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Vaticinadores

 

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Mi vida ha cambiado mucho en el último año. Nuevo país, nuevo trabajo, nueva vida. Cambiar acarrea riesgos e incertidumbres.

Los primeros hay que afrontarlos con valentía, si deseas algo con fervor. Las segundas son inevitables; a veces se sortean y a veces se asumen como parte del aprendizaje de lo nuevo. Para resolver las incertidumbres uno tiende a preguntar a los demás, a quienes ya llevan la vida en la que se ingresa. Aquellos que ya tienen experiencia y pueden aconsejarte porque ya han recorrido el camino.

Pero estas personas, que se dignificarían como consejeros, caen en la tentación de convertirse en vaticinadores. Vaticinar’ no se reduce a pronosticar acontecimientos negativos, pero me ha dado por llamar así a todos aquellos que se complacen en desengañarte, desilusionarte, alarmarte. Son los que esbozan una sonrisa de condescendiente escepticismo cuando uno dice: “¡Estoy ilusionado, me irá bien!” Porque ya han estado allí, ya han experimentado tu ingenua ilusión y les causas una tierna conmiseración. “Sí, sí, eso pensaba yo al principio, pero verás…” O: “Eso es porque estás empezando, ya cambiará cuando lleves más tiempo”.

Existe una morbosa inclinación a desengañar al otro. Pareciera que anticipar el mal lo inviste a uno de autoridad y prestigio. Lo funesto es más atractivo que lo venturoso. Y ya sea porque realmente lo creen, ya porque gozan con ver la expresión congelada de uno, las ilusiones enfriadas, me cabrean.

Hace tiempo publiqué aquí una entrada sobre la impertinencia de los consejos. Quiero reafirmarme ahora, porque creo que las experiencias individuales son intransferibles. En circunstancias idénticas, a mí puede irme mejor que a ti, y a la inversa. Quienes vaticinan sistemáticamente acontecimientos aciagos también yerran. No hay nada racional creer que a los nuevos les irá mal porque a uno le fue mal. Es más bien una perversión en la que yo mismo espero no incurrir cuando, pasados los años, alguien que acabe de llegar a la vida que estoy comenzando, me pregunte: “¿Y qué tal? ¿Cómo se vive con esto?”

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Dejarse vivir

Caminante

Mi hijo tiene curiosidades existenciales muy hondas que él formula con sencillez: “¿Para qué han puesto a las personas?”. Entiéndase, para un adulto: ¿cuál es la finalidad de la vida? Lo ignoro, como la mayoría de personas, pero debo darle una respuesta, aunque sea esta misma: “No lo sé, hijo”; u otras que he aprendido: para ser felices (hedonista), para crecer y reproducirnos (biológica), para progresar y mejorar la vida de la humanidad (positivista), etc. Ninguna me satisface ni debiera satisfacerlo a él, porque eso que Cesare Pavese llamaba el oficio de vivir es un absoluto misterio para las únicas criaturas sobre la tierra que tienen conciencia de ello. Y no es malo convivir con el misterio. Hace poco, Jesús Losada, un amigo poeta, me envió un texto hermoso, inspirado en sus estudios sobre el poeta portugués Al Berto:

La felicidad es una llanura a la que sólo puede acceder lo vulgar, lo controlado, lo supino y lo ordenado.

Hay personas que anhelan esa felicidad, pero otras buscan el extremo excesivo de la altura del vértigo y del abismo.

La finalidad de la vida por la que me preguntaba mi hijo y este modus vivendi que rechaza el aura mediocritas del poeta zamorano son casi lo mismo, pues el destino que decidamos determinará el camino.

Hay en la actualidad una fiebre de la que yo me contagié hace tiempo. Por ella he logrado muchas cosas, casi todas profesionales, de las que otorgan prestigio. Y por ella he pagado un precio, alto en ocasiones, emocional y físico. Me ha traído, también, beneficios más importantes que puestos y timbres académicos: conocer países, enfrentarme a lo diverso, acrecer mi tolerancia y mi curiosidad por los demás No sé cuál sea el balance y seguro muchos han de hacer diariamente sus propios cálculos, pero el caso es que me he dejado llevar por los dictados pragmáticos que la sociedad pronuncia: realízate, aporta, progresa.

Lo que yo desearía–si pudiera desprenderme de las voces de la sociedad–es dejarme vivir. Es, por un lado, un permiso que cada uno se concede para ser impuntual, disperso, desordenado, hedonista, informal, espontáneo. Y es también, por otro lado, algo que me gusta más: tomarse la vida como una corriente por la que dejarse arrastrar, que a veces es vértigo y abismo, como decía Losada, y a veces es llana contemplación, aburrido vacío en el que quiero sentirme a gusto. En este caso, no existe una finalidad para la vida, puesto que ya esta misma frase implica que la vida es un instrumento mediante el que conseguir algo ajeno a ella.

No me veo capaz de hacerlo ahora, ni creo que mi hijo esté preparado aún para entenderlo, pero trataré de explicárselo cuando llegue el momento, si aún sigo pensando lo mismo.

*El dibujo pertenece al Blog Cosas sueltas, del diseñador gráfico argentino Lepka N.A., que recomiendo encarecidamente.

 


Presunción de sinceridad

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Michel de Montaigne creó un género en 1580: el ensayo. De hecho, acuñó para él el término por el que lo conocemos: su obra se tituló Essais. Desde entonces, se ha convertido en el género de pensamiento no sistemático (el tratado, en filosofía, es ordenado y sistemático) más cultivado. Hay ensayos de todos los temas y de varias extensiones, aunque tienen características constantes. Una de ellas, la que más me ha costado explicar siempre a mis alumnos, es aquella según la cual al autor se le supone un buen talante, entendido como sinceridad y excelencia. Es decir, que cree realmente lo que dice y que lo expresa lo mejor que puede. Al no haber forma de comprobarlo, el lector debe presumir que el autor está diciendo la verdad de la mejor forma que sabe. 

Esto no ocurre con la narrativa, la lírica o el teatro, categorías en las cuales el lector suscribe el famoso pacto de la ficción. “No es verdad, ni mentira, es ficción: tú, escritor y yo, lector, estamos de acuerdo”. Pues bien, se me ha ocurrido pensar que la presunción de talante, que con tanta facilidad asumimos en el ensayo, no es fácilmente extrapolable a la vida social. Quiero decir que no le atribuimos a la compañía telefónica de la competencia que nos llama al móvil un ánimo de sinceridad, aunque sí de excelencia. Tampoco a quien nos felicita por un éxito personal, pues nos da por sospechar que lo hace con la boca pequeña y que en realidad nos envidia. Tampoco a la persona a quien le pedimos ayuda y nos la promete con efusiones desmedidas, pues esto ya es un indicio de que no piensa cumplirla.

Pero estas suspicacias se aprenden con el tiempo. Yo, al menos, he tardado en adquirirlas y aun conservo un primer e inexplicable impulso para la presunción de bondad. Asumo, de forma natural, que lo que me dicen los demás es verdad; que lo que hacen los demás lo hacen lo mejor que pueden para mi beneficio. Inexplicable impulso, decía, porque yo mismo soy mendaz como todos y no tengo por qué hacer las cosas lo mejor que puedo. Es un infantilismo quijotesco que procede acaso de leer la vida como un libro, cuando los libros no sustituyen a la experiencia física y en la vida no podría creerse lo que dice Montaigne al comienzo de sus Essais: “He aquí un libro de buena fe, lector”.

 

 


El imperio de los niños

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Cada uno tiene de su infancia dos versiones. Lo que recordamos nosotros y lo que nos recuerdan los demás–padres, tíos, amigos–de cómo éramos. Ambas son probablemente falsas, pero más valen estos testimonios que nada. Pues bien, yo no recuerdo ni me recuerdan con el poder de los niños de hoy en día. Supongo que a nadie de mi generación ni a las anteriores, por supuesto.

No hablo específicamente del niño tirano a cuyos gustos se someten sus padres, y que la psicología tiene perfectamente estudiado. Hablo más bien de una hegemonía inintencionada que los niños adquieren en la vida de sus padres. No es que manden ni se impongan ni se resistan a unos padres débiles. Todo esto lo hay, lo sé, pero no lo tengo cerca, ni lo veo, ni es mi caso. Es una suerte de protagonismo excesivo que ostentan los hijos para los padres. Se trata de un giro copernicano según el cual los padres pasan a rotar continuamente en torno al hijo y que se revela en la vida social de las familias.

El amor que inspira un hijo tiene una dimensión incomparable, que deja chicos todos los demás afectos. A mí me ocurre y al resto de padres normales también. Nunca hemos querido tanto ni de forma semejante. Pero ocurre que muchos de mis colegas de paternidad han abdicado de su individualidad. Me irritan secretamente los padres que no hablan más que de sus hijos. Me aburre. Me cansa. Acabo alejándome. Ya no existe para ellos la cultura, el chisme, lo prohibido, el cine, las reformas, las expectativas, la naturaleza, dónde viven los más feos, dónde los más guapos, ¿somos racistas?, ¿bajo qué condiciones matarías a alguien? No importa cuán variados e interesantes puedan ser los temas a nuestra disposición; no vuelve a hablarse de cosa distinta a los niños.

Además del hecho en sí me intriga la causa, para la cual solo tengo hipótesis. 1) los padres poseen una nueva moral supercomprometida con la infancia que otorga al niño todos los privilegios, incluido el de ser tema de todas las conversaciones; 2) los padres se han vuelto obsesivos y no pueden retirar su atención de los hijos un momento; 3) los padres no tienen de qué hablar, simplemente eso, porque no ven cine o no leen o no se enfrentan a dilemas o se han reducido a una vida vacía.

Puede ser alguna de estas razones o ninguna, o una combinación de ellas.

En mi caso, amo a mi hijo más que nada en el mundo, pero soy feliz con la paradoja de que no es el centro de mi mundo. Si sólo hablara de mi hijo me convertiría en un padre emocional e intelectualmente desmedrado, lo cual no querría ni mi propio hijo.


El otro, otra vez

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Para los ensimismados como yo, el otro es una sorpresa. Hablo de aquella persona que no somos nosotros: un amigo con que el quedamos, un extraño que nos llama la atención por la calle, la pareja. No es algo nuevo: la filosofía ha pensado sobre ello desde el siglo XVIII (Hegel, Simone de Beauvoir, Levinas). Mi relación con el otro es compleja. Unas veces lo busco y otras lo rehúyo. En todo caso, nunca dejo de pensar en él, aunque él no lo sepa.

Este sábado estuve en el mar Cantábrico. Me metí al agua, crucé la zona de rompientes, más allá de la cual no había nadie, y comencé a nadar paralelo a la orilla. Cuando regresé a la playa experimenté la sorpresa de la que hablaba. Será porque he vivido un tiempo de encierro obligado. Será porque en los últimos años me he bañado en playas casi vacías. El caso es que me vi rodeado de toda clase de otros: cabezas calvas, vientres planos, fragmentos de conversaciones, niños más y menos bajos, perfiles antipáticos, seres hermosos, pieles tersas y otras atezadas, requemadas.

Fui una una lección de medio segundo. A nadie le importaba yo ni tenía interés en conocerme. Les era invisible o uno más, lo cual es lo mismo. Me quedé–debo admitirlo–míninamente afligido, como si me hubieran pinchado a traición con una aguja muy fina.

Al fin y al cabo eso es lo normal, ¿verdad? Somos demasiados en todas partes como para no serles indiferentes a la mayoría de los otros.  Es necesario y además es la condición para que quedemos con amigos en un parque, nos acerquemos a hablar con un extraño o busquemos pareja.

Y es que ¡en la multitud no hay otros! Hay que encontrarse con ellos en la intimidad.

 

 


Los afectos, en abscisas y ordenadas

 

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Ya no me siento joven. Tampoco me siento mayor. Hay días que me cuesta ubicarme. Entonces recurro al exterior: a las cosas y a las personas.

Hay cosas que ya no me dan felicidad o placer. Por ejemplo, los perros dejaron de gustarme. Tuve uno desde mi adolescencia que vivió quince años y lo quise mucho, pero después me han resultado indiferentes. He llegado a preguntarme cómo un hombre puede amar así a un animal. La política se parece a mi amor por el perro: una afición que, a mi edad, ya no puedo tomarme en serio. Los libros sí, eso sí, permanecen todavía más adentro, se me han hundido en el alma. La lectura y la escritura no constituyen solo una pasión, sino una manera de vivir y pensar y sentir. Hay otras cosas que han aparecido en mi vida por las que antes no me interesaba, abjuraba o temía en secreto. Me refiero a lo prohibido, a lo nefando, a lo vicioso. Me gusta y a veces me adentro en ello.

Luego están las personas. Tenía padres, pero fallecieron súbita y contemporáneamente hace cuatro años. Tengo una esposa a la que amo y con la que tengo una relación cuya historia me permite avizorar otra década, al menos, juntos. Tengo un hijo, que ha despertado en mí un amor y abnegación de los que no creía ser capaz, dada mi egolatría y afición a la soledad. No tengo hermanos, pero tengo un puñado de buenos amigos cuya afecto por mí se ha consolidado sin vuelta atrás, parece.

Pues bien, esta mañana he pensado que para ubicarme, cuando no me siento ni joven ni viejo, puedo colocar a las personas en los ejes de abscisas y ordenadas. El primero representa los afectos de sangre; y, el segundo, los que la vida hace surgir por el milagro del contacto con los que al principio son extraños. En el eje horizontal (x, abscisas) debo colocar a mis amigos y a todos mis primos. Estos segundos, cuando son primos hermanos, suben un poco hacia arriba, ganan altura en el de ordenadas. En el eje vertical (y) están mis tíos, que son los que más padres parecen, cuando estos desaparecen. Mi hijo se halla también en el de ordenadas, pero en la parte baja, porque tiene cinco años, llegué antes que él y lo cuido desde arriba, lo amparo y protejo, lo cubro. Mi mujer se halla exactamente en la intersección entre los dos ejes. Es la única persona que vino de fuera y se integró en mi sangre. Yo, por cierto, también me hallo ahí, compartiendo con ella el centro de nuestro universo.

Lo malo es que mis padres ya no están y ellos ocupaban una inconmovible ubicación en el eje vertical, por encima de mí, porque el eje de ordenadas es como el tronco de la vida de todos. Cuando me doy cuenta de que esa posición está vacía me siento desamparado y triste.

Es normal. Tarde o temprano todos quedamos desarbolados.


El estigma del diletante

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El austriaco Christian Felber (economista, bailarín, escritor, divulgador científico) cuenta que acabó titulándose de economía porque ninguna carrera cubría sus expectativas de universalidad. El recientemente fallecido Jorge Wagensberg, doctor en física y director del museo Cosmo Caixa, declara:

Durante una época tuve mala conciencia por picotear aquí y allá en busca de la promesa de felicidad más creíble e inmediata. Cuando jugaba al ajedrez lamentaba descuidar el atletismo (…), si asistía a clases de violín sentía que era a costa de una clase de inglés, y viceversa (…), cuando me atrapaba el texto de un ensayo sentía que les hacía un feo a los poetas (El pensador intruso, 11)

Tras un tiempo breve dirigiendo el departamento de Estudios Generales de la PUCMM en Santo Domingo, he cobrado una pasión nueva por la interdisciplinariedad. La excesiva especialización de la educación superior, que insta a alumnos y profesores a saber mucho sobre cada vez menos, contradice la misma noción de universidad.  En los últimos dos siglos se ha emprendido una carrera contraria a la matriz diversa e integral que originó las primeras universidades medievales, los studia generalia, compuestos por áreas del conocimiento de las ciencias y las letras, sin separaciones ni jerarquías: trivium y quadrivium. El crecimiento progresivo de los Estudios Generales contemporáneos (desde comienzos del siglo XX en la Costa Este de EEUU, y extendiéndose hasta hoy por Latinoamérica) es un indicio del retorno a los orígenes, al menos en ciertas fases de la formación. Un ejemplo muy interesante es el objetivo de la educación finlandesa de suprimir, a partir de los 16 años, las asignaturas en la educación secundaria, para sustituirlas por temas afrontados desde las matemáticas, la literatura, la teconología, etc.

Pues bien, durante años he oído tachar de diletante a quien no quería restringir a una disciplina su voracidad intelectual y cultural. Un diletante es, en efecto, alguien que surfea sobre los saberes sin penetrar realmente en ninguno. Esto es cierto. Pero la connotación negativa que naturalmente lleva el término se ha agudizado por la tendencia universitaria antes mencionada. Así, la ‘maldad’ del diletante no debería estribar en sus diversos intereses, sino en la superficialidad fragmentaria y veleidosa de quien no quiere ahondar sino brincar. No obstante, dado el inabarcable caudal del conocimiento humano, ¿dónde debe frenarse el intelectual para no convertirse en un aficionado hedonista? ¿Tres disciplinas máximo? ¿Dos humanidades y la Física? ¿La Filosofía y dos ciencias? Quizá no sea una cuestión de cantidad, sino de actitud; una natural curiosidad del pensador intruso, como decía Wagensberg.

 


Mi cerebro literario

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La plasticidad del cerebro–descubrimiento tímidamente intuido por Freud y Ramón y Cajal, pero enterrado hasta los años 70 del siglo XX por la ortodoxia científica–no es enteramente positiva. Es verdad que otorga esperanzas de sanación de muchas enfermedades y que aviva el deseo inextinguible de aprender cosas nuevas hasta la muerte. Pero explica también la fijación de los malos hábitos o las adicciones. Es decir, que el cerebro aprende siempre, pero no discrimina lo bueno de lo malo y, lo que es más importante, graba lo uno y lo otro con semejante profundidad.

Así lo explicaba Nicholas Carr en su exitoso libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, para argumentar lo que sucede en nuestro órgano principal tras años y años de hábitos tecnológicos.

Leer sobre esto me ha llevado a pensar en mis pasiones pasajeras y en las que van quedando. Quienes me conocen saben de mis paroxismos diversos: la ornitología, la furiosa ingesta de agua, el cine (de autor), las ventanas de los edificios (mejor anchas que altas), la fotografía, el dibujo, la profundidad en el relieve de los neumáticos (razones de estética y seguridad), la marquetería, las nubes de crecimiento vertical (veo cada vez menos) y otras muchas obsesiones de las que tarde o temprano me libré. Fueron aprendizajes que me costaron energía y pasión y que debieron de labrar un surco en mi aprendizaje neuronal.

He creado neuronas sin cuento y reforzado sinapsis que ahora deben de haberse quedado secas. Excepto en un caso. Excepto con la literatura. Es una pasión que no ha sufrido menoscabo; más aún, que se ha incrementado con los años y las experiencias y los libros y la escritura y la docencia y las bibliotecas y los viajes y las penas y las angustias. No sé la razón de tal persistencia ni me importa mucho. Ya pienso bastante sobre las causas de la vida. Pero tampoco descarto que mi cerebro literario se amustie con los años y algo aún más poderoso lo sustituya. No lo concibo de momento y miedo me da, como miedo sintió mi padre cuando–diagnosticado de diabetes–trataron de amedrentarlo para que no tomara azúcar por el riesgo de quedarse ciego: “Tendré que aprender braille”, me dijo.

 

 


Pensar ‘contra’ los demás

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Un compañero de la Pontificia Universidad Madre y Maestra–para la que he trabajado los últimos años–me ha dado a conocer a Jordan Peterson, un intelectual y activista político canadiense que se ha distinguido por sus opiniones contra la izquierda posmoderna y el feminismo más recalcitrante de las últimas décadas.

En una entrevista para el diario El mundo, Peterson desmonta brillantemente gran parte de los dogmas del feminismo irredento: los roles de género, las razones de la discriminación salarial, la explicación cultural a todas las diferencias entre los sexos, etc. Se trata de un pensador inteligente y valiente, que no vacila en decir lo que ahora es casi un tabú: que las mujeres y los hombres somos biológicamente diferentes.

Pues bien, harto yo también del feminismo censor, me ha encantado leer a un heterodoxo de lo que hace décadas fue la heterodoxia (magnífica Simone de Beauvoir) y ahora se está convirtiendo en una ortodoxia. La basura dialéctica de lo políticamente correcto está arrinconando la profundidad del pensamiento real. Parece mentira que una industria tan banal y estúpida como Hollywood tenga tanta influencia.

Y, sin embargo, muy no obstante, me ha surgido un escrúpulo de fondo poco después de leer la entrevista. Jordan no se muestra (digo se muestra, seguro que lo es) como un pensador sobre las cosas sino contra los otros. No es este un defecto suyo; lo es también de los políticos o los activistas políticos, que desmedran la búsqueda de la verdad con su dialéctica combativa.

Mi moral me dice que debe argumentarse sobre la verdad, no contra los demás, por más que lo merezcan las feministas y los dogmáticos de la izquierda. Porque cuando los argumentos–escalones del pensamiento–están determinados por la dialéctica pierden objetividad, profundidad y se radicalizan. Y en este momento el intelectual se debilita. Pierde consistencia cuando defender la diferencia biológica de los sexos se hace por joder a los progres y no porque sea (o se crea) verdad.

El verdadero librepensador no es aquel que se atreve a pensar fuera de los cánones socialmente sancionados, sino aquel que no necesita apoyarse contra los cánones para pensar libremente. Porque a veces, y este es el talón de Aquiles de todo contestatario, acaece que, fortuitamente, podemos llegar a estar de acuerdo con los que discrepamos.

 


Abstracción y pedagogía

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Puede que no sea más que una reacción de mi carácter contestatario, pero en mi profesión, la docencia (hasta ahora universitaria), me he complacido en discutir con todos aquellos que han convertido a la abstracción en el epítome de todo lo vitando dentro de la didáctica moderna.

Enseñar a los alumnos algo que no fuera directamente práctico parece una abominación para la pedagogía más cool. El culto a las competencias ha estigmatizado todo lo que tenía un mínimo vuelo teórico, de modo que se ha creado una atmósfera de opinión hostil a la abstracción entre quienes aceptan sin criterio las cosas.

¡Sitúalo! ¡Que sea significativo! ¡Dale un contexto! ¡Posterga la teoría!

He recordado la irritación intelectual que me causaban exhortaciones semejantes al leer unas palabras de Eugenio Coseriu en su magnífico texto “Sistema, norma y habla”. Allí dice:

No estamos de acuerdo con el empleo despectivo que se hace a veces […] de los términos “abstracto” y “abstracción”; empleo que se debe al error semántico de considerar “abstracto” sinónimo de “imaginado”, “arbitrario”, “no demostrado por los hechos, “irreal”, “no verdadero”, “falso”. (Nota al pie de la página 16)

Cuántos denuestos ha recibido la abstracción. Los mismos que la teoría, el silencio, la soledad, la escucha, la mediatez, la espera y tantos otros valores demodé a los que–pasando los años–voy adhiriéndone. Y a veces lo hago con recalcitrancia (soy conscientemente exagerado, por compensación), solo porque me tiene harto tanta banalidad y creo que lo rápido, lo efímero y lo inmediato nos volverá más débiles e idiotas.

Coseriu cree que es más verdadera una frase como “3 más 3 igual a 6” que “3 caballos más 3 caballos igual a 6 caballos”, porque la primera es más general. Aristóteles alienta detrás de esta idea del filólogo rumano y no me siento capaz de afirmar que lo más general sea más verdadero que lo particular.

Lo que sí estoy en condiciones de afirmar es que no se puede enseñar a los alumnos lo concreto sin lo abstracto, y viceversa, porque, aunque no tocamos generalidades, la ciencia (strictu sensu, ‘saber’), es una dinámica de lo concreto a lo abstracto y de este a aquel, en un círculo sin fin. De la novela, a la corriente estética, y vuelta; del cuadro, al concepto de representación, y vuelta; de la piedad filial del confucionismo, al afán por mantener el estatu quo de sumisión al poder, y vuelta. Y etcétera.