Presunción de sinceridad

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Michel de Montaigne creó un género en 1580: el ensayo. De hecho, acuñó para él el término por el que lo conocemos: su obra se tituló Essais. Desde entonces, se ha convertido en el género de pensamiento no sistemático (el tratado, en filosofía, es ordenado y sistemático) más cultivado. Hay ensayos de todos los temas y de varias extensiones, aunque tienen características constantes. Una de ellas, la que más me ha costado explicar siempre a mis alumnos, es aquella según la cual al autor se le supone un buen talante, entendido como sinceridad y excelencia. Es decir, que cree realmente lo que dice y que lo expresa lo mejor que puede. Al no haber forma de comprobarlo, el lector debe presumir que el autor está diciendo la verdad de la mejor forma que sabe. 

Esto no ocurre con la narrativa, la lírica o el teatro, categorías en las cuales el lector suscribe el famoso pacto de la ficción. «No es verdad, ni mentira, es ficción: tú, escritor y yo, lector, estamos de acuerdo». Pues bien, se me ha ocurrido pensar que la presunción de talante, que con tanta facilidad asumimos en el ensayo, no es fácilmente extrapolable a la vida social. Quiero decir que no le atribuimos a la compañía telefónica de la competencia que nos llama al móvil un ánimo de sinceridad, aunque sí de excelencia. Tampoco a quien nos felicita por un éxito personal, pues nos da por sospechar que lo hace con la boca pequeña y que en realidad nos envidia. Tampoco a la persona a quien le pedimos ayuda y nos la promete con efusiones desmedidas, pues esto ya es un indicio de que no piensa cumplirla.

Pero estas suspicacias se aprenden con el tiempo. Yo, al menos, he tardado en adquirirlas y aun conservo un primer e inexplicable impulso para la presunción de bondad. Asumo, de forma natural, que lo que me dicen los demás es verdad; que lo que hacen los demás lo hacen lo mejor que pueden para mi beneficio. Inexplicable impulso, decía, porque yo mismo soy mendaz como todos y no tengo por qué hacer las cosas lo mejor que puedo. Es un infantilismo quijotesco que procede acaso de leer la vida como un libro, cuando los libros no sustituyen a la experiencia física y en la vida no podría creerse lo que dice Montaigne al comienzo de sus Essais: «He aquí un libro de buena fe, lector».

 

 


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