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El heroísmo de Moisés

muerte-de-moisesMoisés es un héroe. Su relación con Dios es la de un hijo astuto con un padre explosivo e impredecible. El Pentateuco, compuesto por los cinco primeros libros de la Biblia, cuenta la historia del pueblo judío desde la creación del mundo. Termina con el Deuteronomio, el que más me gusta del conjunto por la solemnidad trágica que exhibe su protagonista.

En uno de sus accesos de celo ególatra, el Dios del Deuteronomio condena a Moisés porque éste no le fue ententóreamente fiel en el desierto de Sin:

Por eso no entrarás en la tierra que voy a dar a los israelitas; solamente la verás de lejos. (Deu., 32: 52)

Moisés ha revelado ser un consumado negociador. A largo de los cinco libros ha sabido digerir la cólera de su Dios, sortear sus arrebatos y aplacar las sentencias que dictaba sobre unos y otros. Pero en este momento, ya sea por su abnegación, ya porque vea que la ofensa es irreparable, ya sea porque en efecto está muy viejo, calla y acepta la muerte. El sacrificio por su pueblo me impresiona menos que su hermosa asunción de las veleidades de Yaveh, que no le permite hollar la tierra prometida. Después de pronunciar una bendición sobre su pueblo, hay una escena hermosa:

Moisés subió desde las llanuras de Moab al monte Nebo, a la cima del monte Pisga, frente a Jericó. El señor le permitió contemplar toda la tierra (…)

–  Esta es la tierra que prometí con juramento a Abrahán, Isaac y Jacob diciendo: “Se la daré a tus descendientes”. He querido que la vieras con tus propios ojos, pero tú no entrarás en ella. (Deu 64: 1 y 4).

Cuando leo este pasaje puedo ver a Moisés de pie en la montaña, al borde de su sueño, tras un ímprobo trabajo de liderazgo y sumisión cuyos frutos disfrutarán otros.

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Humor en la solemnidad: La Araucana, de Alonso de Ercilla

 

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No todos los clásicos lo son por calidad. Quiero decir, hay clásicos malos, cuya importancia procede de su valor histórico. Por ejemplo, La Araucana, de Alonso de Ercilla, no es, a mi juicio, una gran obra. Es desigual, aburrida con frecuencia, llena de clichés, pero es el poema heroico culto más representativo en nuestra lengua. Y, sobre todo, es importante por lo que Tzvetan Todorov llama el mayor encuentro con el otro en la Historia: la conquista de América.

Fuera de esto, yo siempre leo bajo el adagio de Quevedo de que leer es conversar con los difuntos. Tan importante es para mí esta idea, tanto en ella creo, que Ercilla me ha dado una alegría, me ha contado un chiste.

Un poema heroico es un texto muy solemne. Además de componerse en endecasílabos y organizarse en octavas reales, La Araucana lo protagonizan héroes de una pieza, entregados a emociones sublimes: valor, sacrificio, patriotismo. Entre muertes, victorias, sangre y derrotas, no hay espacio para el humor. Sería una impropiedad, un irrespeto—como dicen mis convecinos dominicanos—al decoro que este tipo de género exige.

Pero llega un punto en que—como Homero—el escritor se cansa. Alonso de Ercilla no es Cervantes, y cuando Cervantes se cansa escribe una obra como el Quijote, una irreverencia carnavalesca (Bajtín) que mata de risa a los libros de caballería. Pero Ercilla no llega a abjurar del tono elevado, no llega a ningún momento a la rebelión. Siempre serio, siempre solemne, sólo se permite algunos episodios amorosos o bucólicos, muy propios de su tiempo, por cuya causa no desmontan nada.

Sin embargo, cerca del final de la obra, en el Canto XXIX de la Parte II, narra Ercilla cómo los araucanos apuestan en el combate entre dos de sus caciques más notables. Es una batalla por vanidad en la que, quienes no tienen ropas, tierras, ganados, granjerías, apuestan esto:

Algunos que ganar no deseaban / las usadas mujeres apostaban.

Humor machista, sí, para 2016, pero humor y al fin y al cabo en 1578, cuando se publicó esta parte (si me lee algún aficionado de lo políticamente correcto, que se cure de espanto leyendo a Quevedo). Me ha simpatizado esta concesión a la broma que Ercilla, harto de tanta solemnidad, ha hecho, no sé si adrede.


Mi paradigma demodé: por la lección magistral

escucha

Cómodo en la excentricidad; así me siento. Hubo un tiempo en que–como a todos–pudo preocuparme disonar de las modas, pero ahora, porque la vida hace su trabajo, ya no es así.

Con todos sus realitivismos, sus desautorizaciones, su ludismo, la posmodernidad parece cosa muy seria comparada con la vanidad de comienzos de este siglo. Salta a la vista en la televisión, los premios literarios, las redes sociales, las reuniones sociales. Pero se desliza subrepticiamente donde no la esperaba: en la vida académica ha permeado bajo paradigmas subvencionados.

Herético aquel que se atreva a defender la clase magistral, aquella en la que un letrado (en sentido literal, aquel que ha adquirido una cultura distinta y admirable), transmite (¡verbo prohibido!) sus conocimientos a un público que le escucha activamente. Cuánto le debo a aquellas clases en las que un buen profesor disertaba pacientemente. Cuánto he aborrecido, hay que recordarlo, aquellas lecciones en las que un mal profesor peroraba interminablemente sin permitir la menor intervención o discrepancia. Porque de eso se trata. No hay intrínsecamente nada malo en la exposición de un sabio. Es el maluso y el abuso lo que pervierte la práctica.

Pero cuando ésta se da bien, cuando se da una comunicación en que el oyente está callado pero no pasivo, se produce un fenómeno análogo a la lectura. Recuerdo de nuevo aquellos versos de Quevedo: “vivo en conversación con los difundos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Porque escuchar una lección magistral–cuando ésta es verdaderamente magistral–es casi lo mismo que leer una obra magistral. No por casualidad se llama ‘lección’.

Flagrante contradicción querer incitar a la lectura cuando se repudia toda forma de escucha a los maestros. Veo en esto un reverbero sin fuerza de las profundas rebeldías de Lyotard y compañía; un sucedáneo de la posmodernidad.

Porque una y otra (leer y escuchar son casi casi la misma cosa) son caras de una misma actitud del sujeto paciente, de quien guarda un silencio insumiso, crítico, rumiante.

 

 


El sonido de mi voz

silencio

Leer requiere de silencio. Pero no fue siempre así. La lectura silenciosa e individual se extendió a finales de la Edad Media, con la invención de la imprenta y la proliferación de los libros que podían adquirir los burgueses. Hasta entonces, un monje leía para los demás, y los juglares cantaban al pueblo las hazañas de los héroes en las plazas.

En la edad tecnológica, en la actualidad, decrecen los lectores porque hay horror al silencio y la soledad. Frente a la omniconexión de los dispositivos móviles y las redes sociales, un largo y solitario retiro de lectura silenciosa parece casi un acto de misantropía. Claro, esto no es así. En la soledad y el silencio el hombre se reencuentra consigo mismo, aclara sus ideas, hace balance de los días y recupera fuerzas para emerger de nuevo a la vorágine social.

En estos días, por circunstancias que no vienen al caso, he permanecido largas horas solo y en silencio, en única comunicación con los difuntos (Víctor Hugo, la Biblia, Calderón). Tanto tiempo pasaba que, cuando alguien me preguntaba y yo respondía, me sorprendía el sonido de mi voz. Tal misma sorpresa experimentaba mi padre cuando recibía mis llamadas, tras jornadas enteras de lectura ininterrumpida.

Son despertares que hacen pensar. Por un lado, la lectura es una actividad esencialmente individual, aunque la Literatura lo sea social. Esta, que no existe sin aquella, es un arte comunicativo, pero se completa mediante la lectura, acto estrictamente solitario: se trata de una comunicación diferida. Por otro lado, despertar de una soledad bullente (el hervor de la mente absorta), es costoso. Se quisiera no salir de un silencio amniótico. Es un engaño peligroso, porque si leer es vivir—así lo creo—más lo es el neto vivir. Sanamente comprendido, debiera ser un bucle, que me refugia de la exterioridad más huera y me expele, después, más lleno, para seguir viviendo sin renunciar, por la Literatura, a nada.

 


La obsolescencia descartada de las ciencias del espíritu

Una diferencia crucial entre las ciencias empíricas (Física, Química, Matemáticas) y las ciencias del espíritu (Historia, Filosofía, Literatura, Sociología) es que los productos de aquellas tienen una obsolescencia veloz y necesaria. Que el modelo newtoniano fuera sustituido por el modelo einsteniano supuso un progreso para la humanidad, que comprende ahora mejor las leyes del universo. Que el origen de la especie humana se vaya reubicando en el tiempo y en el espacio desbarata las versiones anteriores. Que las teorías de Freud sobre el alma hayan sido rechazadas en su gran mayoría—excepto la del inconsciente—por la neurociencia más avanzada comportará beneficios para nuestra salud física y mental.

Pero las ciencias del espíritu son distintas. No hay progreso en ellas porque la noción de progreso no les es aplicable. No experimentan una evolución que entendamos como avance. Las ciencias del espíritu son imperfectibles en sentido estricto: no pueden mejorarse. Sus transformaciones son reactivas, pendulares. Una corriente artística reacciona contra otra; una corriente ideológica cree socavar de una vez y para siempre los fundamentos de otra corriente antagónica. Un sistema de pensamiento desprecia a aquellos filósofos que los precedieron y cuyas ideas juzgan ahora originadas por la ceguera, los prejuicios o un sistema de valores indefendible.

Llamativa disociación ésta, que permite al hombre seguir avanzando en la penetración del universo y, al mismo tiempo, moverse sin fin en un círculo eterno de conocimiento plausible. Las ciencias del espíritu son llamadas humanidades porque su asunto es centralmente el ser humano y, aceptémoslo o no, no hay progreso moral en el hombre. No somos mejores ni peores que nuestros antepasados.


La secta de la Literatura

encapuchado

 

La Literatura ha pervivido a pesar de la Filosofía. Platón decretó la expulsión de los poetas de su república en virtud de la doblez de su arte: copiadores de una realidad, ya de por sí, falsa (relejo del mundo ideal al que no tenemos acceso). Los filósofos del logos eran ascetas racionalistas que no admitían las explosiones asimétricas y desaforadas de los artistas.

La literatura ha florecido en los umbrales, entre los locos (o demasiado lúcidos), por los vericuetos que la ortodoxia oficial no vigilaba. En el respeto y la observancia de las normas no ha nacido, casi nunca, ninguna gran obra literaria: Shakespeare, Cervantes, Rabelais eran excéntricos. A impulsos de rebeldía—interrrumpidos por intervalos de obediencia—, el artista ha transformado la Literatura y hecho evolucionar las estéticas. En un magnífico libro, la filósofa española María Zambrano dice esto:

“[l]a poesía ha vivido al margen de la ley [de la ley del logos], ha caminado por estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado, su locura creciente, su maldición” (Filosofía y poesía, 2006, p. 14).

Por eso, uno se plantea siempre: ¿cómo engranamos este malditismo con el formalismo de instituciones tan oficializadas como las universidades? ¿Qué legitimidad tiene la universidad de encauzar en su sistema las obras de arte verbales, cuando estas se originan, precisamente, en la asistematicidad?

La universidad es el reino del logos, de la comprensión geométrica del mundo. La filosofía, madre de todas las ciencias empíricas, fue madrastra de las humanidades, con las que suele emparentársela. La física, las matemáticas, la astronomía eran, en un principio, terrenos de la Filosofía. Los modos prerracionales, intuitivos, irregulares de la creación literaria se desviaban del imperio del pensamiento oficial de la polis.

Es preciso no olvidar esta esencia sectaria de la literatura.


La estructura no basta: “Sorry”, de Zoran Drvenkar

Sorry

Escribir una novela es, en pocas palabras, elaborar una materia. Darle forma a un contenido. Estructurar la historia de unos personajes en un tiempo y un espacio. Esta labor, con ser crucial y difícil, no lo es todo. No justifica por sí sola la calidad de un libro.

Sorry recibió el Premio Friedrich Glauser 2010 a la mejor novela negra de Alemania, Suiza y Austria. La obra cuenta la historia de un grupo de amigos extraviados que deciden fundar una empresa insólita, “Sorry”, que se encarga de intermediar en el perdón. Es decir, que se disculpa por otros. Empresarios, clientes, hombres corrientes, la contratan para pedir perdón. Los contratos se suceden lucrativamente hasta que reciben el encargo de un asesino de disculparse con su víctima y, de paso, de deshacerse del cadáver.

En la solapa de la contraportada de la edición de Seix Barral que yo tengo (2011), recogieron una decena de elogiosísimas críticas que alaban la construcción, la trama, las múltiples perspectivas y el efecto cautivador que todo ello tiene sobre el lector.

Pues bien, seducido por tales palabras lo compré y lo leí rápidamente. Y encontré que, en efecto, el autor crea una arquitectura narrativa compleja, sorprendente, engañosa a tramos. Original, lo reconozco, en algunos aspectos. Además, la riqueza de perspectivas y la implicitud de las voces abocan a un final sorprendente

Sin embargo, una buena construcción no basta. Los personajes carecen, para mí, de interés. La pandilla de jóvenes desorientados sobre quienes se abate un horror inesperado me resultan, con frecuencia, planos, desdibujados. Las escenas están llenas de clichés cinematográficos, lo cual no me irritaría tanto de no ser porque cubren carencias creativas. La crueldad explícita no se justifica en el rencor ni en la venganza. No hay reflexión de calado ni consistencia significativa. La pretendida meditación sobre la culpa y el perdón se queda en un adorno banal, muy superficialmente tratado.

En fin, que una construcción, por más enredada que sea, no basta, y tanto crítico debiera saberlo. Y si lo sabe, no debería ocultarlo con fines mercantiles. El arte es insobornable, no porque no lo merezca sino porque es imposible ocultar la vaciedad.

Sorry es un edificio vacío.


Un caníbal muerto de risa

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El pacto de amistad entre don Quijote y Sancho

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Durante mi estancia como profesor en la Universidad Nicolás Copérnico de Toruń (Polonia), tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de Carmen Pinillos, especialista en Siglo de Oro de la Universidad de Navarra. Allí, mediante una traducción simultánea al polaco que hizo la charla extrañamente sincopada, aprendí acerca de las tipologías clásicas de la amistad en la mejor época de nuestra literatura. Yo, como otros, pensamos en el Quijote. De hecho, siempre que leo la novela reflexiono, por encima de otras cosas, sobre la amistad de don Qujiote y Sancho. Decía Borges que su madre leía con asiduidad Dickens y la segunda parte del Quijote. Como es sabido, la obra que Cervantes publicó en 1615 es más compleja y madura que la primera, diez años anterior. Entre los nuevos elementos que fascinan está la inseguridad del caballero. El “Caballero de los leones” duda, vacila y ha perdido gran parte del aplomo ontológico que le hacía dictaminar qué cosas eran reales, y cuáles fingidas por los insidiosos encantadores. En uno de mis episodios favoritos–más por las consecuencias que tiene que por sí mismo–don Quijote desciende a la misteriosa Cueva de Montesinos. Cuando lo sacan, media hora después, dice haber vivido maravillas en el plazo de tres días. Sancho, incrédulo, tiene el coraje de poner en tela de juicio las palabras de su señor y a éste, para sorpresa del lector, no le acomete uno de sus habituales accesos de pundonor. Capítulos adelante, es Sancho quien necesita el crédito: subido con don Quijote al lomo de madera de un caballo volador (Clavileño), se desmonta en pleno viaje por las esferas celestes y se pasa un rato apacentando unas cabrillas. Cuando la aventura acaba (una fantasía ideada por los duques), don Quijote se le acerca y la dice al oído:

Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no digo más.

Estas, y otras intervenciones de don Quijote, hacen intuir a cualquier lector atento que el caballero ya no es dueño de las certezas de sus primeras salidas, y que lo que precisa ahora no es creerse caballero andante sino que así le consideren los demás. Pero más allá de esto, lo que evidencia esta sutilísima intervención es que, pues Sancho no replica, ambos se necesitan entre sí para confirmarse en lo que desean aparentar. Aún más allá, me hace pensar que cualquier amistad está recorrida de pactos semejantes, según los cuales reclamamos del amigo una fianza que tarde o temprano le retribuiremos. La vida es seca y displicente y un amigo puede ser quien abona, sin criticarla, la tramoya con la que nos protegemos para superarla.


Lo que tú lees, yo lo vivo

mundos posibles

 

 

 

 

 

Hablando de por qué leer o no leer he recordado tamaña sentencia. La escuché hace muchos años de una joven jactanciosa: “Lo que tú lees, yo lo vivo”. Quedé espantado, porque andaba yo por entonces leyendo Crimen y Castigo, y de inmediato la imaginé bajo el hacha de Raskólnikov. Lo que aquella joven me planteaba no es más que un falso dilema: leer o vivir. Falso porque ambas, la literatura y la vida, se interpenetran en numerosas direcciones. A veces, la lectura enriquece la vida cuando ésta es gris, y la vida da sentido a los libros cuando éstos no se bastan. Por otra parte, esa frase, tan aparentemente simple, remite a algo más profundo, que ha concernido a los estudiosos de la literatura desde el mismo Aristóteles. ¿Qué clase de mundo es ese que crea la literatura? No es verdad, pero tampoco mentira, de modo que se trata de una verdad alternativa (o una mentira alternativa), la famosa verdad poética (o quizá una mentira poética). En todo caso se trata de otra realidad que se le agrega a ésta que ya tenemos de balde. Es un plus, un extra, aunque no sea gratis, pues se nos cobra en tiempo. El resultado, no obstante, merece la pena, porque de lo que muchos han vivido yo obtengo una experiencia–vicaria, sí, pero experiencia al fin–a través de sus libros. De modo que no cabe oposición entre leer y vivir, sino una complementariedad interesada, en que ni una ni otra actividad serán menoscabadas. Y es que, en el fondo, se parecen mucho. No lo hice, pero a aquella joven pude haberle replicado: “En tal caso, ya estarías muerta”.