Pawel, el hombre de la otra ribera del Vístula

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Recién llegado, me hablaron mal de Pawel. Yo había llegado a la ciudad en busca de refugio, huyendo de cosas que había hecho y que ahora quería olvidar. Y nada más llegar, me hablaron de él, pero me hablaron mal. Nada concreto, ningún nombre ni hecho en particular, pero todos lo describían como alguien a quien había que evitar. Al menos el tiempo que fuera necesario, porque tarde o temprano todos acudían a él. Primero hablaban con Piotr, en la orilla norte del río, y él los conducía hasta Pawel, en la parte de la ciudad que había quedado marginada en la orilla sur. A Pawel nunca se llegaba solo. Piotr lo conducía a uno, llegado el momento, bajo el puente de hierro, que retemblaba bajo el paso de coches y autobuses. Piotr caminaba delante, encorvado sobre el vigamen de acero cruzado a cuyo través se veía la corriente mansa y solemne del Vístula, y uno lo seguía, inseguro, pero con la resolución de la fatalidad. Al principio, yo preguntaba: “¿Qué ha hecho Pawel? ¿Por qué habláis tan mal de él y aún así acabáis cruzando el Vístula para verlo?” Después, dejé de preguntar, porque comprendí que a mí me tocaría acudir a él y lo averiguaría por mi cuenta. Ese día llegó. Piotr me recibó en la barcaza que había convertido en vivienda, escuchó, asintió y me convocó a una hora de la noche más cerrada. Llegado el momento, cruzamos, como habían hecho los otros, por los bajos del puente. Llegamos a la otra ribera. Ascendimos por las espesuras putrefactas y húmedas de la orilla y desembocamos en un barrio de casas de madera oscura, que parecía sucia contra el verde intenso de la vegetación. Y, junto a un portal, nos detuvimos. “Aquí es”, me dijo Piotr. Entonces él se fue y yo penetré con las piernas hechas de piedra. Decía que cuando llegué a la ciudad me hablaron mal de Pawel, y yo no conocía el porqué de tanto rechazo. Ahora lo sé. Pawel mandaba matar, y uno lo hacía. Pawel estaba allí, al otro lado del río, y unos y otros cruzábamos para recibir sus encargos. Como los otros, yo obedecí. Regresé a la orilla norte e hice lo que me mandó. Como los otros, acabé hablando mal de él a quienes llegaron después de mí. Con todo, yo había acudido a él. Él sólo nos esperaba en la otra ribera.

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