de veinte años, o porque saben que hay otros ciclos de veinticinco o treinta, acaso. Que la vida se repite, quiero decir, no lo había experimentado yo tan claramente hasta ahora.

La vuelta de las cosas tiene un trasfondo antropológico que explica de maravilla el rumano Mircea Eliade en El mito del eterno retorno. Parece ser que nuestra concepción del tiempo, lineal, de atrás hacia delante, desde el pasado hacia el futuro, es cultural, propia de Europa y su racionalismo. Otras culturas no europeas, más apegadas a la tierra, el amanecer y el atardecer, las estaciones, ven el tiempo de manera circular. Eso dice Eliade. También hay un trasfondo literario: se ve en los escritores García Márquez y Juan Benet, por mencionar un novelista popular y otro impopular, y se ve en Mazurca para dos muertos, por mencionar una novela obsesiva con este asunto. Sobre ello he escrito con palabras académicas cuando trabajaba en la universidad.

Ahora lo vivo. Y qué gran consuelo regresar a muchas cosas que yo creía que habían quedado atrás, pero que resulta ¡que estaban girando! Y no solo es haber regresado (o que las cosas me hayan retornado, depende de cómo lo mire), sino que yo mismo he vuelto a ser en muchas cosas el que era. Estoy inmadurando, desformalizándome, recuperando la rebeldía provocadora de cuando me creía único y tenía inquietudes espirituales que aplastó el carácter metódico y pragmático que adopté para sobrevivir.

Con todo, nunca se vuelve igual, porque no puedo (no quiero) abolir lo vivido y porque tampoco queda nadie de los de antes y los que hay…


Mis ciclotimias

Ciclotimia

Sucede a veces que me canso de los demás. No de todos. Mi familia y buenos amigos están a cobijo de estos vaivenes. Me ha ocurrido siempre, desde niño. La diferencia, ahora, es que he aprendido a manejarlo y a ocultarlo, porque no es justo ni grato tratar con alguien que un día se te abre con el don de gentes de un relaciones públicas y otro día se cierra como un misántropo. No es justo para los demás ni sano para mí. Me desconcierta convertirme en dos personas, una muda y cabizbaja, y otra que la recubre, efusiva y habladora.

Ha sido un descubrimiento reciente. Antes de ser docente, estaba inerme. Tenía explosiones de sociabilidad y, de pronto, cedía a las ganas de recluirme y callarme. Estas ganas me siguen acuciando sin saber muy bien por qué. Sin embargo, el hábito de hablar en público, preguntar a los demás por su vida, sus esperanzas y sus cuitas, las muchas veces que he cambiado de país, cultura y trabajo, todo ello me funciona como una inercia mecánica que impide que los demás lo adviertan.

Hasta este escrito, supongo.

 

 

 


Hartísimo de las series

adicto a las series

Me siento solo. No es muy grave porque tengo familia y un puñado de amigos y me relaciono bien con mis compañeros de trabajo. Pero hay una parcela importante de mi vida sobre la que no puedo comunicarme: libros.

Ayer una editora decía en la radio que ya nadie habla sobre el libro que está leyendo sino sobre la serie que está viendo. Esto ocurre, en general, porque la hegemonía audiovisual, que antes era amenazante para la lectura, es ahora apabullante a causa de que puedes ver cualquier cosa en cualquier dispositivo, a cualquier hora, por no mucho dinero.

La consecuencia es que son muy pocas las personas con las que puedo hablar de libros. De mejor a peor, se me ocurre una sencilla tipología. Los que sí leen pero prefieren hablar de series, no sé por qué. Los que leen poco, cuando no funciona la plataforma a la que están suscritos, y muy ocasionalmente me cuentan lo que les ha gustado, porque saben qué me apasiona y a qué me dedico. Los que no leían antes y ahora ya ni se lo plantean, aguardando impacientemente las nuevas temporadas.

No sé cómo funciona la cabeza de estas personas exactamente. No deseo juzgar porque cada uno que haga lo que quiera. Sí tengo claro, en cambio, lo que pasa por la mía. Por una parte, las series y la televisión en general son para mí un entretenimiento puro que necesito: consume mi tiempo, me relaja, me distrae, aunque sin aportarme, por lo general, nada. Por otra parte, los libros en general (los de ciencia, historia, antropología y, más que otros, literatura) dan sentido a mi vida, la llenan, me llenan, me ahondan, me afilan, me reforman.

Lo que ocurre es que esta relación entre el entretenimiento puro y el placer de los libros se me está envenenando porque me cabrea no hallar con quien hablar de libros. Me irrita que se tome la cultura popular y audiovisual como si valiera lo mismo que las Bellas Artes: pintura, música (otro tema), arquitectura, danza, etc. Y entro en combustión, en fin, con un asunto conexo: la invasión de contenidos audiovisuales de Estados Unidos, a cuya difusión y dignificación contribuyen muchos medios de comunicación. Se habla entonces de programas y películas de allá como si marcaran nuestra vida, esculpieran generaciones de españoles y conformaran nuestra identidad. 

La aculturación es un proceso muy viejo e inevitable, pero en este aspecto concreto me aísla y a veces incluso entristece. No por eso dejaré de ver la tele ni de encandilarme brevemente con el glamour de los actores de Hollywood, pero mientras me voy irritando cada vez más.

lector solitario


Ida lo sabía

 

IDA.jpg

Mi vida conserva ahora un delicado equilibrio en la mediocridad. ¡Sensu estrictu es lo que quería, no puedo quejarme! Las mudanzas que me sobrevienen son leves empeoramientos. Me parece que en el mundo ocurre algo semejante: si no se mantiene pendiente de un hilo, se precipita en guerras, desastres o procesos deshumanizadores. Cambios, además, bruscos, sorprendentes, repentinos.

Las mejoras, si las hay, suceden gradualmente y nos pasan inadvertidas. Nunca recibimos anuncios de este tipo: “Acabamos de descubrir que tiene usted una salud de hierro”. “Por una maravillosa casualidad ha venido un viento cargado de humedad y nutrientes que dará una cosecha histórica”. “El dictador, esta mañana, se ha levantado con unas ganas irrefrenables de condonar todas las penas”. No. Si algo bueno sucede necesita de tiempo, esfuerzo y mucha discreción y deja un regusto de insatisfacción.

Cuando pienso algo así–que mientras escribo ya me está pareciendo una banalidad–,  tengo la frágil impresión de haber alumbrado una idea original. Entonces leo y leo y acabo escuchando la voz que lo pensó y lo dijo mucho mejor y antes. Leed este poema de Ida Vitale, fantástica poeta uruguaya que ha recibido el último premio Cervantes:

El azar, ese dios extraviado

que libra su batalla, fuego a fuego,

no está solo escondido en la catástrofe;

a veces un gorjeo lo delata

y sobornado, entonces

admite durar un poco la alegría.


Consejos para leer poesía II: los disfraces

Lorca

La poesía se expresa enmascarada, lo cual es una paradoja, porque ‘expresar’ significa manifestar o aclarar. Dicho de otra forma, la poesía trata de hacerse entender mediante la confusión y oculta lo que quiere exhibir. En esta paradoja radica su interés y, claro, su dificultad.

Por eso, saber leer no basta. Al menos en el sentido restringido de descodificar nuestro sistema lingüístico para desempaquetar el mensaje (entendido aquí y ahora como la simple yuxtaposición de la información). Hemos de interpretar: atribuirle un significado a ese mensaje.. Porque el mensaje no corresponde directamente, casi nunca, con el significado que quiso darle el poeta (si éste nos interesa, o creemos en él), ni con un significado trascendente, más allá de lo tangible, que tenga valor para nosotros: valor humano, social, estético, etc.

Pongo un ejemplo extraído de Bodas de sangre, de Lorca, que hace poco estuve explicando a mis alumnos. En diálogo apasionado, plagado de impulsos eróticos y presagios de muerte, el novio, Leonardo, exclama:

¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!

Si descodificáramos lingüísticamente esta imagen nos hallaríamos ante el acontecimiento irrelevante de unos cristales que hieren la carne tierna y sensible de la lengua.

La interpretación debe hacernos saltar más allá de esta apariencia. Cumplido el requisito básico de saber qué significan ‘vidrios’, ‘clavan’ y ‘lengua’, se nos exige un extra (el extra de la literatura) de advertir que no hay cristales ni hay lengua que los sufra. Que esta imagen surrealista es un disfraz (una apariencia, un símbolo) para la muerte y el dolor y el desgarro y la sangre y la injerencia de la muerte (el vidrio) en el amor (¿la lengua?).