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El estigma del diletante

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El austriaco Christian Felber (economista, bailarín, escritor, divulgador científico) cuenta que acabó titulándose de economía porque ninguna carrera cubría sus expectativas de universalidad. El recientemente fallecido Jorge Wagensberg, doctor en física y director del museo Cosmo Caixa, declara:

Durante una época tuve mala conciencia por picotear aquí y allá en busca de la promesa de felicidad más creíble e inmediata. Cuando jugaba al ajedrez lamentaba descuidar el atletismo (…), si asistía a clases de violín sentía que era a costa de una clase de inglés, y viceversa (…), cuando me atrapaba el texto de un ensayo sentía que les hacía un feo a los poetas (El pensador intruso, 11)

Tras un tiempo breve dirigiendo el departamento de Estudios Generales de la PUCMM en Santo Domingo, he cobrado una pasión nueva por la interdisciplinariedad. La excesiva especialización de la educación superior, que insta a alumnos y profesores a saber mucho sobre cada vez menos, contradice la misma noción de universidad.  En los últimos dos siglos se ha emprendido una carrera contraria a la matriz diversa e integral que originó las primeras universidades medievales, los studia generalia, compuestos por áreas del conocimiento de las ciencias y las letras, sin separaciones ni jerarquías: trivium y quadrivium. El crecimiento progresivo de los Estudios Generales contemporáneos (desde comienzos del siglo XX en la Costa Este de EEUU, y extendiéndose hasta hoy por Latinoamérica) es un indicio del retorno a los orígenes, al menos en ciertas fases de la formación. Un ejemplo muy interesante es el objetivo de la educación finlandesa de suprimir, a partir de los 16 años, las asignaturas en la educación secundaria, para sustituirlas por temas afrontados desde las matemáticas, la literatura, la teconología, etc.

Pues bien, durante años he oído tachar de diletante a quien no quería restringir a una disciplina su voracidad intelectual y cultural. Un diletante es, en efecto, alguien que surfea sobre los saberes sin penetrar realmente en ninguno. Esto es cierto. Pero la connotación negativa que naturalmente lleva el término se ha agudizado por la tendencia universitaria antes mencionada. Así, la ‘maldad’ del diletante no debería estribar en sus diversos intereses, sino en la superficialidad fragmentaria y veleidosa de quien no quiere ahondar sino brincar. No obstante, dado el inabarcable caudal del conocimiento humano, ¿dónde debe frenarse el intelectual para no convertirse en un aficionado hedonista? ¿Tres disciplinas máximo? ¿Dos humanidades y la Física? ¿La Filosofía y dos ciencias? Quizá no sea una cuestión de cantidad, sino de actitud; una natural curiosidad del pensador intruso, como decía Wagensberg.

 

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