Escucho con mis ojos a los muertos

Quevedo

 

 

 

 

 

Qué genuina definición de lectura. Este verso es de Quevedo. El cuarto verso de un soneto célebre cuyo primer cuarteto dice: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos.” Hace poco, en una de mis clases, explicaba a mis alumnos que leer no es sólo descifrar un montón de tinta. No es sólo hacer acopio eficaz de valiosa y útil información. No es, tampoco, una comprensión del texto y el contexto, en engranada coordinación. No es–perdónenme los psicolingüistas–un mero proceso cognitivo que involucra no sé cuántas partes del cerebro. No es muchas cosas. A veces, para llegar a lo que algo es, viene bien ir despejando lo que no es. Lo que no es, huelga decirlo, para mí. Me interesa la noción de Quevedo, porque frente a una hoja de papel nos hallamos en realidad ante un hombre: quien volcó sus entrañas, su alegría, su ambición, sus vivencias. Si no leemos así, con la madura conciencia de que una página no es una superficie opaca, sino la vía que nos une con otros, nos perdemos todo, casi todo. Muertos o vivos, próximos o ajenos, cuando leemos a quienes han puesto el alma en palabras descubrimos que no estamos solos. Sólo hay que escucharlos.

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2 responses to “Escucho con mis ojos a los muertos

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