Archivo de la categoría: Literatura de viajes

Ulises: estricta moral, estricta crueldad

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De los veinticuatro cantos de la Odisea, el primer libro de viajes de la literatura occidental, únicamente ocho, del V al XII, narran las aventuras del héroe, desde su salida de Troya hasta su llegada a la corte del rey Alcinoo. Los primeros cuatro son la Telemaquia, cuando su hijo Telémaco busca indicios del paradero de su padre. Los últimos doce cuentan su llegada a Ítaca y la morosa maquinación de su venganza contra los pretendientes de su mujer, Penélope. Hacía dieciséis años que había leído la obra y ahora que he vuelto a leerla me he econtrado con que se trata, más que de un relato de viajes, de la historia de una venganza.

La cautividad sexual a la que lo somete Calipso, su arrogante e incauto enfrentamiento con el Cíclope, el masoquismo con que se deja seducir por los cantos de las sirenas antropófagas, atado al mástil, el delicadísimo trance de su nao entre Escila y Caribdis y el resto de sus hazañas marinas son–pese a la perpetuidad incónica de que han gozado en nuestra cultura–poca cosa frente al cruento retorno del rey de Ítaca.

Ulises, acendrado devoto de sus dioses, que le favorecen o estorban, cumple hasta donde sus fuerzas alcanzan con la conducta que aquellos le imponen. Igual ocurre con el resto de los hombres: Alcinoo mismo, que lo acoge en su reino, lo colma de presentes en razón de la debida hospitalidad, inquebrantable precepto de Zeus. Las alusiones al recto proceder, escenificadas por las hecatombres (los sacrificios de bueyes), son constantes. No hay, de hecho, margen de libertad que no acabe en desgracia. Pero junto a tan estricta moral, o más bien integrada en ella, cultivan una estricta crueldad. El mundo de la Odisea no es, ya lo sabemos, nuestro mundo, pero no deja de chocarme tan radical contraste entre la ternura familiar de Odiseo, su esposa y su hijo, en el reencuentro, y la resolución con que no dudan en ejecutar a los pretendientes, por más piedad que estos imploren. No se halla entre ellos, pero Melantio, cabrero de la casa que quiso servir a los galanes y traicionó a su señor, acaba así:

“Por el patio, pasado el umbral, a Melantio traían:

con el bronce cruel le cortaron narices y orejas,

le arrancaron sus partes después, arrojándolas crudas

a los perros y, al fin, amputáronle piernas y brazos

con encono insaciable.” (Canto XXII)

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La verdad sencilla del relato de viajes

Viajero

 

 

 

 

¿Qué son la Odisea del supuesto Homero, Don Quijote de Cervantes, las aventuras de Maqroll el Gaviero, que nos contaba Mutis, o, por irme a algo más reciente, La velocidad de la luz, de Javier Cercas? Son narraciones de un viaje. Podría decirse que los relatos de viaje revisten de forma artística un mito, el del viaje, que todas las culturas llevan integrado como un arquetipo: quien va y regresa, y completa, así, su periplo. Podría decirse que son formas narrativas que atañen al contenido–así lo señalaba Baquero Goyanes–, pues dan un molde dinámico a una historia que pudo haber transcurrido en un solo lugar. Podría, también, decirse que todo relato de viaje permite una lectura existencial y religiosa, pues nuestra vida aquí es un viaje (desde el siglo XV, Jorge Manrique advierte: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte”). Pero creo que el relato de un viaje es algo más sencillo para un lector hedónico, porque nos deja viajar sin daños, sudores ni miedos. Nos deja viajar resguardados de la dureza de lo real.