Hollín y esperanza

HOLLÍN Y ESPERANZA

Hoy recuerdo que hace unos años penetré con mi coche en uno de tantos aparcamientos subterráneos que horadan el suelo de la ciudad donde me crié. El aire estaba caliente, aplastado por techos bajos y recorridos de cables, conducciones y luces diseñadas para alarmar. Descendí una, dos, tres plantas, hasta que hallé un espacio vacío. Era estrecho y aparqué con dificultad, cuidando de no chocar con las columnas o los vehículos próximos. Salí del coche, lo cerré y me encaminé hacia la salida. Sobre mi cabeza sentía el peso de miles de toneladas de hormigón y centenares de carrocerías exhalando un calor malsano. El aire, entre las paredes ennegrecidas de hollín, parecía una pasta artificial sintetizada para que la respirásemos. Nunca, hasta aquella ocasión, había sentido con tal agudeza la inhospitalidad del lugar. Pese a ello, familias enteras caminaban sobre pasos de cebra oscurecidos, ellos tras de mí, yo detrás de ellos, todos formando una fila monorrima. Cuando me acercaba al cruce de una de las rampas por donde nuevos coches se deslizaban sin cesar, me detuve. Una mariposa apareció a mi lado, aleteando con dificultad, a poca altura del suelo, y se alejó hacia arriba lentamente, por la rampa, de donde venía la luz y el aire limpio. Reanudé el paso y pensé que aquel encuentro habría dado esperanza a cualquier claustrofóbico.

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