Archivo de la categoría: Clásicos releídos

Obras modernas, rostros antiguos: Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes

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Leer un libro es descubrir que uno es antiguo.

Esta reflexión la ha desatado mi perplejidad ante el desajuste que encuentro entre obras y rostros, entre una novela y la cara de quien la ha escrito, entre un poema y la mirada de quien lo concibió. Pero no es desajuste en realidad: es incomprensión mía.

Me explico.

Ricardo Güiraldes fue un novelista argentino que publicó Don Segundo Sombra en 1926, una magnífica novela que se ha convertido en un clásico indiscutible de las letras latinoamericanas. Cuenta el aprendizaje vital de Fabio, un joven que crece a la sombra de un gaucho experimentado, mítico, Don Segundo. La prosa despide fulgores que desacreditan cualquier juicio desdeñoso: porque esta, y otras hermanas, como Doña Bárbara o La vorágine, se reputaron narraciones antiguas que la ‘nueva novela’ superó a partir de los años cuarenta, entrando definitivamente en la modernidad.

Unos ejemplos de tales destellos:

El amanecer previo a la primera salida, Fabio acude jubiloso al encuentro de los gauchos mayores, pero se los encuentra en silencio, reconcentrados:

Cada cual vivía para sí, y mi alegría de pronto se hizo grave, contenida.

Avanzada ya la primera jornada, Fabio comienza a acusar el fuerte calor de la pampa, pero “camina, camina, camina”,

[s]intiendo en mis espaldas y en mis hombros el apretón del sol como un consejo de preseverancia.

Más experimentado, su alma se adecua a la pampa, sus pensamientos al espacio, y dice:

[v]astas meditaciones nacidas de la pampa

Leo a veces con un lápiz en la mano, y mientras subrayaba estas frases me dio por mirar el retrato que he añadido al comienzo de esta entrada. Y me sorprendí: ¿cómo un hombre de aspecto tan diferente al mío pudo escribir cosas tan afines a mi sensibilidad?

Se me ocurre una explicación con la que quiero trascender la anécdota del rostro.

El progreso externo del hombre, nuestro aspecto, la teconología, las costumbres, la ciencia, la comunicación, no se adecua al progreso interno. La moral, la sensibilidad, el miedo, la esperanza, el esfuerzo, el amor quedan dentro siempre iguales, aunque nos dé por pensar que somos radicalmente distintos de nuestros antepasados, a los que creemos haber superado, dejado ridículamente atrás.

Otra enseñanza de los clásicos.

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Drácula abre la puerta

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Para que Drácula–el arquetipo inmortal que inventó Bram Stoker (1847-1912)–sea tan fascinante era necesaria su naturaleza sobrenatural. Una criatura maléfica, bebedor de sangre ante cuya sola cercanía los aldeanos de los Cárpatos se santiguaban. Pero esta característica, por sí sola, no hace al arquetipo. Falta lo esencial. Falta lo que no se halla en los miles de reciclajes que la cultura audiovisual ha hecho del personaje literario. Esta condición no es suficiente.

Cuando Jonathan Harker llega al castillo, el cochero que lo ha conducido por entre los bosques lóbregos y las acechanzas de los lobos, desaparece. Entonces se abre la puerta principal y aparece el mismo conde:

Un anciano de una altura considerable apareció ante mí. Tenía un bigote largo y blanco. Vestía de riguroso negro (…)

– ¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!

Ese fue todo su recibimiento.

Una o dos noches después, Harker descurbre que Drácula le hace la comida y le arregla la habitación. No hay servicio. No tiene criados ni sirvientas, ni siquiera cochero, pues Harker conjetura que él mismo fue quien guió el carruaje. Está totalmente solo en un enorme castillo ruinoso. Y está, aparentemente, feliz… Esta es la segunda característica a la que me refiero. Drácula es, como tantos otros, un romántico, amante de la soledad, la oscuridad y la ruina:

Nunca busco la alegría ni el bullicio, tampoco el intenso brillo del sol y de las aguas chispeantes que agradan tanto a la juventud de ahora. Ya no soy joven. Mi corazón, después de tantos años de luto por sus muertos, ya no siente aficiónm hacia el júbilo. Además, los muros de mi castillo se han derrumbado, todo ha sido invadido por las sombras, que son muchas y perennes; el viento frío atraviesa soplando las derruidas murallas almenadas. Me apasiona la quietud y la oscuridad; amo las tranquilas sombras, y estaría solo con mis pensamientos siempre que pudiera.

Tales palabras las habría suscrito el mismo Werther. Nada hay de fantástico en ellas, sino una panoplia de preferencias propias del alma romántica, solitaria, noctámbula y morbosamente melancólica. Lo sobrenatural es un agregado, que explica con verosimilitud muchos de estos rasgos. Paradoja genial del autor: que lo fantástico dé consistencia a lo terrenal. Pues resultarían difíciles de entender tales gustos en un hombre mortal sano, pero no en un vampiro atado a la eternidad.


Ulises: estricta moral, estricta crueldad

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De los veinticuatro cantos de la Odisea, el primer libro de viajes de la literatura occidental, únicamente ocho, del V al XII, narran las aventuras del héroe, desde su salida de Troya hasta su llegada a la corte del rey Alcinoo. Los primeros cuatro son la Telemaquia, cuando su hijo Telémaco busca indicios del paradero de su padre. Los últimos doce cuentan su llegada a Ítaca y la morosa maquinación de su venganza contra los pretendientes de su mujer, Penélope. Hacía dieciséis años que había leído la obra y ahora que he vuelto a leerla me he econtrado con que se trata, más que de un relato de viajes, de la historia de una venganza.

La cautividad sexual a la que lo somete Calipso, su arrogante e incauto enfrentamiento con el Cíclope, el masoquismo con que se deja seducir por los cantos de las sirenas antropófagas, atado al mástil, el delicadísimo trance de su nao entre Escila y Caribdis y el resto de sus hazañas marinas son–pese a la perpetuidad incónica de que han gozado en nuestra cultura–poca cosa frente al cruento retorno del rey de Ítaca.

Ulises, acendrado devoto de sus dioses, que le favorecen o estorban, cumple hasta donde sus fuerzas alcanzan con la conducta que aquellos le imponen. Igual ocurre con el resto de los hombres: Alcinoo mismo, que lo acoge en su reino, lo colma de presentes en razón de la debida hospitalidad, inquebrantable precepto de Zeus. Las alusiones al recto proceder, escenificadas por las hecatombres (los sacrificios de bueyes), son constantes. No hay, de hecho, margen de libertad que no acabe en desgracia. Pero junto a tan estricta moral, o más bien integrada en ella, cultivan una estricta crueldad. El mundo de la Odisea no es, ya lo sabemos, nuestro mundo, pero no deja de chocarme tan radical contraste entre la ternura familiar de Odiseo, su esposa y su hijo, en el reencuentro, y la resolución con que no dudan en ejecutar a los pretendientes, por más piedad que estos imploren. No se halla entre ellos, pero Melantio, cabrero de la casa que quiso servir a los galanes y traicionó a su señor, acaba así:

“Por el patio, pasado el umbral, a Melantio traían:

con el bronce cruel le cortaron narices y orejas,

le arrancaron sus partes después, arrojándolas crudas

a los perros y, al fin, amputáronle piernas y brazos

con encono insaciable.” (Canto XXII)


El pacto de amistad entre don Quijote y Sancho

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Durante mi estancia como profesor en la Universidad Nicolás Copérnico de Toruń (Polonia), tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de Carmen Pinillos, especialista en Siglo de Oro de la Universidad de Navarra. Allí, mediante una traducción simultánea al polaco que hizo la charla extrañamente sincopada, aprendí acerca de las tipologías clásicas de la amistad en la mejor época de nuestra literatura. Yo, como otros, pensamos en el Quijote. De hecho, siempre que leo la novela reflexiono, por encima de otras cosas, sobre la amistad de don Qujiote y Sancho. Decía Borges que su madre leía con asiduidad Dickens y la segunda parte del Quijote. Como es sabido, la obra que Cervantes publicó en 1615 es más compleja y madura que la primera, diez años anterior. Entre los nuevos elementos que fascinan está la inseguridad del caballero. El “Caballero de los leones” duda, vacila y ha perdido gran parte del aplomo ontológico que le hacía dictaminar qué cosas eran reales, y cuáles fingidas por los insidiosos encantadores. En uno de mis episodios favoritos–más por las consecuencias que tiene que por sí mismo–don Quijote desciende a la misteriosa Cueva de Montesinos. Cuando lo sacan, media hora después, dice haber vivido maravillas en el plazo de tres días. Sancho, incrédulo, tiene el coraje de poner en tela de juicio las palabras de su señor y a éste, para sorpresa del lector, no le acomete uno de sus habituales accesos de pundonor. Capítulos adelante, es Sancho quien necesita el crédito: subido con don Quijote al lomo de madera de un caballo volador (Clavileño), se desmonta en pleno viaje por las esferas celestes y se pasa un rato apacentando unas cabrillas. Cuando la aventura acaba (una fantasía ideada por los duques), don Quijote se le acerca y la dice al oído:

Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no digo más.

Estas, y otras intervenciones de don Quijote, hacen intuir a cualquier lector atento que el caballero ya no es dueño de las certezas de sus primeras salidas, y que lo que precisa ahora no es creerse caballero andante sino que así le consideren los demás. Pero más allá de esto, lo que evidencia esta sutilísima intervención es que, pues Sancho no replica, ambos se necesitan entre sí para confirmarse en lo que desean aparentar. Aún más allá, me hace pensar que cualquier amistad está recorrida de pactos semejantes, según los cuales reclamamos del amigo una fianza que tarde o temprano le retribuiremos. La vida es seca y displicente y un amigo puede ser quien abona, sin criticarla, la tramoya con la que nos protegemos para superarla.