Geometría del compromiso literario

campos de nijar

 

 

 

 

 

Leyendo Campos de Níjar, de Juan Goytisolo (Barcelona, 1931)–emocionante viaje del autor por el desmedrado desierto de Almería en los años cincuenta–me ha dado por pensar que puede resultar fácil comprender el compromiso literario. Al menos en sus términos básicos. Hay escritores que, por medio de su obra, quieren denunciar, protestar, quejarse, influir sobre la realidad, sobre una realidad que no les gusta. Pero si uno trata de ahondar en las claves, en el funcionamiento expresivo del compromiso, la cosa se complica. En la historia de la literatura universal hallamos una oscilación entre la literatura que privilegia la estética y aquella que prefiere lo “serio”: la enseñanza, la doctrina, la lección, la protesta, el compromiso. En el arco de esta oscilación ha habido infinitas posiciones. No obstante, una dicotomía basada en tales extremos se impuso, como una clasificación apócrifa, a los escritores de principios de siglo XX en España, modernistas y noventayochistas: esteticistas aquellos, comprometidos estos, se decía. A mediados de siglo pasó algo parecido, pues estaban los “deshumanizados” (con Juan Benet a la cabeza de la inhumanidad) y los escritores sociales (Rafael Sánchez Ferlosio, por ejemplo). Qué grave simplificación, quizá por no comprender, a fondo, en qué consiste el compromiso literario. Y es que, a fondo, no es fácil. Yo no lo voy a resolver aquí, pero propongo verlo en forma geométrica, espacializarlo. Pongamos que hay un triángulo: un vértice es el autor, otro su obra, y otro la realidad. Esta es la literatura comprometida, porque el autor no pone su obra por delante de la realidad, sino a un lado, y ve las dos a un mismo tiempo. Pongamos ahora que tenemos un segmento, una recta con principio y fin: un extremo es el autor, el extremo opuesto es la realidad y, en un punto intermedio, la obra. Esta es la literatura, aparentemente, no comprometida, porque su obra le impide ver la realidad directamente. La obra–acusan los críticos en este caso–es un obstáculo saturado de estética que bloquea el contacto con lo que verdaderamente importa: la pobreza, la injusticia, etc. Sin embargo, este tipo de obra no es un cristal opaco, sino un medio a través del cual ver la realidad con otros ojos: una refracción que nos la puede enriquecer, exaltar, redimensionar. La literatura más esteticista nos permite un acceso indirecto a la realidad, y tal clase de acceso no es inferior. Así pues, debemos interrogarnos: ¿mirar las cosas cara a cara es más comprometido? ¿Tan sencillo es?

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